EL DISCURSO EDUCATIVO: ¿IDEAL COMPARTIDO O PALABRA VACÍA? (I)

Esteban Barrantes Clavijo

Investigador, Sociedad Colombiana de Pedagogía

PRETEXTOS PEDAGÓGICOS REVISTA DE LA SOCIEDAD COLOMBIANA DE PEDAGOGÍA

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La naturaleza de la escuela, por su carácter de espacio social, no puede ser definida fácilmente, ni logra ser registrada en legislaciones, tampoco en discursos que den cuenta de su “problemática”, ni en cifras que hablan de su cobertura, impacto, y/o eficiencia, sin embargo, existe la creencia socialmente aceptada de que la definición del espacio institucional de la escuela puede ser determinado por una mirada dominante sobre ella que la sociedad hace a través de diferentes voces: expertos, funcionarios, legos, etc. Por el contrario, la riqueza del lenguaje permite explicitar diferentes sentidos que el discurso pedagógico circulante adquiere sobre la orientación, definición y exigencia frente al quehacer escolar y, particularmente, al rol desempeñado por cada uno de los actores de la institución y del sistema educativo.

Cada estudio sobre educación2 ofrece una imagen implícita de escuela, de acuerdo a los elementos tenidos en cuenta para significar aquello que cada sujeto «docente, autor y/o investigador» encuentra de relevante en su observación, lo mismo que por el lenguaje puesto en circulación en los textos, normativas o informes. La certidumbre sobre la función social, los procedimientos acogidos y los resultados esperados de la institución, se supone, deberían variar de acuerdo con la posición desde donde se esté ubicado; según esto, se espera que la percepción de los maestros sea distinta de quienes orientan las políticas, y de los usuarios de la educación, en tanto las inquietudes frente a la misma son distintas en cada caso. A juzgar por estos planteamientos, en las expresiones sobre educación, se podrían apreciar diferentes formas de nominar o caracterizar la institución educativa, ofreciendo, a su vez, distintos semblantes de escuela; no obstante, el discurso circulante resulta repetitivo, en el sentido que gira alrededor de núcleos «teleológicos»: propositivos (se espera que la institución adecue su organización y sus acciones para evolucionar a la par con los acelerados cambios de la dinámica social) y procedimentales (se reclaman métodos más eficaces que puedan ser reconocidos como actuales, en contraposición a viejas prácticas «llamadas tradicionales»).

 La Instauración De Los Ideales Educativos

La dinámica económica a escala planetaria (apertura) ha conducido a la manifestación del fenómeno llamado globalización, consistente en la difuminación de las fronteras y la interdependencia generada por la tecnología telecomunicacional. Las relaciones entre pueblos se establecen hoy desde la interacción de sistemas financieros y de producción, es decir, sobre el intercambio de bienes y capitales, de modo que es más acertado referirse a la conformación de mercados, para identificar grupos poblacionales, que hablar de estados nacionales. El informe de los sabios “Colombia al filo de la oportunidad” plantea al respecto:

“La ruptura de las fronteras habilitó fuertes capacidades de interacción entre los sistemas de producción y los sistemas financieros de todos los países. Desmantelados los elementos militares e ideológicos de la confrontación Este-Oeste, se abre una oportunidad histórica para crear un nuevo orden mundial en torno al libre intercambio internacional de bienes y capitales, y de reducir cada vez más las fronteras económicas entre los estados”3.

El campo educativo no se exime de ser leído desde esta dimensión, de ahí que las agencias internacionales (UNESCO, PNUD, CEPAL) hayan jugado un papel central en la definición e implementación de la política educativa a nivel mundial, y sobre todo, en los países del tercer mundo. Proceso agenciado a través de recomendaciones derivadas de investigaciones que demuestran «objetivamente»la necesidad de su adopción4.

Dichas entidades, por lo tanto, constituyen el principal factor que ha contribuido al incremento de la actividad en el sector educativo; los argumentos expuestos por tales instancias no sólo contribuyen a la creación de un ambiente propenso para la aplicación de políticas regionales, sino que, a su vez, introducen vocablos que resultan prioritarios para referir las acciones sugeridas (por ejemplo, en la evaluación del sistema educativo colombiano, actualmente, la eficiencia, eficacia y competitividad del docente se traduce en “desempeño profesional”, el cual es técnicamente medible).

Actualmente, estos organismos afirman que los esfuerzos de las anteriores décadas para ofrecer educación “de calidad” a grandes sectores de la población, no han reportado los esperados cambios en la sociedad y en el nivel de vida de los individuos y proponen emprender transformaciones que permitan a los países, vincularse a los mercados internacionales de bienes y servicios mediante una educación que ofrezca mano de obra calificada, mediante el aprendizaje de los conocimientos requeridos para participar en los procesos modernos de producción. El conocimiento es considerado capital (capital humano), que debe ser producido por la sociedad en general5.

A partir de tales presupuestos, los requerimientos que la sociedad6 le hace a la escuela son de diverso orden, los cuales van desde atender a discursos coyunturales para “apoyar” planes y/o propuestas de gobierno: introducción por decreto de componentes curriculares «cátedras para profundizar en el conocimiento de próceres: Bolívar, Mutis; o de valores sociales: democracia, paz, sexualidad, tiempo libre, etc.”–», hasta orientar al país hacia un desarrollo, equiparable con los otros países del mundo moderno:

“La capacidad de aprendizaje individual y colectivo constituye uno de los factores esenciales para la adaptación activa y crítica de cualquier país a las condiciones nuevas de la evolución mundial. Hacia el futuro, la diferencia entre los países de lento y de rápido aprendizaje estará en función de la facilidad de asimilación y de adaptación basadas en la calidad de los talentos humanos y en la eficiencia de la infraestructura institucional”7.

Pero, a pesar de varios años8 de elucidación sobre este fenómeno, tales afirmaciones no se presentan de un modo imperativo y concluyente. Por ejemplo, el informe a la UNESCO de la comisión Internacional sobre Educación para el S. XXI, presidida por Jaques Delors, ha afirmado que “de la educación depende en gran medida el progreso de la humanidad…”. Hoy está cada vez más arraigada la convicción de que la educación “constituye una de las armas más poderosas de que disponemos para forjar el futuro…” y, añade a manera de advertencia:

“El principal peligro, en un mundo marcado por la interdependencia planetaria y la mundialización es que posiblemente habrá un abismo entre una minoría capaz de moverse en ese mundo nuevo… y una mayoría impotente para influir en el destino colectivo”9.

El discurso, entonces, se organiza a partir de conceptos (que se muestran como novedosos), referidos a acontecimientos, valores y demandas asumidos como prioritarios en la actual coyuntura, y se exponen en oposición a aquellas nociones consideradas superadas, tales como: conductismo/constructivismo, tradición/innovación, heteronomía/autonomía, instrucción/proceso creativo, etc. En suma, la idea de que la educación precisa cambiar, preside el orden del discurso actual, y la manera como se publicita es en nombre de la calidad, como promesa de cambio. Así, la calidad de la educación resulta como finalidad (en sentido teleológico) del proceso escolar. Basta con decir que se actúa en procura de elevar la calidad de la educación para legitimar formas de asumir la docencia, para legislar, tomar decisiones administrativas o implementar políticas.

En este sentido López afirma que,

“Esta orientación hacia la calidad se ve acelerada en el momento presente mediante, al menos, tres tipos de mecanismos diferentes aunque mutuamente relacionados. En primer lugar, y como consecuencia de ese clima psicosocial favorable, la referencia a la calidad constituye un elemento de marketing de primera magnitud que por la vía publicitaria ejerce una acción retroalimentada sobre la sociedad, contribuyendo así a reforzar el clima que lo generó. En segundo lugar y por razones de mercado, las empresas están orientando progresivamente su actividad y los modos de gestionarla hacia la calidad, lo que hace que sea cada vez mayor el número de ciudadanos que están siendo protagonistas directos de dicho proceso en tanto que productores, lo cual les convierte, a su vez, en consumidores comprometidos con la calidad y, exigentes, por tanto, con respecto a los bienes y servicios que reciben en su condición de clientes. En tercer lugar, la progresiva apertura de los sistemas sociales y económicos -acentuada particularmente en la última década­y el consiguiente incremento de la competitividad han situado a la calidad como la quintaesencia del valor añadido en cada sector de actividad.” 10

No sólo hay que hacer las cosas, sino que sobre todo, hay que hacerlas bien ~se dirá~ incluyendo en dicha valoración criterios de eficiencia económica. Efectivamente, la nominación de la educación formal como servicio, en contraposición al acceso a la misma tomada como un derecho, involucra una lógica de oferta y demanda, regulada por distintas ofertas escolares en un mercado de bienes simbólicos, donde el valor añadido marca la diferencia entre una oferta y otra, lo cual se traduce en diferentes costos del servicio y, en consecuencia, el acceso depende de la capacidad de pago de los usuarios.

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