LA SOLEDAD DEL MAESTRO

Desde tierra adentro, allí donde las noticias diarias se contradicen con el día a día duro, en este país que de buenas a primeras se ha detenido según la propaganda oficial en los partidos de fútbol que anestesian en esta época el entendimiento (Ya no se dice el Perú avanza, ahora se dice avanzó construyendo….ya saben qué, etc.…) y donde las inequidades reverberan como el sol que se disfruta en los distritos y las provincias del interior del país, las escuelas se aprestan a celebrar el día del maestro, el 6 de julio. Muchos maestros jóvenes rememoran lo que les han contado y se quejan de que ahora se sienten “desconsiderados”, poco reconocidos. Son unos asalariados más de los tantos que el sistema se encarga de mantener porque los necesita, pero no por su función social, sino porque de alguna manera tienen que “enseñar a aprender” a millones de niños y niñas.

Esta introducción nace de ver, dialogar con los maestros más allá de las salas de conferencias, de capacitaciones, de los talleres, de las discusiones sobre trabajos de investigación, de una futura tesis, en fin de mil afanes que tienen como profesionales.

Encontrar un ser que piensa, siente, crea, con las limitaciones que le da su entorno, su desarrollo personal, es una riqueza que sentimos no es convenientemente valorada. Hoy todo se resume en ver su desempeño profesional y poco se sabe de su vida cotidiana, de su quehacer como hijo, como hermano, como padre de familia, como abuelo. Sin duda esta dimensión humana es poco visible para quienes redactan leyes, reglamentos, normas, desde una función a la que llegaron por relaciones y no por apreciar técnica ni ética a su trabajo y función.

Desde este compartir van estas líneas ahora que se “celebrará” el día del maestro en nuestro país, este 6 de julio, que pasa como un día más para esa persona que siempre está en el ojo de la tormenta educativa cuando se habla de crisis de la educación en nuestro país.

Vamos saliendo de un proceso electoral que ha mantenido por meses a la población distraída y aletargada. La fatiga se siente, los humores también. Los ciudadanos nos sentimos saturados de propuestas, promesas e ilusiones. Nos acercamos a un cambio de mando lleno de incertidumbres, de promesas que no se cumplirán, de ofertas que se olvidarán, de palabras que se las llevará el viento.

Repasemos brevemente situaciones que si bien son evidentes, tratan de ajustar el perfil profesional del docente a determinadas demandas para las cuales no ha sido convenientemente formado en sus años de preparación, de formación en instituciones superiores estatales o en facultades de educación. ¿Por qué seguir manteniendo esta diferenciación entre los docentes egresados de una IFD y una facultad de educación? ¿Por el syllabus? ¿Dónde radica la diferencia? ¿En la práctica?, ¿en el nivel académico? ¿en el rendimiento? Si existen estas diferencias ¿de quién es la responsabilidad? ¿de quien la dirige o de quien la cumple? Los Pilatos de la política están allí a la hora de la hora.

Existe un olvido en estos tiempos de nuevas tecnologías, de la sociedad del conocimiento, de innovaciones, de diplomas, y otros estudios de postgrado que se exigen si un profesional desea ser competitivo. En esta época de evaluaciones, de acreditación, de certificaciones, y demás medidas que la sociedad exige en aras de mejorar la calidad de la educación.

Existe también un olvido en esta secuencia de responder al modelo de desarrollo que impone un modelo económico que se rige por la ley del mercado, donde la persona es una pieza más del proceso productivo.

El olvido enorme, que no tiene perdón, es que nunca se piensa en la persona, sino sólo en que rinda, que cumpla, que aporte, que presente resultados, que sea un “todo terreno”, de que funja de sanitario, de cocinero, de psicólogo, de bedel. Nunca que sea una persona equilibrada, desarrollada, preparada, para poder cumplir con sus responsabilidades de educar a niños y jóvenes de acuerdo a principios y valores no sólo académicos sino también éticos.

La insensibilidad que se tiene frente a la educación está representada en la apreciación que se hace del maestro como persona dedicada a una de las tareas más delicadas y de trascendencia: la formación de niños y jóvenes.

Desde hace tiempo, por un afán u otro, por opción política o por intereses difusos, se ha venido desarrollando un proceso de “demolición” del ser maestro a la par que se le fue exigiendo más y más en el desarrollo del sistema educativo. Pocos estudios se han realizado sobre la persona del docente en el Perú. Todos han girado en torno a su desempeño profesional, pocos, muy pocos sobre su desarrollo personal, sobre el descubrimiento de su vocación, de la forma cómo la cultivaron, de sus objetivos, de sus ilusiones, de sus frustraciones, de sus fracasos, de su vida sentimental, de su vida familiar, de su desarrollo profesional y otros campos que el ser humano comprende.

Sin duda la comunidad tiene el referente del maestro como líder, el que todo lo sabe, el que fue en un tiempo la autoridad –por la ciencia y virtud que detentaba- y el prototipo de ciudadano que era. La literatura sobre el docente y su quehacer hoy nos refiere de un ser humano –hombre o mujer- que tiene que luchar de manera permanente como persona, como ciudadano, para ser un profesional pleno y competitivo se diría hoy.

Sin duda teniendo en cuenta el tiempo, fue Francisco Izquierdo Ríos el que nos describió las vicisitudes del maestro en el Perú, en los campos considerados anteriormente, en una época en que el ser docente era responder a una vocación de servicio, a unos valores que hoy se han devaluado en la sociedad, ser un primum inter pares, como se decía, pues en la localidad estaba considerado a nivel del alcalde, del juez, y de otras autoridades civiles. Es decir el ser y considerarse maestro.

Pero ese ser humano, ese profesional, al que se le exige todo, se le requiere para cualquier acto cultural, sobre todo en las provincias al interior del país, no se le reconoce ese servicio invisible como miembro de la comunidad: ser el referente para niños y jóvenes no sólo en la escuela, sino en el barrio, en las relaciones sociales. Eso no se pregona, no se valora, no se reconoce. Y mejor porque las apariencias no tienen valor frente a la virtud y la verdad, que son el rasgo que los distingue y diferencia frente a las demás profesiones. Pero eso se construye poco a poco en el desarrollo personal y profesional, en soledad, sin las estridencias de una sociedad que vive de luces, reflectores, maquillajes y falsedades.

¿Desde cuándo el maestro “rumia” en soledad sus angustias, sus frustraciones y sin embargo debe dar la cara, a pesar de las tensiones y de los reproches? Difícil precisarlo, pues es parte del ser maestro en el sentido profundo. Dentro de él existe un mundo interior poco compartido, pero que, según nos cuenta Izquierdo Ríos es capaz de realizar actos que chocan con el orden impuesto. Decía que a él le había enseñado más la comunidad que los libros; el aprender lo básico en pedagogía que tanta hojarasca libresca, las horas de observación pedagógica de la naturaleza que construir materiales educativos para descubrir lo que los alumnos ya traían como conocimiento previo.

Sin duda el testimonio que escribe Izquierdo Ríos es una realidad que el maestro rural lo vive día a día y el maestro de la zona urbana también con los matices correspondientes. Se pueden escribir otras historias que denotan que el maestro como persona tiene otros requerimientos, exigencias, que pasan desapercibidos para el común de la gente. Los maestros son personas y como tales tienen sentimientos, tienen valores, tienen derechos, además de sus obligaciones. A todo ello se suma las responsabilidades profesionales y el ejercicio de su ciudadanía. Éstas han debido ser detectadas en la institución de formación, desarrolladas y nutridas por el desarrollo de un currículo profesional en donde no sólo se brinde conocimientos sino desarrollo personal teniendo como horizontes la formación profesional que debe contar un docente.

Desde la experiencia Izquierdo Ríos habla de Mateo Paiva, el maestro, diciendo que “En las escuelas donde le toca trabajar, rompía los viejos moldes, insuflaba vida. Sacaba a los niños al campo, a la naturaleza. Llevaba la naturaleza a la escuela, sembrando en ella árboles y flores. El vetusto Programa Oficial de Estudios no le servía sino como un simple documento de referencia. Ante una tempestad, un río, una mariposa, un arco iris, Mateo Paiva tiraba a un lado el Programa…”. Eso que hoy llama mucho la atención es porque no conocen lo que es educar, enseñar, trabajar con niños y jóvenes.

Sin embargo, un maestro tempranamente desaparecido como Constantino Carvallo expresó en su Diario Educar, que “El mundo del maestro, a menudo, no es el mundo de los muchachos. Son dos esferas que apenas si se tocan cuando los alumnos simulan durante unas horas pertenecer al mismo bando […] El esfuerzo educativo nos lleva a meternos en el mundo de los jóvenes, intentar ser más listos que ellos. Y a veces nos lo permiten y allí vamos con nuestras torpezas, hablando un lenguaje que no es el nuestro, involucrándonos en sus cuitas y sus asuntos… (pág.51). En este mundo en permanente tensión, debería haber un espacio para lo personal, lo social, lo gremial. Y eso no es entendido ni comprendido por quienes se creen “patrones” del docente porque les dan un salario y no autoridades que saben distinguir los mundos en que esa persona dedicada a la docencia tiene que lidiar sin caer en extremos. Recibe un trato denigratorio, que va deteriorando su autoestima. ¿Alguien ha reparado en esto? ¿Se sabe cuántos docentes requieren tratamiento de salud corporal y salud mental?

En este día de homenajes y recuerdos reconozcamos que existe un lado silencioso del maestro que requiere ser reivindicado no con unos soles más sino con devolverle un reconocimiento social, que no sea una dádiva sino una valoración, tanta como la tienen algunas autoridades que dicen ser elegidas por el pueblo, sin embargo no merecen el respeto del mismo por su proceder. El maestro no es elegido sino es una vida entregada al servicio de los demás. Por ello demanda autoridades dignas que estén a la altura de la responsabilidad que esta profesión demanda.

No basta como lo hace un diario local (EL COMERCIO, 04.07.11) con reflexionar sobre “los compromisos de los maestros”, sino que la sociedad toda debe comprometerse por la educación nacional. El maestro sabe muy bien el significado de los versos “las penas son de nosotros y las vaquitas son ajenas”. No sigamos haciendo cargamontón al maestro, a sabiendas que existen manipulaciones, prioridades antes que sentimientos y compromisos sociales. Que no se siga teniendo como referente a Poncio Pilatos tan recurrente en estos días de inauguraciones y promesas incumplidas. El maestro no merece seguir siendo maltratado (06.07.11)

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