El trabajo colegiado en las escuelas de educación básica. Una aproximación desde la perspectiva de la gestión y la formación continua de los docentes

Publicado en la revista EDUCARE. Revista para los Maestros de México. Año 1. Nº 2 Agosto 2005

Aymer Darinel León Mollinedo. Licenciado en Pedagogía. Integrante del equipo técnico de la Unidad Estatal de Actualización y Capacitación de Maestros de Educación Básica en Servicio – Chiapas.

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Hoy en día resulta un lugar común, para quienes laboramos como docentes, hablar de trabajo colegiado. Esto no es gratuito, ya que una de las principales tendencias formativas contemporáneas —en diversas disciplinas y campos educativos—, tiene que ver con la asunción del trabajo colectivo y autogestivo como principal medio y recurso para satisfacer las necesidades educativas de las instituciones y, en este sentido, promoverlo como vía estratégica

para que el magisterio pueda acceder a acciones de formación continua desde su propio centro de trabajo: la escuela.

 

Hace ya un buen número de años, Carolina Pérez nos señalaba en Operatividad de la Didáctica (una propuesta de metodología para la didáctica crítica), que […] el trabajo aislado de un maestro se desarrolla en una triste perspectiva. Aunque sus iniciativas sean extraordinarias no

dejan de ser la visión límite de un individuo y remataba señalando: […] dentro de nuestras escuelas debemos formar equipos de trabajo entre los maestros, para confrontar puntos de vista, enriquecer nuestras estrategias de enseñanza y orientar todos los esfuerzos en un proyecto común de formación del alumno.[1]

 

Por ello, resulta importante promover situaciones de análisis entre los maestros que permitan replantear diversas preguntas:

 

¿Cuál es el verdadero sentido y propósito del trabajo colegiado?

¿Qué puede aportar este trabajo para el desarrollo profesional docente?

¿Cómo emprender esta importante tarea sin repetir los viejos vicios del sistema educativo mexicano, llámense estos simulación, burocratismo, apatía o resistencia dogmática?

 

Patologías todas muy arraigadas en una gran cantidad de zonas y centros escolares en nuestro país. Como punto de partida es indispensable concebir que el trabajo colegiado es una necesidad y un derecho de todos los maestros, para alentar su propio desarrollo profesional desde su escuela, procurando instalar en esta tarea, el análisis de la política educativa que orienta a la institución, como parte sustancial de las políticas públicas del estado y que conciernen obligatoriamente a todos los ciudadanos, especialmente a los involucrados en el sector educativo.

 

Propongo que en el trabajo colegiado los maestros encontremos, analicemos y discutamos los problemas, carencias y desafíos del centro de trabajo, así como encontremos opciones y alternativas que el colegiado pueda implementar para resolver o disminuir las situaciones desfavorables. Se trata de apostarle a la premisa de la colegialidad como un rasgo fundamental e inherente a toda profesión que, llevada en forma responsable y sistemática, configura un proceso paulatino de transformación de la identidad, de la capacidad y del desarrollo profesional; como un proceso que se nutre de su propia práctica, reflexionada e interrogada en un colectivo que no es ajeno a la cotidianidad laboral.

 

Para llegar a esos objetivos es necesario superar esencialmente dos visiones —muy parciales—, que llevadas al extremo conducen a una interpretación equívoca del desarrollo profesional. Una, que tiene que ver con la meritocracia y los cómplices inmediatos: una buena cantidad de opciones de posgrado (maestrías, especialidades y diplomados) que, con honrosas y escasas excepciones, resultan ser propuestas de formación impropias, descontextualizadas y casi nunca evaluadas en su operatividad.

 

Programas que son impulsados por conveniencias e intereses particulares que lucran, a mayor o menor escala, con las necesidades docentes. De esta visión se deriva la tendencia, cada vez más generalizada, a creer que la superación profesional del docente en servicio, consiste únicamente en obtener nuevos grados académicos, sin importar su efectividad e impacto en las aulas.

 

Por eso, es importante que todos los actores y programas institucionales que realizan acciones de actualización y superación profesional comprendan que la formación continua profesional debe tener conexión con la atención e intervención del docente en los problemas reales de las escuelas.

 

A la otra visión se le puede llamar sacralización o hiperlegitimación de la capacitación, que introduce la equivocada idea de que el sujeto que lleva más cursos externos es el más capacitado

y actualizado, lo cual —sin soslayar la importancia de esa preparación—, no garantiza ni sustenta puntualmente el mejoramiento de las competencias y habilidades docentes en el aula. Ello, debido a que este tipo de opciones son en su mayor parte homogéneamente concebidas y, al pretender atender a un gran número de profesores, no corresponden a la diversidad de necesidades formativas que enfrenta el magisterio, ya que éste atiende diferentes niveles y modalidades educativas, en diferentes contextos sociales.

 

En ambas visiones, la formación profesional se sitúa fuera de la escuela, donde los docentes desarrollan o adquieren una formación conceptual y metodológica, que no se encuentra lo suficientemente imbricada y comprometida con la práctica real y, en consecuencia, no aterriza

en la atención efectiva a las problemáticas de aprendizaje de sus alumnos y en la organización escolar de su institución.

 

Ante la dicotomía de formación docente, fuera o adentro de la escuela, compartimos la tesis de Guiomar Namo de Mello: […] adoptar a la escuela como unidad de capacitación, en el marco de un enfoque ‘transdisciplinario’ que le permita al equipo docente trabajar en cuanto tal, así como aprender contenidos diferenciados dentro de un cuerpo prioritario de contenidos generales y básicos, sería una experiencia en la que valdría la pena invertir apoyo técnico y financiero.[2]

 

Por lo anterior el trabajo colegiado — en serio— no puede ser una reunión más de carácter administrativo ni tampoco un escenario de lucha política, academicista o ideológica. El trabajo colegiado debe ser un espacio especial de indagación, investigación y acción pedagógica que potencie la necesidad de formación interdisciplinaria entre los maestros, con posibilidades que

vayan desde la búsqueda de bibliografía actualizada hasta la intervención de agentes externos, asesores o especialistas en alguna temática educativa.

 

El trabajo colegiado exige incrementar —verdaderamente— el trabajo en equipo, no sólo con sentido de colectividad, sino hay que agregar el de unidad y equidad en el proceso de acción, con compromiso y responsabilidad de todos, para el logro de objetivos también compartidos.

 

No se trata de propiciar la discusión académica sin rumbo ni estrategia, ya que así es como en muchos casos el trabajo colegiado cae en disertación, exposición catedrática y en debates teóricos que sirven solamente para proyectar alardes de conocimiento, desviando el sentido del colegiado: explorar el uso de la razón y los sentimientos que embargan a cada sujeto, mismo que posee cierto cúmulo de capacidades muchas veces ignorada y fuertes necesidades de expresión con respecto a su modo de hacer, de concebir la tarea y la problemática educativa.

 

El hecho de que cada sujeto encuentre en el trabajo colegiado la posibilidad de expresar libremente su opinión y aporte un grano de reflexión y de proposición, es vital para encauzar al colegiado en el rumbo deseado de la profesionalización desde el área de trabajo.

 

Se trata, en última instancia, de que el trabajo colegiado sea un rasgo real y edificante en el perfil profesional de cada docente. Que lo asuma, con todos los riesgos y desaciertos que implica, para romper la inercia del costumbrismo pedagógico y sus rituales. Que innovando, promuevan y desencadenen el deseo de cambio en el centro escolar. Sin embargo, hay que estar muy concientes, como lo reconoce Elliot, que […] el principal problema al cual se enfrenta cualquier innovación cultural desde adentro está constituido por la incapacidad de los promotores para liberarse de las creencias y valores fundamentales propios de la cultura que pretenden modificar[3].

 

Si se logra comprender la verdadera aspiración del trabajo colegiado, el centro escolar que la asuma y desarrolle, pasará necesariamente por un proceso de incertidumbre pedagógica endógena, ya que propiciará en muchos maestros plantearse la necesidad de ruptura con la rutina, para buscar otras formas y recursos distintos de enseñanza. El proceso catalizador puede impulsar a otros colegas a cambiar su modo de realizar la acción educativa y, por supuesto, se irían introduciendo pequeños o grandes cambios en el escenario de la cotidianidad escolar.

 

Sin embargo, a lo largo de la historia, la colectividad ha demostrado que el reunirse para pensar en cómo mejorar la situación del presente, es el signo inequívoco que anuncia la                   posibilidad de un benéfico cambio.

C O N T E X T O S

El hecho de que cada sujeto

encuentre en el trabajo

colegiado la posibilidad

de expresar libremente

su opinión y aporte un

grano de reflexión y de

proposición , es vital para

encauzar al colegiado en

el rumbo deseado de la

profesionalización desde el

área de trabajo

 

 

[2] Guiomar Namo de Mello, Nuevas propuestas para la gestión educativa, Biblioteca para la Actualización del Maestro, SEP, México, 2003.

 

[3] John Elliot, El problema de la teoría y la práctica,en “Antología Investigación de la práctica docente propia, tercer semestre” Licenciatura en Educación, plan 1994, Universidad Pedagógica Nacional, México, 1994.

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