¿Qué es una educación de calidad?

[1] Publicado en PRAXIS EDUCATIVA Vol. XVII, Nº 1, pp. 24-27 pp. 22-32 Facultad de Ciencias Humanas UNLPam Enero – Junio 2013 http://www.fchst.unlpam.edu.ar/ojs/index.php/praxis/

Ovide MENIN

(*) Dr. en Psicología. Universidad Nacio­nal del Litoral. Psicólogo (UNL).Rector de la Universidad de Rosario. Profesor Regular e Investigador categoría I, de la Universidad de Rosario. Dr. Honoris Cau­sa de la Universidad Nacional de Rosa­rio (2002). Italia 982 7° Piso (2000) Rosario ovide_menin@yahoo.com.ar

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Resumen

Cada vez que se habla de una educación de calidad, buena o mala, se generan con­frontaciones porque cada cual expresa lo que se le ocurre, cargado de ideología y por ende de subjetividad. Depende de la circunstancia en la que se nos hace la pre­gunta, también depende de los paráme­tros y los paradigmas a los que adhiere el evaluador. En el trabajo se plantea que la calidad de la educación pasa por el ta­miz de tres grandes paradigmas: la nece­sidad de leer; la pasión que pone el do­cente, demostrando que cree que su rol lo desempeña con convicciones profundas y cumplir con tres cuestiones elementales: planificar la clase, desarrollarla y autoeva­luarla. Esta tarea requiere de la capacidad de enmienda, reflexión y estudio y que los docentes se atrevan a crear formas de tra­bajo poniéndose en el lugar del otro.

 Palabras clave: calidad, evaluación, ense­ñanza, reflexión.

 

Cada vez que se habla de una educación de calidad, buena o mala, se arma un verdadero embrollo, porque cada cual ex­presa lo que se le ocurre, cargado de ideología y por ende de sub­jetividad. Casi siempre se responde a pura emoción, por decirlo de algún modo. Depende de la circunstancia en la que se nos hace la pregunta. No obstante eso, también depende de los parámetros y los paradigmas a los que adhiere el evaluador, generalmente ex­terno a la institución educativa. Los padres, los alumnos mismos, suelen repetir lo que alguno de los llamados expertos o especialis­tas en el tema, han instalado a través de sesudas elucubraciones o bien, según lo que ha escrito en algunos de sus libros. El concep­to fundamental, cuasi eterno, de las dos categoría: bueno o malo; aceptable o inaceptable, sigue preocupándonos a unos y a otros. Ciertos periodistas, amantes del “inductivismo”, inducen –valga la redundancia– al docente o bien al público lector, a opinar “sobre un cuánto hay” sobre el particular. Lo digo porque me ha ocurrido también a mí, como a cualquiera otro; que esa interrogación que se nos hace “a boca de jarro” reciba una respuesta repentina, con lo cual suelen meternos en el embrollo al que hago referencia y sea tomada como palabra experta, cuando no siempre lo es.

Cuando me refiero al parámetro en el cual el docente de cualquier estatus o categoría, se ins­tala para evaluar su propio quehacer, o bien al de otro colega, dentro de ese mundo complejo que constituye una institución educativa, termi­na casi siempre adjudicándole o adjudicándose a si mismo, un valor numérico. Me refiero a ese conjunto de variables que dentro de un sistema en acción y por ende en transformación periódica, sirve para adjudicar dicho puntaje; casi siempre de 1 a 10. Otras veces de 1 a 100.

Porque seamos sinceros ¿Acaso no es eso lo que hace la educación, cualquiera sea el nivel del complejo sistema educativo, al que incluyo los tradicionalmente llamados “Institutos de Nivel Terciario”; incorporando también, por supuesto, las Universidades en dicho nivel?

Casi siempre adjudicamos un número; pocas veces un concepto relativo: malo, regular, bueno, muy bueno, excelente y hasta laudatorio, que expre­samos con un latinismo tal como: “cum laude”.

En cuanto al paradigma, que no aspira a asig­nar números, sino cualidades ejemplares, o como dicen autores tales como Thomas Kuhn, autor de aquel libro tan usado por muchos de nosotros, que tituló “La estructura de la revolución cientí­fica”, donde dice que el paradigma es el “conjunto de prácticas que definen una disciplina científica durante un período específico de tiempo.” (Cáp­tese el relativismo histórico que, tal vez a su pesar, instala en esa frase). Todavía mas: “considero – dice – a los paradigmas como realizaciones cien­tíficas, universalmente reconocidas, que durante cierto tiempo, proporcionan modelos de proble­mas y soluciones a una comunidad científica.”

Ahora bien, la Pedagogía y su aspecto prác­tico, instrumental, cual es la Didáctica, así sea una ciencia o un arte, como se preguntaba Ricar­do Nasif, se preocupa desde hace tiempo por los resultados finales de la enseñanza y los maneja a través de las dos categorías señaladas: bueno/malo; positivo/negativo; aceptable/inaceptable. Yo quiero reivindicar a mis viejas maestras de grado, tranquilas, culonas, que positivistas o no, tal vez sin saberlo, nos contenían, nos amaban y también ponían límites y hasta nos tiraban sua­vemente de la oreja. Ahora eso generaría todo un pleito de nunca acabar porque, como lo ven­go repitiendo desde hace años, el niño o la niña, son intocables. Pero ellos bien que nos tocan y nos insultan y se enojan con madre y todo; por­que a fuer de ser sincero, las antiguas reglas de respeto mutuo han cambiado o ya no se aplican. Esto también tiene que ver con la educación y la enseñanza cotidiana, que se practica dentro y fuera del aula. La calidad de la educación tam­bién tiene que ver con el clima que se respira, adentro y afuera, por círculos concéntricos, que se van ampliando o achicando de acuerdo a las circunstancias momentáneas, políticas, cultura­les y hasta personales.

Pero este no es el tema central de la cuestión que como aporte, si bien escueto, quiero hacer a la Revista PRAXIS. Empecé diciendo que con referencia a la calidad de la educación, buena o mala, por reducirla a las dos categorías clásicas, no hay coincidencias. Cada cual se apoya en con­ceptos diferentes y hasta preconceptos. Porque ¿cuándo es buena y cuando es mala la calidad de la enseñanza que se imparte, cualquiera sea la institución educativa, estatal o privada, donde se enseña? Si señores y señoras, donde todavía se “enseña” entre comillas, pese a lo que digan ciertos políticos o especialistas de la educación contemporánea, liberal o neo liberal, cuando lo cierto es que el positivismo ha vuelto a casa de la mano de la computadora, internet, el chat y la reverenda parafernalia tecnológica que tan exce­lentemente manejan nuestros niños y nuestros adolescentes y tan limitadamente y en algunos casos deficitariamente, muchos de nosotros. Tan­to para evaluar cuanto para calificar o clasificar­nos, porque todavía quedan quienes, consciente o inconscientemente, nos “clasifican” a lo Caro­lus Linnaeus (Linneo), dentro de una escala de valores dados, donde el número se nos cuela sin miramientos. Si no, preguntémonos ¿cuánto de subjetivo aplicamos en la apreciación de un exa­men que rinde un alumno, sea niño, adolescente o adulto, a la hora de evaluarlo?

Para terminar con estas cavilaciones, quiero decirles que la calidad de la educación pasa por el tamiz de tres grandes paradigmas:

  1. Primero que nada, leer. Me refiero a la nece­sidad de leer las últimas publicaciones para descubrir los avances y transformaciones de la materia que enseñamos, para lo cual la tec­nología actual constituye un recurso noble para estar al día con las publicaciones mas re­cientes. Para ello no hay que tener vergüenza de leer resúmenes o introducciones. También esquemas, para completarlos después con una lectura detenida, reflexiva, con cierta tran­quilidad, mandando a los chicos y al marido o la mujer a otro lado, para pensar con tran­ quilidad. De lo contrario la docencia pierde sentido. Porque, si no disponemos de plata para comprar libros o una computadora, están las bibliotecas, a las que hay que devolverle el significado de su valor.
  2. La calidad, la buena calidad de la educación, tanto como de la enseñanza, pasa con mucho, por la pasión que pone el docente, demostran­do que cree que su rol lo desempeña con con­vicciones profundas, por su estilo y su pres­tancia; por la seguridad y la capacidad para decir “no se”, “pero mañana (u otro día) le traigo la repuesta”. Ante confesión tan sincera, los jóvenes y los chicos son más rápidos que nosotros en la búsqueda. Basta con apoyarlos en dicha búsqueda de información, estarles cerca y a disposición, sin sobreprotegerlos. El problema ético, en estos casos, cobra un particular significado, por múltiples razones largo de explicar.
  3. Por último y para no abusar de la paciencia del lector, decirles que durante mis largos años destinados a la enseñanza, he procu­rado siempre cumplir con tres cuestiones elementales: planificar la clase, desarrollar­la y autoevaluarla. En cuanto a la primera recomendación (Planificar) no es necesario hacerlo por escrito; a cierta altura de nuestra vida docente basta con recuperar el viejo es­quema positivista de: principio, medio y fin de la lección, como se decía hace años. Es el gran aporte que nos dejó aquella teoría; todavía ahora la usa­mos sin confesarlo. Vean, si no, lo que ocurre en los con­cursos universitarios: en 45 minutos o 60. Los aspirantes al cargo tienen que desarro­llar el tema sorteado, para fe­licidad o desgracia personal, en función de un supuesto saber acumulado, mediante actualización permanente, sujetos al Reglamento de Concurso. En cuanto al de­sarrollo del tema, que a veces necesita más de una jornada, porque depende de los avan­ces y descubrimientos que ha cobrado en los últimos tiem­pos el desarrollo de la ciencia o el arte que se enseña, me permito aconsejar que no estén como momias, aplastados en la silla, pero respeten el tiempo asignado. Que usen la pizarra o el “power-point”, sin abusar de él, transformándolo en lo más importante de la clase. Cierto histrionismo hace placentera la exposición, sin caer en la mueca o el sarcas­mo. Por último, la evaluación. No se trata de sucumbir a la exigencia formal de adjudicar una nota o puntaje; no. Se trata de estar, no solamente atento al recurso mecánico em­pleado, la inteligencia, la capacidad retentiva o la creatividad del alumno para enriquecer lo aprehendido, en el libro o en otro medio; sino de estar atento a las posibilidades materiales, reales, de recreación del texto que ponen de manifiesto alumnos y docentes. Sí, todos a una, como en Fuenteovejuna.

Entonces, pese a la variedad de recursos, histriónicos, técnicos, vocales, etcétera, la clase puede resultar buena, según la jerga en boga, o regular, o mala. No hay que preocuparse por el resultado final si se tiene capacidad de enmienda, reflexión y estudio. Una clase calificada de mala, puede generar fastidio, rechazo, crítica, pero ani­ma a la autocrítica, personal y/o colectiva, a des­pecho de la soberbia de algunos docentes.

Por último diré que dos términos de origen economicistas, se han instalado en el campo edu­cativo actual, con mayor o menor fortuna. Se tra­ta de los conceptos de eficiencia y eficacia. Muchos especialistas en didáctica, que como dije antes, sigue siendo, a mi juicio, la parte instru­mental por antonomasia del quehacer educativo, destinado a lograr verdaderos cambios concep­tuales, que cada docente emplea desde su propia concepción filosófica ante la vida y la profesión que ejerce. Ahora bien; ¿qué se entiende por efi­cacia? Al decir del especialista español R.Dieguez Beltrán, “La eficacia forma parte del vocabulario de la evaluación y se relaciona estrechamente con la programación. Cuando lo evaluado coincide con lo programado, el nivel de eficacia es máxi­mo.” Mientras que para José Luis Castillejo Brull, también español, hay que distinguir entre estu­dios de eficiencia educativa a nivel macroscópico y los realizados a nivel microscópico, que por lo demás son pocos. Por lo tanto para este especia­lista “La eficiencia es la capacidad de producir el máximo de resultados con el mínimo de esfuerzo; es una relación entre el valor de la producción y el coste de la misma”. La eficacia está pegada a la didáctica; para los que somos un poco antiguos, nos vale el método de trabajo y enseñanza. Por­que como decíamos ayer, este método es eficaz para que un niño aprenda a leer, sumar y restar; contar y decir, respetando concordancia, sintaxis y todo lo que viene por añadidura. Declaro, eso si, que estas dos categorías de análisis, no me se­ducen, pero han vuelto a casa de la mano de la tecnología, si no me equivoco.

Por fin quiero cerrar mi escrito diciendo que, tal como decía mi padre, “la libertad es libre”; por lo tanto aconsejo que cada docente se atreva, aún con su propia carga subjetiva, a crear nuevas for­mas de ponderación, entre lo aceptable y lo no aceptable; o bien, entre lo malo, lo regular, lo muy bueno y lo excelente; pero siempre poniéndose en el lugar del otro, del docente y del alumno, tanto como a esos raros especímenes que pue­blan la fauna educativa de los últimos tiempos, tan llenos de conocimientos teóricos, como ca­rentes de práctica cotidiana; tanto docente cuan­to profesional.

Bibliografía

Castillejo, J. L. (1976). Nuevas Perspectivas en las Ciencias de la Educación. Valencia, Editorial Anaya.

Kuhn, T.S. (1971) [1962]. La estructura de las revoluciones científicas. México D.F., Fondo de Cultura Económica.

Menin, O. (1995). Psicología y didáctica: bases para una di­dáctica minimalista. Rosario, Homo Sapiens Ediciones.

 

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