La escuela que le cambió la vida a un pueblo

LA CAPITAL. Rosario 31 de Mayo de 2014
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La Vanguardia cuenta desde este año con su primera secundaria para adultos. Son 50 los nuevos alumnos, en una población de unos 450 habitantes.

Un perro se rasca en la puerta de la escuela primaria de La Vanguardia. Pasan segundos y aparecen tres o cuatro más moviendo la cola. Es la primera señal de que allí están sus dueños. Como son las siete de la tarde y la noche se acerca muy fría, la invitación a pasar no tarda. Adentro esperan 50 alumnos, jóvenes y adultos que cursan el secundario que abrió este año para una población de unos 450 habitantes, suficiente como para empezar a entender por qué esta escuela le cambió la vida al pueblo.

Hasta la llegada de esta Eempa (tal como se conoce por su sigla a la Escuela de Enseñanza Media para Adultos), en La Vanguardia las posibilidades para terminar el secundario eran mínimas, casi nulas. Porque aunque el pueblo está ubicado a unos 90 km al sur de Rosario está literalmente aislado. Sólo se llega por caminos de tierra y cuando el tiempo acompaña: si llueve son intransitables. No hay transporte público, se depende de movilidad propia o de un remís pago para moverse a otra localidad.

Fue luego de las firmas reunidas entre los vecinos para hacer escuchar esta necesidad, y de la buena mano que les dio la comuna que llegó la escuela. Después vino el acuerdo con los profesores, la directora de la primaria Marisa Marcocich —que comparte ahora el edificio con la Eempa—, con el actual director Raúl Suárez y con el Ministerio de Educación.

Compromiso. “Hay tanto compromiso para que esto funcione que si el camino está feo es el propio Juan Carlos el que trae y lleva a los profesores para que siempre haya clases”, cuenta un grupo de mujeres ahora alumnas de la Eempa. Y el Juan Carlos de quien hablan es Juan Carlos Divita, el presidente comunal.

En el patio cerrado de la escuela, con mesas dispuestas para el trabajo grupal, se organizan las clases. Es un gran curso de unos 50 alumnos. La matrícula es un poco mayor a ese número, pero ese es el promedio que más se aproxima a los presentes diarios. Muchos trabajan en el campo, en la cosecha, son camioneros, tienen oficios con los que van y vienen, comenta el director entre las razones y como una invitación a descubrir la historia de cada uno de sus alumnos.

Gonzalo Boelaert tiene 27 años y es muy desenvuelto. Es el primero en compartir qué lo hace aprender por las noches lengua, historia, biología. Dice que completar el secundario que dejó cuando estaba en tercer año es cumplir con algo que le quedó pendiente, además de progresar en el trabajo.

“Aquí hay muchos que trabajan en fábricas, en el campo, hay amas de casa. La mayoría de los varones van a la fábrica Randon Argentina, desde las siete y media de la mañana y hasta las cuatro y media de la tarde. Imaginate, tener aquí la escuela es una comodidad, está cerca, te sentís mejor, hay gente conocida”, ofrece Gonzalo entre los argumentos por los que volvió a estudiar.

Satisfacción. Desde la otra punta del gran salón, Stella Maris Camilletti (54 años) continúa el diálogo. Ella llegó hasta el 5º año, pero empezó a trabajar y no se graduó. Como hace muchos años de esto prefirió arrancar desde primero. Dice que se organiza para no faltar y que pensaba que no iba a poder acostumbrarse; sin embargo, se la ve muy feliz. “Es que tengo una ocupación y otra vez estoy con los libros”, discurre sobre su satisfacción.

Como en todo pueblo, las familias se encuentran en la misma cuadra, cruzando la calle y ahora también en un aula. Como María Esther Córdoba y su esposo, Eduardo Luis Ortega, y Rubén Diodati y Marcela Nannini. Llevan el compañerismo de las buenas parejas a clase: se cuidan, se apoyan mutuamente, se explican entre sí y hasta la tarea se convierte en un buen motivo de discusión que ayuda a romper rutinas.

“A mí siempre me gustó estudiar. Yo escribo, hago de todo. Pero me preguntaba «para qué estudiar a esta altura». ¿Cómo te puedo explicar? es a nivel emocional más que nada lo que hago ahora. Yo vivo muy encerrada en mi casa, no salgo. Ahora venimos los dos y esto es otra cosa, me siento bien”, aprecia María Esther, que a los 67 años volvió a renegar con la matemática. Pero el que no tiene problemas con los números es su esposo Eduardo, de 71. Mientras se acomoda su poncho negro de guardas blancas, desliza que es su materia preferida. Y reconoce que es la primera vez que empieza el secundario, algo que disfruta porque “la cabeza está en otra cosa”.

“¡Vamos Negro, hay que terminarlo!”, fue la invitación que escuchó Rubén de su esposa Marcela para ir juntos a la Eempa. Marcela no había podido cursarlo, pero siempre lo entendió necesario. Ahora es otra de las alumnas, otra a la que le cambió la vida. Después de la primaria Rubén empezó a trabajar, juntaba unos pesitos y se iba a los boliches. Estudió un curso en Rueda y ahora tiene la meta de este título. Es uno de los que, cuando es tiempo de cosecha, el día es sólo para el trabajo. Es entonces cuando la Eempa en lugar de cerrar puertas piensa sus clases con una mirada bien inclusiva.

Historias de exclusión. El director Raúl hace un paréntesis ineludible en la charla para recordar que la exclusión crece con historias como las de cada uno de sus alumnos, que no tuvieron una escuela a mano o debieron trabajar desde temprano. “Historias que no podemos dejar que se repitan”, sentencia entonces. El profesor de lengua y literatura Damián Sarro dice que eso explica también por qué a la par se proponen el desafío de transformar la didáctica para hacer cada clase distinta.

En esas deudas educativas se anota la biografía de Elsa Lombardi, a quien siempre le gustó estudiar y quiso hacer el secundario, pero en el campo no había posibilidades. Hace unos años tuvo una oportunidad en Coronel Bogado, a 10 km de La Vanguardia, pero primó el cuidado de su madre enferma. A los 59, la Eempa cerca de su casa le da ese derecho. “Me anoté y la verdad es que las horas se me pasan volando. Me encanta el grupo, todos somos compañeros y mi deseo es que todos lleguemos hasta el final”.

Primer acto patrio.”Uno va a hacer los mandados y se encuentra con los compañeros que van a comprar un mapa o comentan algo de las tareas. Se ha generado un clima hermoso. El otro día tuvimos el primer acto patrio y fue como volver a ser niños”, se suma Viviana Campolesi, de 50 años, que a la vez realiza un curso intensivo de psicología social. Confiesa que las ganas de estudiar le aparecieron por el trabajo, cuando quiso hacer una capacitación y se dio cuenta de que no tenía el título secundario.

Tortas fritas. ¿Y cómo es un día de clases? El director propone que hable el último abanderado. Es Hugo Castillo, el que mejor prepara las tortas fritas (y el yerno de María Esther y Eduardo). Relata entonces que arrancan a veces con lengua, a veces con matemática, según la materia que tengan ese día. Siempre es dialogando, con el profesor y en el grupo que cada uno tiene. Después hay un recreo que da lugar al mate, así hasta entradita la noche. Pero ningún día es igual.

De los profesores valora que sean buenos, alienten, expliquen, enseñen y den energías cuando las fuerzas decaen: “Nos respetamos, reímos en clase. La verdad es que no iba a venir porque al principio no entendía nada, pero con ellos me dan ganas”.

No es poco reír en clases para quien puede llegar a trabajar hasta doce horas diarias y cuando regresa a su casa lo hace sólo con “la mente del trabajo”. Hugo tiene dos hijos, la nena de 11 años es la que se encarga de acomodar su carpeta de clases. Está contento con esos nuevos hábitos, pero más por haber llevado por primera vez en su vida la bandera.

Isabel Séptimo tiene 70 años y cada tanto quiere expresar su alegría de ser parte de esa escuela. Miguel Capurro es otro de los alumnos, preocupado por el aislamiento que padece el pueblo donde vive. También está Patricia Marani, la portera de la primaria que muchos conocieron de alumnos y ahora como compañera de clases. Y Matías Lombardi, que compartirá que su única experiencia por el secundario “fueron tres meses furiosos por primer año”. El campo le gustaba más y lo que menos hacía era estudiar. Ahora, a los 33 años, sabe (aunque llegue tarde a clases) que la única manera que tenía para completar la escolaridad obligatoria es esta. Y por eso la abrazó.

Fueron muchos los que dieron la voz de alerta para que la Eempa se instalara como sede desde este año en el poblado. Desde Andrea Nannini, una joven que pudo terminar el secundario en una localidad cercana y advirtió de esta necesidad, hasta el presidente comunal. También Ana María Solá, una directora jubilada, y Mariela Tenaglia responsable de la Biblioteca Popular del Pueblo, que fue casa por casa juntando firmas. “Fue hace dos años, cuando nos llevamos una gran desilusión porque pensábamos que nos decían que sí en aquel momento, pero no fue así”, repasa la historia recorrida.

Visita clave. Según contaron unas y otros, cuando el café invitaba a una charla bien distendida, fue importante para la aprobación de la Eempa Nº 1.323 una visita que la ministra de Educación de Santa Fe, Claudia Balagué, hizo al pueblo a principios de este año, “donde pudo ver de qué se trataba este pedido”.
Las anécdotas e imágenes cotidianas van y vienen. Pero no se cansan de repetir que desde que llegó la escuela el pueblo es otro. La Biblioteca Popular se llenó de consultas y lectores. Los que estaban solos ahora se sienten acompañados; los que llegan cansados del trabajo, ahora descansan en el mate de un recreo y para los que todos los días sólo hablaban del tiempo ahora el “qué hay que hacer para la noche” se les mete en las charlas. Y hasta muchos, dirá una buena observadora, felizmente “se han olvidado de sus dolores”.

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