“Desarrollo, aprendizaje y evaluación en la escuela infantil”

Tonucci, Francesco (2006), “Desarrollo, aprendizaje y evaluación en la escuela infantil”, en El proceso de evaluación en preescolar: significado e implicaciones, Guía del Taller General de Actualización, SEP, México, pp. 18-23 (www.reformapreescolar.sep.gob.mx)

[1] Entrevista realizada el 12 de mayo de 2006. Francesco Tonucci es investigador en el Instituto de Ciencia y Tecnología de la Cognición del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas, Roma, Italia.

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  1. ¿Qué es lo que los niños deben obtener en la escuela infantil?

Si nos pusiéramos de acuerdo sobre esta cuestión, se podría también plantear correctamente el problema de la evaluación o de la valoración, como prefiero llamarle.

 

Todos sabemos que durante los primeros años de la vida tiene lugar en el niño un esfuerzo evolutivo de una dimensión tal que no tendrá igual en toda su vida posterior. Es en estos años cuando se construyen los fundamentos en que se apoyará todo el desarrollo, cognitivo, social, afectivo de toda la vida.

 

En estos primeros años el niño deberá entrar en el sentido de la temporalidad, comprender lo espacial, extender sus relaciones, desenvolver sus afectos, delinear su carácter, dar nacimiento a su curiosidad. Si estos fundamentos no se construyen en los primeros años, difícilmente se podrán desenvolver después las competencias previstas por la educación familiar, por las normas sociales o por los programas escolares. En comparación con esta tarea prodigiosa que el niño realiza en los primeros años de su vida, casi sin darse cuenta y sin que lo perciban los adultos que le rodean, todos los aprendizajes futuros, por importantes que sean deben considerarse de un significado y esfuerzo menores. Aprender a leer y escribir sería banal si todo aquello que lo sustenta como prerrequisito o como motivación está débilmente fundado.

 

Lo que he dicho, si es cierto, implica que el enorme esfuerzo infantil requiere de condiciones familiares y ambientales favorables y eso significa afecto, alimento suficiente, higiene, riqueza de estímulos. La realidad nos dice que muchos niños en nuestros países carecen de estas garantías mínimas y que el desarrollo que deberíamos promover durante sus primeros años está en riesgo.

 

Es por esto que los servicios públicos a la cabeza de éstos la escuela deben hacerse cargo de proporcionar a los niños las bases culturales necesarias para el desenvolvimiento fundamental de su personalidad.

 

La escuela infantil, que interviene en el período crítico de los 3 a los 6 años, tiene una tarea mucho más importante en comparación con las que asumirá sucesivamente el sistema escolar, desde la primaria hasta la universidad. Sería verdaderamente demencial que estos tres años fundamentales vinieran a dedicarse a preparar los aprendizajes posteriores con actividades de preescritura, prelectura y precálculo, mismas que en los hechos consisten en acostumbrar a los niños a sostener el lápiz en la mano, a rellenar formas sin salirse de los bordes, a permanecer sentados largos ratos, a escuchar sin molestar, etcétera[1].

Por el contrario, deberían identificarse aprendizajes mucho más de fondo, en la base. De manera que a la pregunta inicial yo respondería; en la escuela infantil los niños deberían aprender a estar juntos, a convivir con sus compañeros, a compartir experiencias y emociones, a expresarse por medio del lenguaje que cada uno prefiera, a observar la realidad, a asombrarse frente a las cosas nuevas, a buscar respuestas, a escuchar, a trabajar juntos. Se trata de poner a cada uno en situación de decir lo que piensa de cada cosa que se discute, en la certeza de que cada uno piensa algo y de que vale la pena que todos lo sepan.

 

En el campo de las ciencias, por ejemplo, la escuela deberá permitir al niño el contacto con la naturaleza y con los objetos biológicos, hoy de hecho prohibido, impedido, vedado por el desarrollo inhumano de la ciudad. A partir de estas experiencias, el niño aprenderá a observar-escuchar, a formular las primeras hipótesis, a contrastarlas con las de los otros, a arriesgarse a las primeras teorías, a reconocerlas superadas, etcétera.

 

Es sobre esas cosas, si es que somos capaces, que podríamos empeñarnos en valorar o evaluar. Pero ésta sería una valoración sobre la escuela, sobre los maestros, sobre los instrumentos que hemos escogido y ofrecido, sobre los ambientes que hemos creado y para verificar si todo eso ha sido suficiente para obtener el cumplimiento de todos esos objetivos por todos los niños. Si no hemos obtenido éxito, somos nosotros quienes debemos encontrar mejores soluciones, sin descargar la responsabilidad sobre la voluntad y disposición de los niños ni sobre la disposición de las familias.

 

  1. El sentido de la evaluación.

¿Quién tiene el valor para evaluar la creatividad de un niño? ¿Quién lo tiene para medir la capacidad del niño de sentir afecto por sus amigos o demostrar interés en un juego?

 

Un amigo italiano me contaba que durante una reunión con las madres y los padres, la maestra de la escuela infantil a que asiste su hijo de 5 años le informó que el pequeño estaba “retrasado” en dibujo. ¿Qué significa esta frase? ¿Qué significa estar “retrasado” en dibujo? O por el contrario ¿qué significa estar “adelantado” en dibujo? Serían valoraciones razonables si tuviésemos un modelo de aquello que debería ser el dibujo infantil a los 3, a los 4, o los 5 años, pero tal cosa no es posible. Deberíamos rechazar con decisión una valoración del dibujo infantil que diga, por ejemplo, que el pequeño debe pasar en un cierto período de la representación frontal de la figura humana a una representación de perfil, o de la transparencia a la opacidad en la representación de las ropas, o del desorden y la sobreposición de figuras a la perspectiva en la representación del espacio. Es verdad que los niños transitan por estas maneras de representar gráficamente la realidad, pero es muy difícil sostener que esto deba suceder en un periodo predecible y que deba ocurrir así necesariamente.

 

Muchos grandes pintores han desechado los rasgos de perfil o la perspectiva, buscando otros caminos en la representación de la realidad. ¿Deberían por eso ser valorados negativamente en dibujo? Sabemos que cuando los niños dibujan no están interesados tanto en la realidad tal como ésta es “mirada” sino sobre todo en la realidad así como él la percibe. Y, por tanto, ¿qué es lo que significaría evaluar? ¿Es posible valorar la percepción que tiene un niño para así poder correctamente evaluar sus representaciones gráficas? ¿Tiene sentido corregir el dibujo de un niño “porque la realidad no se ve así”, si lo que el niño quería representar es aquello que él percibe de esta realidad?

 

Si todo esto es válido en relación con el dibujo también lo es para el lenguaje, para el razonamiento lógico, para la creatividad, para la habilidad, para el carácter, para la curiosidad…

 

El riesgo más grande de la evaluación es el de restringir nuestra atención a unas cuantas formas de lenguaje y a unas cuantas competencias, escogiendo aquellas que se consideran más importantes para la trayectoria escolar del niño. De esta manera se enfatizan algunas competencias y otras son subestimadas. Estas últimas tenderían a ser subestimadas también por los niños y por sus propias familias e irían disminuyendo hasta desaparecer. Ésta es una grave responsabilidad de la escuela.

 

Esta discriminación ocurre porque, por un lado, se piensa que la escuela infantil debe preparar para la escuela primaria (es por esto que se le ha llamado “preescolar” en muchos lugares del mundo) y que por lo tanto debe preocuparse del aprendizaje de aquellas competencias que la escuela primaria deberá desarrollar (como la lectura, la escritura, el razonamiento lógico o las matemáticas). De ahí se desprende su alta valoración. Por el otro lado, se considera que es muy difícil evaluar competencias más profundas, como las creativas o las corporales. Pero actuando así, se castiga precisamente a aquellos niños que, teniendo predisposición por los lenguajes expresivos, emotivos o motrices, encontrarán mayor dificultad para adaptarse a las propuestas escolares y serían condenados al fracaso.

 

  1. La evaluación: lectura de una experiencia compartida.

Aceptando lo anterior, resulta evidente que la evaluación no es un proceso de medición del aprendizaje individual sino un proceso de lectura de una experiencia compartida. En el primer caso la escuela simula que el niño llega al aula como un recipiente vacío y que la tarea de la maestra es la de llenar progresivamente ese vacío, a partir de sus propuestas, sus materiales, su programa y su método. En este caso sería coherente pensar en la evaluación como la medida en la cual el recipiente vacío se ha llenado y, dado que la maestra ha dado a todos un trato igual, si alguno no ha obtenido provecho la culpa será necesariamente del alumno flojo, distraído o rebelde o de su familia desinteresada. Sin embargo, si la experiencia escolar, especialmente en estos primeros años, adquiere el valor fundamental antes señalado y la trayectoria educativa es vista como la construcción de competencias por parte de niños que son competentes en las relaciones entre ellos y se benefician de un ambiente rico y estimulante, entonces la evaluación será una delicada e importante experiencia de lectura de la vivencia escolar misma para que ésta sea comprensible y, si es necesario, modificable por parte de todos los actores que concurren en ella: los niños, los padres, las maestras: Todos están dentro, todos tienen mérito y todos tienen responsabilidad.

 

Para que esto suceda se necesita adoptar instrumentos adecuados de descripción y de documentación de la experiencia escolar, para que cuando los maestros, los padres y los niños se reúnan para revisarla puedan basarse en materiales y documentos, testimonios ciertos y no sobre recuerdos y sensaciones, siempre parciales y falibles.

 

Por esto se comprenderá la obsesiva recomendación que hago de conservar los dibujos de los niños, con su nombre y fecha, de escribir las palabras de los niños para conservar sus historias, sus discusiones y sus ideas, así como de fotografiar el material que no pueda conservarse de otra manera. Así se podrá auxiliar a los padres, por ejemplo, a comprender el largo proceso que recorre un niño para representar gráficamente su mundo y alegrarse cuando supera una fase y se enfrenta a aquella que le sigue.

En comparación con esta riqueza me parece humillante, ofensiva y peligrosa la práctica de una evaluación cuantitativa de competencias específicas de los niños que siempre están orientadas a preparar los futuros aprendizajes escolares

 

  1. La obsesión escolar por la homogeneidad: un riesgo en las prácticas de evaluación.

 

Pienso que el problema más preocupante es que atrás de las varias propuestas de evaluación de competencias existe una idea de normalidad, que esconde la idea aún más peligrosa de homogeneidad. A partir de ellas se piensa que un niño que tiene 3 años debe saber ciertas cosas, si tiene 4 debe saber algunas más y si ya tiene 5 debe saber todas aquellas que son necesarias para iniciar de la mejor manera la educación primaria. Obviamente, esta hipótesis excluye la posibilidad de que niños que son diversos tienen tiempos de maduración que también lo son, que son distintos entre todos ellos aunque tengan la misma edad. Excluye que en un grupo asista un niño ciego, con dificultades motrices o con problemas psíquicos. Más simplemente, excluye que a un niño le guste más moverse, cantar o iluminar y a otro le gusta dibujar, participar en juegos de precisión y ordenar los libros. ¿Resulta entonces que si dos niños son distintos entre sí, uno debe ser considerado correcto y por lo tanto valorado positivamente y el otro fuera de la norma y por lo tanto valorado negativamente?

 

El niño con alguna discapacidad podrá ingresar en una escuela así, pero sólo como huésped, recibido tal vez con afecto y tolerancia, pero no como una persona que reivindica su derecho a la diversidad y la pone frente al grupo como valor y como garantía de la diversidad de cada uno.

 

La precaución más importante que debe asumir una educadora o un educador, especialmente quienes trabajan con niños de esta edad, es prohibirse la construcción de un “modelo de normalidad”, para comprometerse, por el contrario, con el valor de la diversidad y ayudar a los niños y a los padres a compartir este concepto fundamental de la educación y de la democracia.

[1] Para revisar una crítica a este tipo de objetivos y prácticas véase: Tonucci, Francesco. “La verdadera reforma empieza a los tres años”, en La reforma de la escuela infanti,.México: SEP, Cuadernos. Biblioteca para la Actualización del Maestro, 2002.

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