Los valores: una mirada desde la educación inicial

Eglis Ortega de Pérez José Sánchez Carreño
Universidad de Oriente
ORTEGA DE PEREZ, Eglis y SANCHEZ CARRENO, José. Los valores: una mirada desde la educaciòn inicial. Laurus. [online]. 2006, vol.12, no.21 [citado 24 Mayo 2014], p.
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Resumen
El propósito del presente artículo es analizar el rol que desempeña la escuela y la familia como agentes primarios para el cultivo de los valores, vitales en la formación de la persona y de especial relevancia para la sociedad y la vida en general, ya que es imposible vivir sin ellos. Los niños y las niñas reciben de manera permanente la influencia de quienes le rodean, influencia que está íntimamente asociada con los valores, ya que las personas con quienes se convive son un referente y un ejemplo durante toda la vida, más en la infancia, etapa en la que los aprendizajes se realizan, en mayor medida, por imitación. En este sentido se describen aquellos valores universalmente básicos como la tolerancia, la solidaridad y la justicia, cultivados y desarrollados desde la educación inicial, para la convivencia en paz.
Palabras clave: cultivo y desarrollo de valores, educación inicial.

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Introducción

La dinámica social actual surge y cambia con mucha rapidez, generando desajustes tanto en los sistemas de valores como en los comportamientos y formas de pensar de las personas. Los aportes del contexto, de los adultos y de la diversidad inciden en el crecimiento de los niños y niñas perfilando las manifestaciones personales y grupales, que, a la larga, se convierten en el sedimento para el desarrollo de los valores. De allí que es vital una educación que forme, y no sólo informe; que asuma tanto al niño como a la niña en su plenitud de persona, capaz de vivir en sociedad “defensores de sus derechos y cumplidores de sus deberes y obligaciones, muy conscientes de que sus derechos terminan donde comienzan los derechos de los demás” (Fe y Alegría, 1995: 1).

En este sentido, el ensayo que se presenta a continuación está referido al análisis de la escuela y la familia como entes primarios para el cultivo de los valores; de igual manera se describen algunos de los fundamentales que coadyuvan a la formación integral del individuo, desde la educación inicial. Al final se señalan algunas estrategias para desarrollar valores en la sociedad actual.

La escuela como espacio promotor de valores.

La educación en valores, a nuestro juicio, no es alcanzable sólo desde la institución escolar, ya que ésta requiere de la totalidad experiencial del alumnado y de su realidad socio-cultural, pues el niño y la niña cuando ingresan a la escuela traen consigo una serie de valores incorporados desde su contexto familiar y social. Por ello aunque el sistema escolar constituye un espacio indispensable para su desarrollo no lo es suficientemente. Ello implica la conjugación de esfuerzos que conlleven a la adquisición de valores que consolide el proceso de socialización, que desde el momento del nacimiento inician los seres humanos en una determinada sociedad.

Si desde el ámbito escolar y familiar desarrollamos el aprendizaje de valores, ya que éstos “en cuanto a creencias básicas que orientan la propia vida, no se heredan, se aprenden” (Ortega y otros, 1999: 57), es probable que se coadyuve al fortalecimiento de la socialización y a la formación de un ser más humano, más consciente de su realidad y de su relación con los demás.

Pero para ello es necesario, como lo acotan Garza y Patiño (2004: 42)

Hacer esfuerzos más sistemáticos para lograr efectivamente los objetivos de la educación en valores desarrollando en nosotros mismos la disposición para ser educadores y educandos al mismo tiempo, a través del cultivo de la autocrítica y procurando estar abiertos al cambio y la rectificación, puesto que una verdadera educación en valores sólo será posible en la medida en que tratemos de enmendar no sólo la actuación de los demás sino también la propia.

Puntualizar cuáles valores deben desarrollarse, principalmente en la educación inicial, hace necesario que nos detengamos en el tiempo y el espacio actual, pues los valores obedecen a contextos dinámicos, productos de la cultura a la cual pertenecemos, hecho que le confiere un carácter histórico y por lo tanto su materialización a través de diversas manifestaciones. Ellos marcan y delinean las actitudes y conductas que influyen directamente en el comportamiento, por lo que el ser humano no siempre mantiene los mismos valores para toda la vida, sino que, en atención a sus etapas evolutivas, los va cambiando hasta que concreta o construye su propia escala, la cual posteriormente le servirá para enfrentar las situaciones que le depare su devenir diario.

En los primeros años de vida es cuando la plataforma del conocimiento y las bases de las actitudes y los valores se van consolidando, es cuando se inicia tanto la construcción de las estructuras cognitivas y afectivas básicas, como los mecanismos de interacción con el entorno y con la sociedad, a la vez que se adquiere la noción de identidad y el desarrollo de la autoestima.

Visto así, consideramos a la educación inicial, como el escenario que, después de la familia, asume la responsabilidad de desarrollar el aprendizaje de conductas prosociales, entendidas éstas, según González y Padilla (2000: 65), como:

Aquel conjunto de acciones que realizan las personas intentando voluntariamente beneficiar a otros (por ejemplo, compartir, ayudar, consolar o proteger), potencia el que, a partir de los dos años la niña y el niño pueda discriminar las actitudes positivas y las negativas, presentando así conductas prosociales.

Deben, entonces, crearse las condiciones necesarias y adecuadas para promover estas conductas, las cuales permitirán que el alumnado responda a las exigencias que la sociedad en el que están insertos les demande.

Este planteamiento delega en el docente de este nivel educativo una gran responsabilidad y compromiso, ya que la enseñanza de los valores escapa de métodos o técnicas habituales aplicables a las áreas que conforman la estructura curricular, por cuanto éstos comportan ámbitos diferentes y por lo tanto exigen distintas actuaciones y metodologías ya que no son transferibles, sino que los adquirimos en diversas maneras.

La educación en valores demanda de un docente que acompañe la enseñanza con la experiencia; descubra y tome conciencia de sus propios valores para que pueda ser capaz de desarrollarlos en sus alumnos a través de la práctica diaria; internalice que el abordaje de una pedagogía de esta naturaleza debe ser necesariamente compartida con el entorno familiar y social del estudiante, y que su acción docente en el contexto axiológico esté orientada a la sustitución de la habitual transmisión de conocimientos y conceptos, característica propia de la educación tradicional, por experiencias reales de la vida cotidiana de los niños y niñas que permitan evidenciar conductas que resalten los valores, es decir ver con otra mirada la educación de los mismos.

La familia: escenario inicial para el cultivo de los valores

Si tomamos en cuenta que la familia constituye el más importante espacio de socialización del individuo, se considera entonces que es el primer escenario en la cual se establecen los vínculos de afectos y donde se inicia la consolidación de valores y normas. La función educativa que la familia cumple de manera innata en la formación del niño y la niña debe ser reconocida por el sistema escolar para que, de manera conjunta, se direccionen estrategias que promuevan el desarrollo de valores, partiendo de las experiencias que se van adquiriendo a través del contacto con el ambiente natural y social en el cual se desenvuelve el individuo.

Desde el ámbito familiar puede potenciarse un conjunto de valores que hagan posible, en los primeros años de vida, el desarrollo de actitudes más humanas tanto para con el ambiente como para la convivencia con los demás. En tal sentido, Casals y Defis (1999: 22) señalan que

Las influencias que se reciben de la familia son muy fuertes y nos marcan durante toda la vida. Por lo tanto, los valores que se viven en ella pueden condicionar nuestras decisiones posteriores, los hábitos, la manera de resolver los problemas, etc.

Los planteamientos anteriores reflejan la influencia que el contexto familiar tiene en la formación de valores en los seres humanos. Es éste un espacio educativo insustituible que la escuela debe aprovechar a través de una vinculación estrecha, que prevea una intervención compartida, basada en metas comunes y en el real conocimiento del potencial que ambas instituciones poseen.

Ello dimensiona el papel que la escuela debe cumplir. En primer lugar, asumir el rol mediador de la familia en el desarrollo de los valores en niños y niñas, lo que implica una adecuada preparación de la institución familiar para acometer este reto y, en segundo lugar, el diseño de acciones específicas que direccionen sus objetivos al logro de los mismos.

La familia como grupo social primario cultiva, desde el mismo momento del nacimiento del niño o niña, los valores que les son propios, abriéndoles el camino para su inserción posterior en otros escenarios socioculturales. Cada grupo determina sus valores, intereses, ideales, hábitos, forma de vida y sistema relacional con los congéneres de su entorno. Estas características, que diferencian a una familia de otra, deben ser tomadas en cuenta por la institución escolar para responder de manera acertada a tan heterogéneas estructuras sociales.

Se hace necesario entonces que ambas instituciones reconozcan el aporte que cada una puede dar para favorecer el desarrollo de valores que respondan a las exigencias de la sociedad actual. Al respecto, Casals y Defis (1999: 23) afirman que:

Entre estas dos instituciones es necesario una comunicación y relación intensa para que haya un conocimiento mutuo del trabajo que se realiza en una y otra y, de esta forma, se dé una coherencia en la forma de educar al sujeto.

Por otro lado, debe entenderse que todas las experiencias suscitadas en el hogar y en el ambiente escolar constituyen insumos básicos que inciden en la formación integral del individuo.

Estos señalamientos denotan la importancia de la interrelación que debe existir entre el núcleo familiar y el contexto escolar, pues la conjunción de sus esfuerzos viabilizará un marco referencial positivo para el abordaje de acciones que apunten hacia el desarrollo de valores. Es desde esta perspectiva como, a nuestro juicio, se pueden cultivar, a partir de la infancia, valores básicos para la vida y para la convivencia orientados hacia la construcción de una identidad propia que repercuta en la elaboración de proyectos de vida auténticos.

Algunos valores básicos

Educar a una persona implica la atención de todos los rasgos que la caracterizan, razón por la cual los valores son competencias del quehacer educativo, hecho que apunta a la concreción de una pedagogía concebida bajo parámetros de tolerancia y respeto mutuo.

El sistema de valores que debe ser desarrollado, en determinado grupo social, a través del currículo escolar, supone una relación armónica y consensuada con toda la comunidad educativa, ya que éste a juicio de Lucini, (2000: 48):

… se integra, siempre, y muy especialmente, a través del clima relacional y de convivencia en el que se vive y en el que se desarrolla la experiencia y la personalidad del niño, de la niña, y es por ello que esos valores siempre han de empapar esa vida y esa experiencia, tanto en lo que concierne a las actitudes, como en lo que atañe a las normas que puedan orientar y regir la convivencia.

Estos planteamientos hacen necesario resaltar que así como cada individuo va construyendo su propia escala, de acuerdo con su realidad vivencial, también debe reseñarse que cada grupo social y cultural posee la suya, lo que comporta la presencia de unos valores colectivos que los diferencia entre sí y los cuales debe aprender a respetar para garantizar una convivencia pacífica. A tal efecto Duplá (2003: 244-255), señala: “Los valores regulan nuestra relación con nosotros mismos, con los demás y con la naturaleza” “… Inculcarlos es hacer honor al instinto de supervivencia social”. Por lo tanto, el sistema educativo tiene el serio compromiso de incorporar el desarrollo de los valores como una necesidad ineludible para la formación integral de los niños y niñas que en él ingresan.

Son muchos los valores que a través del proceso educativo pueden abordarse, obedeciendo siempre al contexto que caracterice la institución escolar; sin embargo, consideramos pertinente el cultivo y desarrollo desde el nivel inicial de aquellos que universalmente son considerados básicos para una convivencia en paz. Son estos: tolerancia, solidaridad y justicia.

Educar en y para la tolerancia supone la necesidad de asumir la relación entre individuos y contextos culturales distintos, como un requerimiento apremiante para convivir bajo una plena aceptación y respeto mutuo. Para ello debe generarse, desde los espacios iniciales de socialización, un clima donde prevalezca el diálogo como recurso fundamental de comunicación, el respeto por las ideas, opiniones y formas de vida de las personas que nos rodean, la reflexión de los actos que cotidianamente se ejecutan, la cooperación como vínculo de apoyo y acercamiento entre los sujetos, y la asunción de actitudes que evidencien actos de tolerancia.

La tolerancia como valor debe ser fomentada desde las instancias educativas, pues a decir de Puig (1995: 75), implica: “… construir y asegurar la identidad personal y la integración social en medios socioculturales que no son uniformes”.

En tal sentido, se requiere crear espacios significativos que factibilicen relaciones de convivencia entre los niños y las niñas y que estén signadas por el respeto a las diferencias individuales, tal como lo señala Pérez Serrano (1997: 54):

La tolerancia no es un fruto espontáneo del comportamiento humano; se va consiguiendo poco a poco, con el esfuerzo y trabajo que tiene lugar en el desarrollo de la propia personalidad. Hay que tener en cuenta que no nacemos tolerantes. La tolerancia es fruto del aprendizaje artesanal que vamos realizando en las relaciones de convivencia con los demás.

Desde esta perspectiva, se requiere de una nueva forma de comunicarse, lo que implica cambios significativos en el comportamiento de los docentes, pues “UNO ENSEÑA LO QUE ES” (Pérez Esclarín, 2003: 15). Se resalta de esta manera la importancia del docente en la consolidación de los valores y ello sólo será posible si sus actos son coherentes con lo que dice; es decir: “sembrar en la práctica los valores que pretendemos cosechar” (Pérez Esclarín, 2003: 16).

Una educación en y para la tolerancia debe contemplar el respeto a las diferencias individuales, al derecho de poseer y expresar creencias y religiones distintas; es decir el respeto a la diversidad cultural que coexiste en determinado hábitat.

La solidaridad constituye otro de los valores que en los centros educativos debe cultivarse. Esta se hace día a día más perentoria, dado los graves problemas sociales que a nivel planetario nos amenazan. Su razón fundamental radica en que cada individuo tome conciencia de que vive en un contexto compartido y, por lo tanto, cualquier acción individual tiene una incidencia colectiva.

“La solidaridad implica adherirse a la causa o a la empresa de otros. Es la relación entre personas o grupos sociales que participan con el mismo interés en una empresa común”. (Pérez Serrano. 1997: 133). Por ello, el ámbito escolar no debe dejar de lado el desarrollo de actividades positivas hacia la participación social y hacia el desarrollo de una conciencia moral, elementos esenciales para la formación de ciudadanos, cuyas acciones solidarias sean producto de un proceso previo de autocomprensión de sí mismos que les permita definirse como seres realmente solidarios.

El trabajo pedagógico que corresponde desarrollar desde las aulas en los primeros años de vida, para la siembra y cultivo del valor de la solidaridad, debe derivar de una labor sistemática que conlleve a que los estudiantes interioricen y hagan suyo éste y otros valores. Por supuesto, sin desligar esta labor del medio físico-social donde se desenvuelven, pues ello los descontextualizaría de su mundo real descartando de esta manera aportes relevantes que el medio circundante ofrece.

Para ello, la generación de un clima de confianza y respeto mutuo entre los docentes y alumnos es vital, y puede lograrse a través del diálogo abierto y de un proceso de comunicación amplio que garantice espacios para la reflexión.

A la luz de estos planteamientos, resalta lo afirmado por Báxter Pérez (2003: 11):

Los valores se configuran mediante la experiencia de la persona concreta que está en formación y desarrollo, lo que está determinado por el sistema de relaciones que establece con sus coetáneos, su familia, el medio que lo rodea y por la naturaleza de las actividades que realice y el protagonismo que desempeñe en éstas.

La institución escolar y muy especialmente los docentes tenemos la más alta responsabilidad social de potenciar e integrar el valor de la solidaridad en los procesos de aprendizaje, entendida ésta como la definen Ortega y otros, (1999: 101).

La interdependencia entre todos los hombres y los pueblos, donde lo que sucede a cualquier persona o comunidad no nos puede hacer ajeno o indiferente; el reconocimiento de la dignidad de persona de cualquier hombre, de todo hombre nos la reclama.

En este contexto, surge la inminente necesidad de preparar un amplio espacio para la acción educativa, destinado a que los estudiantes tomen conciencia de la problemática que a nivel planetario afecta a los seres humanos, lo que amerita del consenso y de la cooperación de todos para enfrentar o intentar solucionar tal realidad.

La justicia, como elemento axiológico a potenciar desde el escenario educativo, implica, a su vez, otros valores como la libertad, la igualdad y la solidaridad. Todos estos consolidan, fortalecen y “le dan una mayor identificación conceptual” (Ortega y otros, 1999: 126) a lo que se debe considerar un comportamiento justo.

En el marco escolar es esencial despertar y generar la sensibilidad de los alumnos y alumnas que los conlleve a un mayor compromiso personal para asumir comportamientos justos; de esta manera se supera una educación que sólo enfatiza la justicia como concepto o como un simple descubrimiento, para pasar al plano de la experiencia y de la práctica en el acontecer cotidiano; ya que consideramos que el valor de la justicia se adquiere de modo activo, es decir, practicándola. Aristóteles, en su obra Moral a Nicómaco, concibe la justicia como la virtud más importante entre las demás, la “virtud completa”.

Estos planteamientos hacen de este valor uno de los más significativos que deben abordarse desde los espacios escolares, pues implica una relación de igualdad, de dar a cada quien lo que le corresponde o merece; la concurrencia de acciones educativas orientadas a este fin se hacen imperativas para construir una conciencia, en nuestros alumnos, que rechace las injusticias observables en su ámbito vivencial y que posibilite el análisis profundo de las causas que la producen y de las consecuencias que generan.
La justicia por ser un valor, sólo es imputable al ser humano y por ello nos inscribimos en el planteamiento de Scheler (1992), citado por Ramos (1997: 145)

Sólo el hombre es portador de valores, a diferencia de cualquier otro ser viviente del universo; así los valores tienen carácter cognoscitivo, son intemporales, dotados de jerarquización y por ser el hombre la medida de todas las cosas, todos los valores son suscriptibles de ser poseídos por él.

Es de suma importancia posibilitar en nuestros alumnos el conocimiento de la realidad en su totalidad, pues en ésta se observan experiencias vinculadas con la justicia tanto positivas como negativas. Ello permitiría la identificación de comportamientos de esta naturaleza que poco a poco harán posible la discriminación de aquellos que en su medio más cercano pudieran presentarse.

Para dar respuestas satisfactorias desde el sistema escolar al campo axiológico, se hace necesario la preparación o formación de individuos capaces de convivir bajo la premisa de que formamos parte de una sociedad plural, donde prevalecen valores compartidos, por lo que “son el respeto a unos derechos y a una actitud de diálogo”. (Cortina, 1994. citado por Ortega y otros, 1999: 128).

Algunas estrategias para el desarrollo de los valores

Para la labor pedagógica del docente, en el cultivo de los valores, se requiere de su influencia positiva en la formación de actitudes valorativas en los alumnos, obedeciendo siempre al sistema social en el que éstos se ubican; por lo tanto el trabajo del colectivo docente – familiar debe estar orientado a que los estudiantes, en su devenir cotidiano, se involucren de manera sistemática en situaciones concretas que denoten los valores que se quieren potenciar. Al respecto Báxter Pérez (2003: 96) plantea como premisa que “Mientras más elevada es la participación de un sujeto en el análisis y discusión del significado de conductas relacionadas con un valor, mayor será el efecto en la adquisición de éste”.

Es importante entonces promover en los alumnos, en los niños y en las niñas, a través de estrategias específicas y puntuales, la adquisición de conocimientos, actitudes y valores basados en su realidad histórico – social, que les permitirán participar como sujetos activos en el medio donde se desenvuelven.

Es válido resaltar que si bien es cierto que los problemas sociales no pueden resolverse sólo a través de la educación, ésta constituye un ámbito permanente que contribuye a la formación de actitudes positivas y favorables para una convivencia armónica y en paz. Por ello diversos autores, especialistas en el área (Ortega , Pérez Serrano, Casals y Defis) proponen estrategias aplicables al cultivo de los valores. Entre las más significativas resaltan las siguientes:

Clarificación de Valores, Resolución de Conflictos, La Negociación, Sistema de Meta/Deseo, Elaboración de Mapas Conceptuales, El Análisis de Valores, La Narración: cuentos, textos, Discusión de Dilemas Morales, Dinámica Relacional, Diálogos/Discusión a partir de textos, Trabajo Cooperativo, Incidente Crítico, Juegos Cooperativos, Imágenes Poéticas, Dramatización, Música en el Aula, Diagnóstico de la Tolerancia, Las Gafas de los Sentimientos, Análisis Crítico de la Realidad, Autorregulación de la Conducta, Comentario Crítico de Textos.

Cada una de estas estrategias apuntan al desarrollo de situaciones valorativas, ya sean de carácter general o específico, que sirven de soporte al docente para hacer más fácil y dinámica la compleja tarea de educar en y para los valores.

Referencias

1. Aristóteles. (1984). Moral a Nicómaco, 4ª Edición, Espasa. Madrid.

2. Báxter Pérez, E. (2003). Cuándo y Cómo Educar en Valores. Editorial Pueblo Educación. La Habana.

3. Casals, E. y Defis, O. (1999). Educación Infantil y Valores. Editorial Desclée. España.

4. Duplá, J. (2003). Primeras Jornadas de Educación en Valores. Experiencias Exitosas. Ediciones Paulinas. Caracas.

5. Fe y Alegría. (1995). Revista: Movimiento Pedagógico. Educación en Valores. Año III. Nº 6. Venezuela.

6. Garza, J. y Patiño, S. (2004). Educación en Valores. Editorial Trillas. México.

7. González, M. y Padilla, M. (2000). La Educación en Valores en la Educación Inicial. En: Valores y Temas Transversales en el Currículo. Editorial Graó. España.

8. Lucini, F. (2000): Temas Transversales y Educación en Valores. Grupo Anaya. Madrid.

9. Ortega, P. Minués, R. y Gil, R. (1999). Valores y Educación. Editorial Ariel. España.

10. Pérez Esclarín, A. (2003). La Educación en Valores: El Arte de Educar en Positivo. En: Primeras Jornadas de Educación en Valores. UCAB. Caracas.

11. Pérez Serrano, G. (1997). Cómo Educar para la Democracia. Editorial Popular, S.A. España.

12. Puig, J. (1995). La Construcción de la Personalidad Moral. Alertes. Barcelona.

13. Ramos, M. (1997). Programa para Educar en Valores. Universidad de Carabobo. Valencia.

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