¿Veinte años no son nada?

1. Las generaciones jóvenes ya no se preguntan “Cuándo se jodió el Perú”, que eso ya fue tratado, sino por qué existe corrupción, por qué no se la puede combatir, por qué quienes tienen poder siempre imponen de mil maneras su voluntad, por qué sigue habiendo tantas brechas, tanta pobreza, tanta malnutrición, tanta frustración, tanto conformismo. Por qué es difícil que surjan líderes en el país, por qué no existen partidos políticos sólidos, con claridad en sus postulados y opciones; por qué seguimos ungidos a viejas tendencias y cuesta remontar historia, hechos y personajes; por qué la ilusión democrática se piensa que es elegir, concurrir a eventos electorales y luego desentenderse de lo que nos plantearon y no comprometernos con ideales de manera permanente.
Sin duda los científicos sociales, los analistas en muy sesudos argumentos y con muy bonitas palabras tratan de explicar y adecuar su discurso de casi un cuarto de siglo según vengan los vientos y los tiempos.
Sin querer, la clase dirigente fue indiferente a la destrucción de nuestras instituciones, a las ofertas anunciadas en las famosas cartas de intención del FMI para seguir ayudándonos a salir del hoyo, a la introducción de nuevas formas de abordar viejos problemas con métodos exportados y no adecuados a nuestra realidad.
Recordar cómo hace 20 años se cayó en el facilismo de elegir a un “chinito”, sin discurso, pero sí con mucha maña (como quedó demostrado hasta la saciedad) en lugar de un literato con discurso abiertamente liberal y frontal. Lejanos días en donde la decisión democrática apostó por respetar lo que la mayoría decidió.
2. Hace veinte años, que nos contaron que no se podía gobernar en democracia con un parlamento obstruccionista, cuando lo que hacía era discutir, y discutir, las medidas que deberían tomarse en el aspecto económico, respetando derechos adquiridos.
Desde entonces el “machacar” en el discurso sobre los partidos políticos tradicionales, obstruccionistas, sobre los políticos tradicionales, y otras formas de tejer una cortina, donde el bedel y el tramoyista era un traidor a la patria, dedicado a abogado de los imposibles, pues sabía cómo estaba la corrupción carcomiendo la estructura del Estado peruano y sus instituciones; y su compañero, un japonesito, muy acriollado, se subió al cuento del chinito de la esquina, bonachón, complaciente, que no “mataba una mosca”, pero de mente tenebrosa, que asumía todo lo que el tramoyista le recomendaba y hasta ponía las manos al fuego por él. Se prefirió a estos embaucadores profesionales y por añadidura a un traidor a la patria para hacer del país su “pampa bonita”.
Así hace veinte años los nuevos políticos del Perú estuvieron personificados por Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. Uno ponía la decisión por conveniencia y el otro las ideas para obtener pingües ganancias. Todo fríamente calculado y con una conciencia laxa digna del mejor encomio, del personaje que hoy aún dice que se ha cometido una injusticia con él, por no reconocer lo que hizo.
Así se fue tejiendo la madeja de la corrupción moderna. Ya no la de los gamonales, de los terratenientes, sino de los nuevos personajillos de la política nativa que valiéndose de ciertas influencias empezaron a debilitar las endebles instituciones que dejaron los golpes de estado que los antecedieron y los cambiaron por una nueva apariencia, pero con iguales resultados: ganancia para los que tienen el poder y pobreza para la gran mayoría de peruanos a quienes decían representar. Utilizaron la mascarilla de la democracia para en su nombre sembrar el caos, perseguir, adular la ignorancia y “vender” un nuevo Perú, a costa de los más pobres y marginados y en complicidad con aquellos que creyeron y creen aún que todo se arregla con psicosociales, con represión, con denigrar al otro. Es decir, reinar en el país de los Pelagatos.
Como dijo en estos días JC: Tafur crearon “…un sistema… para pervertir la democracia, concentrar el poder y hacer de la corrupción un estilo “facilitador” de la gobernabilidad.” (Diario 16 05.04.12)
3. La educación que nos legaron. En este escenario lleno de mentiras y de falsos ídolos, la educación que dijeron construir, siguiendo recetas extranjeras, fue no “la mejor de Latinoamérica”, sino la más embustera, con un maquillaje de modernidad, pero para expoliar el presupuesto nacional en nombre de una calidad que se tradujo en cemento y fierro, pero no en avance cualitativo en conocimientos y menos en aprendizajes.
Hoy día muchos se rasgan las vestiduras por el contenido de los libros de texto, pero antes nadie dijo nada de un proyecto realizado y que dotó de textos a cuatro regiones, cuyos contenidos, si bien firmados por las autoridades educativas de entonces, pedagógicamente dejaban mucho que desear y más su diseño y tratamiento de los temas. Por ello se invirtió muchos millones de soles. Y nadie dijo nada. Así se cumplían con las iniciativas parlamentarias de entonces.
¿Qué valores podían inculcar quienes desde el gobierno regaron la sociedad de anti valores? ¿Qué conocimientos y aprendizajes podían promover quienes no comprendían que el Perú es diverso?
Hoy nos quejamos de la falta de valores, y se le reclama al Estado una educación en ciudadanía, en democracia, pero las heridas que dejó ese régimen aparentemente democrático, campeón de la mentira y el engaño, son tan profundas que pasarán generaciones para cicatrizarlas.
A nivel institucional, a nivel personal, hace veinte años que el Perú se hundió en la desesperanza, se educó en falsos valores.
Es lento el avance en la reconstrucción de la sociedad peruana. Mucho se ha escrito en estos días al recordar el 5 de abril, fecha del golpe blanco de Fujimori contra la democracia nacional y sus instituciones. Todos han hablado de lo mal que nos fue entonces. Los males que sembraron entonces y la manera perniciosa cómo los han ido ventilando en los fueros judiciales han sido la enseñanza que legaron para las generaciones futuras.
Esos daños éticos, morales, antidemocráticos, son el sino del cual pocos podrán olvidar. El mérito de haber encarcelado y condenado al terrorista causante de los daños al país, no quita el grave daño hecho a los niños, jóvenes y adultos, a las instituciones nacionales. Un estigma que no se ha borrado en veinte años y que tenga vigencia aún con sus representantes al parlamento, sin duda es la peor herencia y daño hecho al país.
El esfuerzo que se viene desplegando en estos tres lustros de democracia post Fujimori, es el inicio de un camino que no debe tener retorno porque empieza a echar raíces en lo que es vivir una nueva ciudadanía, en una democracia participativa, respetuosa de los derechos humanos.
Veinte años han pasado y muchos no se dan cuenta o no se quieren dar, de que se nos hizo desandar lo andado, aunque precario, pero que con esfuerzo estábamos construyendo. Por los que quedaron en el camino, por los que siguen persistiendo en construir la democracia, la equidad, los derechos humanos, ratifiquemos el compromiso que hiciéramos de seguir luchando por un país para todos y no para unos cuantos. (07.04.12)

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