El «sabor del saber» y el saber académico actual (V)

Enrique Gervilla Castillo

Facultad de Ciencias de la Educación

Publicado en: Revista de Educación, 340. Mayo-agosto 2006, pp. 1039-1063.

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El deseo de saber. La pregunta y el problema

Este deseo de saber ha generado en los humanos la formulación de preguntas como medio de alcanzar la sabiduría, por cuanto preguntar es desear, y desear es carecer de algo, tender hacia lo otro como hacia lo que le falta a uno mismo. Por eso, el ser humano, eterno preguntón, es un ser que pregunta y se pregunta. El interrogante se convierte así en la característica intrínseca y definitiva de esta parte de la naturaleza que ha creado la cultura y, al crearla, ha potenciado la misma naturaleza.

 Preguntar es abrir horizontes por medio de la pregunta, es el resultado de la admiración. Preguntar implica siempre un distanciamiento, alejarse en el espacio a fin de poder introducir la perplejidad que motiva el juicio crítico.  Preguntar supone ganar distancia, desligarse de la atadura de la experiencia sensitiva y poder contemplarla desde un horizonte diferente: el horizonte de la conciencia. Tan sólo el hombre es capaz de llegar a este estado, nada cómodo y no siempre útil, pues sólo el ser humano es capaz de suspender toda acción directa hacia su entorno para reflexionar sobre sí mismo.

 El hecho de preguntar es ya un saber, un saber ignorado, pero saber que, desde la ignorancia, demanda una respuesta, aunque no siempre la pregunta haya logrado una respuesta eficaz[1]. La eficacia, sin embargo, en nada mengua su valor. De aquí que la pregunta haya sido y sea un momento importante para lograr la sabiduría. Una respuesta sin pregunta, al igual que una solución sin problema[2], no es verdadero saber, o al menos, no un saber acorde con la curiosidad de la naturaleza humana. Nuestra vida es una permanente pregunta-respuesta, un dinamismo problemático entre necesitar-tener, buscar-hallar, conocido-por conocer, desear-satisfacer…Y es algo tan natural como nuestra experiencia diaria que nunca deja de preguntarnos, convirtiéndose las respuestas, cuando las hay, en sucesivas preguntas. De este modo, bajo la estructura pregunta-respuesta se encuentra la realidad de vivir: una permanente búsqueda desde algo que ya se posee. Por eso es posible la precomprensión de algo todavía desconocido: porque la «unidad de conocimiento», la clave de comprensión de todo posible saber, es algo ya poseído. Ni desde la total comprensión, ni desde la ignorancia completa es posible el progreso del saber[3].

 Sócrates nos enseñó que sólo es sabio quien sabe que no lo es, porque es consciente de su ignorancia, de lo poco que sabe y de lo mucho que le queda por saber. Con su hábil método, fue un gran maestro en la adquisición de la sabiduría, pues mediante hábiles preguntas conducía a su interlocutor al descubrimiento de la verdad que ya posee en su interior. Lo importante es hacer perder al oyente su tranquilidad, ponerle en desacuerdo consigo mismo, sacar a la luz. Este método interrogativo o socrático, es, además de un método didáctico, un método heurístico, de investigación y descubrimiento de la verdad. El maestro presenta el objeto, sugiere ideas, demanda la colaboración del alumno en la producción del saber, dirige, mediante sucesivas preguntas, observaciones, comparaciones, sistematizaciones para alcanzar el conocimiento. Para ello, el diálogo puede orientarse en dos sentidos o formas: la ironía (fingir que no saber de lo que se está hablando, para convencer al interlocutor de su ignorancia) y la mayéutica (partiendo de lo conocido llega a descubrir la verdad: definiciones y conceptos generales). Él mismo compara su enseñanza al arte de las parteras, ya que consiste en dar a luz los conocimientos que se forman en la mente de sus discípulos.

 Yo tengo en común con las parteras, el ser estéril en sabiduría; y lo que desde hace muchos años me reprochan, justamente, es que interrogo a los demás pero nunca respondo de mí, por no tener pensamiento sabio alguno que exponer (Teeteto, 150c).

 El problema, al igual que la pregunta, conlleva siempre algo conocido y algo por conocer, por lo que suele tener, explícita o implícitamente, la forma de pregunta, aunque no toda pregunta es necesariamente un problema[4]. Se trata de un modo de conocer propio –en expresión de Ortega- de «la bestia divina, siempre cargada de problemas» (1964, p. 358), pues el pensamiento actúa frecuentemente mediante problemas, y para que haya un problema tiene que haber datos. Si no nos es dado algo, no se nos ocurriría pensar en ello o sobre ello; y si nos fuese dado todo tampoco tendríamos por qué pensar. El problema supone una situación intermedia: algo dado y que lo dado sea incompleto. Esto es conciencia del problema. Es saber que no sabemos bastante, es saber que ignoramos.

 El problema, en sí mismo y al margen de su solución, es algo valioso, por cuanto es también un saber ignorado y deseado. Refiriéndose a la filosofía, escribió Bertrand Russell que ésta debe ser estudiada no por las respuestas concretas a los problemas que plantea, sino más bien por el valor de los problemas mismos; porque estos problemas amplían nuestra concepción de lo posible, enriquecen nuestra imaginación intelectual y disminuyen la seguridad dogmática que cierra el espíritu a la investigación; pero ante todo, porque por la grandeza del Universo que la filosofía contempla, el espíritu se hace a su vez grande y llega a ser capaz de la unión con el universo que constituye su supremo bien (1972, pp. 134-135).

 Pregunta y problema, pues, poseen en común el deseo de saber –saber ignorado– origen y medio privilegiado para alcanzar la sabiduría y, en consecuencia, huir de la ignorancia.

[1] El profesor Fullat señala el doble resultado o respuesta a los interrogantes humanos: Preguntas del ser humano que han obtenido respuestas con éxito: cuál es el microbio causante de la rabia o la construcción de puentes; otras, en cambio, no ha recibido respuesta definitiva después de siglos de historia del pensamiento, como por ejemplo qué es el bien. La razón humana, pues, actúa doblemente: con eficacia –solucionando problemas concretos– cual es el discurso científico-tecnológico; y de manera ineficaz –cuestiones que no resuelven problemas concretos de la vida humana,pero que no por eso dejan de ser igualmente importantes, como la belleza o la justicia que no han recibido una respuesta definitiva– son los discursos de tipo filosófico y crítico (Fullat, 1988, pp. 27-28).

[2] Problema apunta a su origen griego.pro: delante y ballo: arrojar o lanzar. Proballo = lanzo, propongo, doy la señal…Problema fue un saliente, un promontorio, y también una tarea, una cuestión siempre propuesta (Fullat, 1992, p. 23).

[3] Jeanne Delhomme acertadamente, hace tiempo, afirmó que el pensamiento interrogativo surge como consecuencia de la superación de dos actitudes insuficientes y opuestas entre sí: «la atención a la vida» y el «sueño», es decir, la pura presencia y la simple ausencia. La interrogación incluye ambos opuestos y a la vez los integra. Dentro de su ámbito se da, o puede darse, el saber (Delhome, 1984, p. 56).

[4] Según Aristóteles, «problema es un procedimiento dialéctico que tiende a la elección o rechazo, o también a la verdad y al conocimiento» (Top., I, 11, 104 b).

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