No hay verdades ÚNICAS

Olga Amparo Sánchez / Colombiana. Fundadora de la Casa de la Mujer de Bogotá. Ex directora de la Dirección Nacional de Equidad para la Mujer (DINEM).
Este documento es parte de Feminismos Plurales Serie Aportes para el Debate No. 7.
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Casi todo lo que hablamos en el presente sobre género necesita de más análisis porque, a mi modo de ver, el discurso de género desdibuja las desigualdades y las inequidades que viven las mujeres.

Quiero asumir una posición personal no como Casa de la Mujer de Colombia, no institucional. Soy muy crítica frente al discurso del género por varias razones. Quiero reconocer que es una categoría que ha sido útil y que viene de una corriente del feminismo norteamericano, inglés y alemán, fundamentalmente. Tiene a mi modo de ver varios problemas. Uno, que cuando una categoría de análisis se convierte en discurso político, hace que se ideologice esa situación de las mujeres. Esto ha traído como consecuencia que al hablar de género parece que hablamos de mujeres; y de que hombres y mujeres estamos en la misma situación.

Y no digo que los hombres no tienen desventajas sino que las mujeres tenemos – al menos las colombianas – muchas más desventajas: una mujer pobre tiene más desventajas que un varón pobre porque las mujeres no hemos sido legitimadas como colectivo social con capacidad de interlocución.

Estamos hablando de la categoría género no en sí misma sino en cómo políticamente se utiliza en el discurso. Eso hace que se desdibujen las situaciones de las mujeres. En Colombia, muchas instituciones del Estado y muchas organizaciones no gubernamentales dicen: “tenemos programas de género”, pero estos programas benefician por igual a hombres y mujeres. Está, por ejemplo el Sena que es la institución del Estado que da entrenamiento laboral. Hace tres años se empezó a impulsar un programa para mujeres jefas de hogar. Cuando se les pidió información de cómo funcionaba el Programa había más o menos 30-40% de hombres jefes de hogar. Y cuando preguntamos dijeron: “pero es que esto es un programa de género”.

No quiero plantear que las mujeres tenemos que virar la torta y tener el poder que hasta ahora tienen los hombres. No es eso. Lo que estoy planteando es que hay que reconocer que las inequidades más dramáticas las viven las mujeres por el sólo hecho de ser mujeres. El sexo hace que se legitimen, se lean , se simbolicen, desventajas en estas sociedades.

El discurso de género ha hecho perder el poder subvertor al feminismo
Así, creo que la categoría género es importante pero, en mi criterio, simplifica la situación de las mujeres en términos de asignarle papel preponderante a los roles y a la parte cultural cuando la situación de las mujeres es mucho más compleja y no se puede reducir al cómo se ha construido socialmente y la valoración que se haga del ser femenino.

Porque también está el contenido de clase, está lo étnico, está lo regional, lo cultural, un sinnúmero de variables que influyen en la situación de las mujeres. A mí me parece muy abusivo usar sólo esa categoría. La he trabajado a nivel académico y creo que tenemos que adentrarnos en otras complejidades de la vida de las mujeres; sin decir que ésta no sirve, sino que tiene limitaciones.

Creo, además, que el discurso del género ha hecho perder el poder subvertor al feminismo. Lo creo porque no es lo mismo que tu digas “violencia contra las mujeres” a que digas “violencia de género”. Esa no tiene ningún impacto en un auditorio mientras que la primera hace visualizar el problema en sus actores: una receptora y uno que agrede. Ahí se pierden contenidos, porque género quiere decir relaciones de poder entre hombres y mujeres. O cuando dices explotación sexual de género no es lo mismo que si dices explotación sexual contra las mujeres: esto es mucho más, al menos en mi experiencia personal.

Cuando en un auditorio tu dices: “yo soy feminista” y empiezas a hablar desde la feminista, la gente se va poniendo así: preparada. Si dices yo vengo a hablar de género, la gente se tranquiliza, no le mueve absolutamente nada. Y cuando la idea de género se instrumentaliza en programas públicos se queda en acciones muy coyunturales porque no toca las estructuras mismas generadoras de las inequidades por falta de reconocimiento al sujeto social y a los derechos que tiene, y por falta de redistribución. La diferencia es el sujeto social y el sujeto político.

En América Latina creo que el discurso de género ha sido mucho más impulsado por las agencias de cooperación y por los Estados que porque sea un discurso que permita realmente situar a las mujeres como actoras de primer orden en todos estos procesos de transformación que se están dando en el área latinoamericana. Estratégicamente en algunos lugares puede ser mejor hablar de género que hablar de feminismo.

Las categorías están en constante redefinición
Disentir en este momento del discurso de género es convertirse en una excluida del discurso dominante tanto a nivel nacional como internacional. Eso me parece gravísimo: que para poder ser reconocido haya que jugar a lo mismo que le criticamos a la sociedad patriarcal: la homogeneidad en los discursos, la universalidad en el pensamiento como una extensión de lo mismo. Porque la otra universalidad ya hoy no sé si es posible. Hablo de la universalidad como unidad. El mundo se ha hecho muy complejo. No hay verdades únicas. Las categorías están en constante redefinición.

Yo no tengo una postura sectaria sino crítica, que opino que es una capacidad que no podemos perder: mirarnos a nosotras mismas y reconocer qué es lo que estamos construyendo. Cosas que el feminismo ha hecho hay que verlas en esa dinámica dialéctica. Porque hay discursos libertarios que las sociedades los integran y pierden su capacidad subvertora. Tenemos que estar muy atentas a eso. De nada les sirve ni a las mujeres ni al movimiento feminista, el tener posiciones sectarias. Y en la discusión alrededor de institucionales y autónomas hay un sectarismo de lado y lado. En Bolivia y Ecuador por ejemplo las feministas de uno y otro lado tienen diferencias grandísimas. Chile también. Hoy más que nunca no me atrevería a decir que hay una postura sino que las hay diferentes dentro del movimiento de mujeres y, al interior de él, del movimiento feminista.
Para mí la autonomía es ganar en capacidad de tomar decisiones, de controlar la vida de una en lo privado, en lo público. Capacidad significa el ejercicio de la libertad y ésta a su vez la capacidad de optar frente a distintas posibilidades. En ese sentido yo soy autónoma si es que en estas sociedades globalizadas una tiene opciones (hay poco margen), pero uno puede identificar contradictores y contradictoras. Ahora, si me preguntan si soy del movimiento autónomo de América Latina yo no sabría decir. Hay cosas de ese movimiento que me parecen importantes en la crítica a lo que ha sido la institucionalización de los programas de mujeres, el papel de las financiaciones y las pérdidas de las mujeres como sujetos políticos al colocarse en una postura menos crítica frente a las sociedades patriarcales. Pero, en general no me gusta esa polaridad, eso de estar a favor o en contra.

Me gustan las posiciones radicales pero eso no significa sectarismo.

Ser críticas y propositivas
Así, todas estas cosas son mucho más complejas que el rol y que una situación de clase. No solamente es por la vía de la solución de las inequidades económicas o políticas, ni sólo por el reconocimiento que se soluciona la situación de subordinación de las mujeres. Porque todo esto tiene que ver con el modelo económico y está íntimamente imbricado en la forma de cómo producimos, quiénes son los dueños de los recursos.
Yo tengo el firme convencimiento de que el feminismo no es sólo una opción política sino también teórica y práctica que permite que las mujeres ganemos en autonomía y en libertad y que tengamos una comprensión mucho más integral de las sociedades patriarcales y adquiramos la posibilidad de ser críticas frente a esas sociedades y ser también propositivas.

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