Educación y disciplina

Por Bertrand Russell
Traducción de Ricardo Gómez Giraldo
Publicado en la revista El Malpensante Nº 52

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En 1932 el longevo filósofo y matemático inglés publicó un libro, Elogio de la ociosidad, que contenía el siguiente ensayo sobre la educación. Pese a los años transcurridos, el texto conserva una sorprendente actualidad.

Cualquier teoría seria acerca de la educación debe constar de dos partes: de una concepción de los fines de la vida y de una ciencia sobre la dinámica psicológica -por ejemplo, las leyes del cambio mental. Dos hombres que difieran acerca de los fines de la vida no pueden esperar llegar a un acuerdo sobre educación. La máquina educativa a lo largo de la civilización occidental ha sido dominada por dos teorías éticas: la de la cristiandad y la del nacionalismo. Estas dos, cuando se toman en serio, son incompatibles, tal como se está volviendo evidente en Alemania. Por mi parte, sostengo que, donde difieren, la cristiandad es preferible, pero donde coinciden ambas están erradas. La concepción por la que yo abogaría, en cambio, como propósito de la educación es la de civilización, un término que, como yo lo entiendo, tiene una definición parcialmente individual, parcialmente social. Consiste, en el individuo, en sendas cualidades intelectuales y morales: intelectualmente, en algún mínimo conocimiento general, destreza técnica en la propia profesión y en el hábito de formar las opiniones a partir de la evidencia; moralmente, en imparcialidad, amabilidad y en una mínima cantidad de autocontrol.

Debería añadir una cualidad que no es moral ni tampoco intelectual, sino quizás psicológica: alegría y gusto por la vida. En las comunidades, la civilización exige respeto por la ley, justicia entre hombre y hombre, el propósito de no infligir daño permanente a ninguna parte de la especie humana y una adpatación inteligente de los medios a los fines. Si éstos son los propósitos de la educación, es cuestión de la ciencia psicológica considerar qué se puede hacer para lograrlos y, en particular, qué grado de libertad es probablemente el más efectivo.

Sobre la cuestión de la libertad en la educación hay en el momento tres grandes escuelas de pensamiento, que se derivan en parte de diferencias acerca de los fines y en parte de diferencias en teoría psicológica. Hay quienes dicen que los niños deberían ser completamente libres, por muy malos que puedan ser; hay quienes dicen que deberían estar sujetos completamente a la autoridad, por muy buenos que puedan ser; y hay quienes dicen que deberían ser libres, pero que, a pesar de la libertad, deberían ser siempre buenos. Este último grupo es más numeroso de lo que la lógica permitiría suponer; los niños, como los adultos, no serán todos virtuosos si son completamente libres. La creencia de que la libertad asegurará la perfección moral es un vestigio del rousseaunismo y no sobreviviría a un estudio de los animales y los bebés. Aquellos que sostienen esta creencia piensan que la educación no debería tener un propósito expreso, sino que simplemente debería ofrecer un ambiente propicio para el desarrollo espontáneo. No puedo estar de acuerdo con esta escuela, que se me hace muy individualista e indebidamente indiferente a la importancia del conocimiento. Vivimos en comunidades que requieren cooperación, y sería utópico esperar que toda la cooperación necesaria resultara del impulso espontáneo. La existencia de una gran población en un área limitada es solamente posible por virtud de la ciencia y la técnica; la educación debe, por lo tanto, entregar el necesario mínimo de éstas. Los educadores que permiten la mayor libertad son hombres cuyo éxito depende del grado de benevolencia, autocontrol e inteligencia adiestrada, los cuales difícilmente se pueden generar donde todo impulso queda sin control; sus méritos, por lo tanto, probablemente no se perpetuarán si sus métodos no son diluidos. La educación, vista desde un punto de vista social, debe ser algo más explícito que una simple oportunidad de crecimiento.

Claro que debe proveer dicha oportunidad, pero también debe proveer el equipamiento mental y moral que los niños no pueden adquirir completamente por sí mismos.

Los argumentos en favor de un alto grado de libertad en la educación no emanan de la natural bondad del hombre, sino de los efectos de la autoridad, tanto en los que la padecen como en los que la ejercen. Aquellos que son sometidos a la autoridad se vuelven sumisos o rebeldes, y cada una de estas actitudes tiene sus inconvenientes.

El sumiso pierde iniciativa, tanto de pensamiento como de acción; aún más, la rabia generada por el sentimiento de verse frustrado tiende a encontrar escape intimidando a quienes son más débiles. Ésta es la razón por la cual las instituciones tiránicas se autoperpetúan: lo que un hombre ha sufrido a causa de su padre lo inflige a su hijo, y las humillaciones que recuerda haber sufrido en la escuela pública las pasa a “los nativos” cuando se convierte en constructor de imperios. Así, una educación indebidamente autoritaria convierte a los alumnos en tímidos tiranos, incapaces de invocar o tolerar originalidad de palabra o de hecho. El efecto sobre los educadores es aún peor: tienden a convertirse en sádicos disciplinarios, gustosos de inspirar terror y satisfechos de no inspirar nada más. Como estos hombres representan el conocimiento, los alumnos le toman horror al conocimiento, el cual, entre la clase alta inglesa, se supone que es parte de la naturaleza humana, pero realmente es parte de un bien enraizado odio por el pedagogo autoritario.

Los rebeldes, por otro lado, a pesar de ser necesarios pueden difícilmente ajustarse a lo que existe. Aún más, hay muchas maneras de rebelarse, y sólo una pequeña minoría de éstas es sabia. Galileo fue un rebelde y fue sabio; los creyentes en la teoría de la Tierra plana son igualmente rebeldes pero son tontos. Existe un gran riesgo en la tendencia a suponer que la oposición a la autoridad es esencialmente meritoria y que las opiniones no convencionales están destinadas a ser correctas: ningún propósito útil se sirve rompiendo los postes de la luz en la calle o sosteniendo que Shakespeare no es poeta. No obstante, esta excesiva rebeldía es a menudo el efecto que la demasiada autoridad tiene sobre alumnos inspirados. Y cuando los rebeldes se convierten en educadores, algunas veces estimulan el desafío en sus pupilos, para quienes, al mismo tiempo, están tratando de proveer un ambiente perfecto, aunque estos dos propósitos sean a duras penas compatibles.

Lo que se quiere no es ni obediencia ni tampoco rebelión, sino un buen carácter y una general afabilidad tanto hacia la gente como hacia las nuevas ideas. Estas cualidades se deben en parte a causas físicas, a las cuales los educadores chapados a la antigua ponen muy poca atención; pero ellas se deben aún más a la libertad del sentimiento de contrariada impotencia que surge cuando son frustrados impulsos vitales. Si los jóvenes deben crecer entre adultos amigables, es necesario, en la mayoría de los casos, que ellos sientan amabilidad en el ambiente. Esto exige que debería haber una cierta simpatía por los deseos importantes del niño y no meramente un intento de usarlo para algún fin abstracto, como la gloria de Dios o la grandeza del país de uno. Y, en la docencia, debe hacerse todo esfuerzo posible para causar en el alumno la sensación de que vale la pena saber lo que se está enseñando: al menos cuando esto es verdadero. Cuando el alumno coopera con gusto, aprende doblemente rápido con la mitad del cansancio. Todas éstas son razones válidas para un alto grado de libertad.

Es fácil, sin embargo, llevar el argumento demasiado lejos. No es deseable que los niños, para evitarles los vicios de la esclavitud, procedan a adquirir aquellos del aristócrata. La consideración por otros, no sólo en los grandes asuntos sino también en las pequeñas cosas de cada día, es un elemento esencial en la civilización, sin la cual la vida social sería intolerable. No estoy pensando en meras formas de cortesía, como decir “por favor” y “gracias”: donde más se desarrollan las maneras formales es entre los bárbaros; éstas, en cambio, disminuyen con cada avance cultural. Estoy pensando más bien en la buena voluntad de tomar clara participación en el trabajo necesario, de ser servicial en pequeñas formas que eviten problemas generales. La cordura misma es una forma de buena educación, y no es deseable darle a un niño la sensación de omnipotencia o la creencia de que los adultos están sólo para atender los placeres de los jóvenes. Y aquellos que desaprueban la existencia de los ricos ociosos difícilmente son consecuentes si educan a sus hijos sin ningún sentido de que el trabajo es necesario y sin los hábitos que hacen posible la continua aplicación en su ejercicio.

Hay otra consideración a la cual los partidarios de la libertad dan muy poca importancia. En una comunidad de niños que se deja sin ninguna interferencia adulta, surge la tiranía del más fuerte, que es probablemente más brutal que la mayoría de las tiranías de los adultos. Si se deja jugar a dos niños de dos o tres años de edad, ellos, después de unas cuantas peleas, descubrirán quién está destinado para la victoria, al tiempo que el otro se convertirá en esclavo. Donde el número de niños es más grande, uno o dos adquieren dominio completo, y los otros, de lejos, tienen menos libertad de la que tendrían si los adultos interviniesen para proteger a los más débiles y menos belicosos.

La consideración por otros en la mayoría de los niños no surge espontáneamente, sino que tiene que ser enseñada, y difícilmente puede enseñarse sin el ejercicio de la autoridad. Éste es quizás el argumento más importante en contra de la abdicación de los adultos.

Yo no creo que los educadores hayan resuelto aún el problema de combinar las formas deseables de libertad con el necesario mínimo de formación moral. La solución correcta, debe admitirse, a menudo la tornan imposible los padres antes de que el niño sea llevado a un colegio ilustrado. Así como los psicoanalistas a partir de su experiencia clínica concluyen que todos estamos locos, igualmente las autoridades en los colegios modernos a partir del contacto con alumnos cuyos padres se han encargado de hacerlos inmanejables están dispuestos a concluir que todos los niños son “difíciles” y que todos los padres son completamente tontos. Los niños que han sido inducidos a ser indómitos por la tiranía paterna (la cual a menudo toma la forma de cuidadoso afecto) pueden requerir un período más o menos largo de completa libertad antes de que logren ver a un adulto sin sospechas.

Pero los niños que han sido tratados cuerdamente en casa pueden soportar ser reprimidos de forma leve, mientras sientan que están siendo ayudados en maneras que ellos mismos consideren importantes. Los adultos que quieren a los niños y no se ven reducidos a una condición de agotamiento nervioso cuando están en su compañía, pueden conseguir bastante disciplina sin dejar de ser considerados con sentimientos amistosos por sus pupilos.

Yo creo que los modernos teóricos de la educación se inclinan a darle demasiada importancia a la virtud negativa de no interferir con los niños, y muy poca al real mérito de disfrutar su compañía. Si tiene esa clase de gusto por los niños que mucha gente siente por los caballos o los perros, ellos estarán dispuestos a responder a sus sugerencias y a aceptar prohibiciones, quizás con alguna queja jovial pero sin resentimiento. Es inútil tener ese tipo de gusto que consiste en considerarlos como un campo para experimentos sociales valiosos o, lo que significa lo mismo, como un escape para impulsos de autoridad. Ningún niño estará agradecido por un interés en él que provenga de la idea de que será un voto seguro para tal partido o un cuerpo que se habrá de sacrificar por un rey o por un país. La clase de interés deseable es aquella que consiste en el placer espontáneo cuando se está en presencia de niños, sin ningún propósito ulterior. Los profesores que tengan esta cualidad rara vez necesitarán interferir la libertad de los niños pero serán capaces de hacerlo, cuando sea necesario, sin causar daño psicológico.

Infortunadamente, es por completo imposible para profesores sobrecargados de trabajo preservar un gusto instintivo por los niños; están destinados a llegar a sentir hacia ellos lo que el aprendiz del repostero siente hacia los macarrones. Yo no creo que la educación deba ser la profesión única de nadie: ella debería ejercerse máximo dos horas al día por gente que gaste sus horas restantes lejos de los niños. La comunidad del joven es fatigante, especialmente cuando se evita la estricta disciplina. La fatiga, al final, causa irritación, la cual probablemente se exprese de alguna manera, sin importar las teorías que el mismo atormentado profesor o profesora pueda haber enseñado a creer.

La necesaria afabilidad no puede preservarse sólo por autocontrol. Pero donde existe, debería ser innecesario tener reglas previas del tipo de cómo tratar niños “desobedientes”, debido a que el impulso probablemente llevará a la decisión correcta, y casi cualquier decisión será correcta si el niño siente que usted gusta de él. Ninguna regla, por muy sabia que sea, sustituye al afecto y al tacto.

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