El «sabor del saber» y el saber académico actual (IV)

Enrique Gervilla Castillo

Facultad de Ciencias de la Educación

El sabor del saber en la antigüedad.

«Sophía», «Sapientia», «Philo-Sophía

La etimología del vocablo sabiduría, así como los primeros significados del  mismo, manifiestan esta necesidad humana de saber y, sobre todo –y ello es bastante ilustrativo–, el agrado y placer en su adquisición y posesión.

 El término griego sophía, traducido usualmente por sabiduría, significó, en los comienzos, lo mismo la habilidad para realizar una determinada tarea, que la  inteligencia o el arte para tomar una decisión. Homero, en la Ilíada (1980, p. 297) hizo uso de este vocablo para designar la habilidad del carpintero que construye un barco. Sabio, sobre todo en el período helenístico, fue la persona quien, por unir el conocimiento teórico y práctico, posee una actitud de moderación y prudencia, en quien el saber y la virtud son una misma cosa. El libro de los Proverbios (3,13-15), escrito en el siglo V a. C., exalta la sabiduría, como síntesis y fuente de todos los valores, cuya posesión es muy superior a los bienes materiales: Dichoso el hombre que ha encontrado la sabiduría y el hombre que alcanza la prudencia; más vale su ganancia que la plata, su renta es mayor que la del oro. Más preciosa es que las perlas, nada de lo que amas se le iguala.

 En este sentido de importancia, e incluso de excelencia vital, es altamente significativo la traducción de la voz griega sophía a su correspondiente latina sapientia (sabiduría, ciencia, prudencia, filosofía…), cuya raíz, del verbo latino sapere, significa «tener tal o cual sabor», «ejercer el sentido del gusto», «tener gusto», y curiosamente también, «tener inteligencia». Se refiere al sentido del gusto y figuradamente se emplea también en un sentido intelectual: «tener juicio», «entender algo» (Corominas-Pascual, p. 111).

 Una misma raíz «sap» se encuentra presente y, en consecuencia, aportando este mismos significado, en el verbo sapio: tener sabor, en el sustantivo saporris: gusto,  sabor, y el los adjetivos saporatus-a-um: sabroso, sazonado, y saporus-a-um: sabroso.

 Esta misma raíz latina se encuentra, como constata el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, en los vocablos sabor (sap-or/oris) y saber (sapere), otorgándole a este verbo los significados de conocer, saber, ser sagaz o advertido… y también, tener gusto o sabor. En todo caso, pues, encierra en sí la idea de gustar y saborear, lo mismo en el sentido teórico que práctico.

 * Sapio: tener sabor

SABER (Sapere) → «Sap» * Saporus // Saporatus: sabroso

 * Sapor/ris: gusto, sabor

La vinculación, por tanto, entre saber y sabor, atendiendo a la etimología, es inseparable y altamente significativo. En expresión de Santo Tomás: Discitur sapientia, sicut sapida scientia (se habla de la sabiduría como de una ciencia sabrosa). Se trata para él de un saber especulativo, como la ciencia, pero que tiene una repercusión afectiva, un especial gusto o sabor, es literalmente «un saber con sabor», o también una ciencia sabrosa (García López, 1974). Sabiduría es, pues, acorde con la etimología latina, lo mismo el saber del carpintero, artesano o navegante, expertos en su técnica, que el saber especulativo o teórico, con la connotación de sabor, agrado o placer.

Es también altamente ilustrativo que el lugar o espacio en el que se enseña y aprende la sabiduría, la escuela, esté teñido, en su etimología, de este mismo significado placentero y sabroso. En efecto, el significado del vocablo escuela tiene su antecedente inmediato en el vocablo latino schola, derivado a su vez del griego scholé.

 Scholé Schola Escuela

Esta palabra –Scholé– en su origen griego significó ocio, distracción, descanso.

Recordemos, al respecto, que el ocio culto -scholé- era, en la estructura de la sociedad griega, una situación de privilegio que gozaban sólo quienes podían dedicarse al ejercicio del pensamiento y al saber cultural por tener cubiertas las necesidades básicas inmediatas. El énfasis en este sentido fue tal que, con frecuencia, los latinos utilizaron la palabra ludus (juego) para referirse a la escuela. Así Cicerón y Marcial emplearon el vocablo ludumagister para referirse al maestro de escuela (VV. AA., 1981, p. 180). Platón, en las Leyes, habla de la matemática como pasatiempo[1]. Posteriormente, la voz latina schola reunirá varias acepciones, sin perder su significado originario: ocio consagrado al estudio, lugar donde se enseña y aprende, y, a la vez, de doctrina que se enseña y aprende. Este último sentido de enseñanza-aprendizaje, así como el lugar físico o edificio de la enseñanza será el que posteriormente predomine en la palabra latina schola (escuela).

Especialmente significativo es la etimología del vocablo filosofía que nos remite, junto al sentido de sabor agradable, a un amor apasionado. Un saber, que al igual que el amor, siempre está hambriento, es sabroso, agradable, a veces esforzado, y siempre gratificante.

La voz griega philo-sophía, término compuesto del verbo philéo (amar, aspirar, desear) y el sustantivo sophía (sabiduría teórica o práctica), significó en sus orígenes amor o tendencia a la sabiduría, o el amante de la sabiduría. La actividad más excelente de quienes entonces tenían el privilegio y placer de poder practicarla. Así, Pitágoras, con prestigio y orgullo, habiendo sido interrogado acerca de su oficio, respondió que no sabía ningún arte, sino que era simplemente filósofo; y comparando la vida humana a las fiestas olímpicas, a las que unos concurrían por el negocio, otros para participar en los juegos, y los menos, por el puro placer de ver el espectáculo, venía a concluir que sólo éstos eran los filósofos. Estos testimonios, entre otros muchos, ponen al descubierto la antigua vinculación entre la sabiduría y el amor.

 El famoso texto de Platón, en el Banquete (201e-205ª), es un argumento privilegiado de esta vinculación sabiduría-amor que sólo es posible en los humanos, pues ni los dioses ni las bestias pueden filosofar. Y como todo amor, el saber es apasionado, ingenioso, bello y necesitado. Eros (el amor)[2], es un daimon, un ser intermedio entre dioses y hombres. Por su genealogía se halla en una situación parecida a la que tiene el hombre respecto al conocimiento, situado entre la ignorancia y la sabiduría, pues sólo desea saber quien no es absolutamente ignorante, ni totalmente sabio, pues la ignorancia total del animal ignora la existencia de la sabiduría misma, y la posesión total de los dioses hace desaparecer todo deseo. El filósofo es un metaxy, un intermedio entre el sabio y el ignorante, pues sólo el filósofo –al igual que el pobre o el enamorado– está siempre en camino, en una permanente búsqueda, siempre inacabada de la verdad, pues el verdadero filósofo, como advirtió Platón, es el que gusta de contemplar la verdad. Tal «contemplación», sin embargo, no es sinónimo de «posesión», pues todo filosofar es «carencia» y quien alcanza la verdad deja de desearla y, por lo mismo de filosofar. Sócrates, con su famosa sentencia «sólo sé que no sé nada», expresaba irónicamente una permanente búsqueda del saber. Posteriormente Nicolás de Cusa, de modo similar, haría con su docta ignorantia un rechazo a los falsos saberes y un estado de apertura al conocimiento: más que una posesión, la ignorancia es una disposición. La filosofía es así, en expresión de Nicolás de Cusa, una docta ignorantia, una actividad intelectual que, por su mismo razonamiento, reconoce sus límites

 Este reconocimiento es ya un acercamiento a la verdad, pues «cuanto más profundamente doctos seamos en esta ignorancia, tanto más nos acercaremos a la verdad» (Cusa, 1984, p. 26). El saber, sciere, es, en este sentido, ignorar (ignorare) pues el saber empieza cuando el intelecto aspira a buscar la verdad según el deseo innato que en él reside y la aprehende mediante un abrazo amoroso: amoroso amplexu.

 El deseo es, pues, la conexión esencial entre vida y filosofía. Filosofamos por lo mismo que deseamos, y deseamos porque estamos vivos, y la vida es un inextinguible apetito de libertad, un incremento a más vida. Con toda razón afirma Lyotard al respecto: «La respuesta a ¿por qué filosofar? se halla en la pregunta insoslayable ¿por qué desear?»(1989, p. 98).

 Este deseo, al igual que la insatisfacción, adquiere múltiples sentidos en la vida humana, pues, como ya observó Aristóteles, (Metafísica, Lib. I, 1 y 2) unos buscan el saber en vista a alguna utilidad y resultados que les comporta, y otros buscan el saber por sí mismo, sin utilidad alguna. La filosofía es un ansia de saber desinteresado, sin utilidad ni productividad alguna, sin urgencia inmediata, pues su finalidad es el saber mismo. Su «inutilidad » instrumental se torna validez humanizante y liberadora[3], por lo que «todas las ciencias son más necesarias que ésta; pero mejor, ninguna» (Metafísica, 983a)

[1] Aprendan jugando y con placer» (Libro VII, 819e).

[2] El amor se expresa en griego con tres vocablos: éros, philía, ágape.Éros es un deseo de lo que no se tiene y echa de menos, un afán primordialmente de belleza. Philía es una especie de amistad, de cuidado y trato frecuente; raíz de la palabra filosofía. Ágape era una especie de «dilectio», de estimación y amor recíproco (caritas) (Marías, 1984, p. 56).

[3] «Pues esta disciplina comenzó a buscarse cuando ya existían casi todas las cosas necesarias y las relativas al descanso y al ornamento de la vida. Es, pues, evidente, que no la buscamos por ninguna otra utilidad, sino que, así como llamamos hombre libre al que es para sí miso y no para otro, así consideramos a esta como la única ciencia libre, pues esta es sólo para sí misma (…) aunque es indigno de un varón no buscar la ciencia a él proporcionada» (Aristóteles, Metafísica, 982b).

 

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