Los ‘trinos’ de un profesor en el trapecio amazónico.

Por: SHEYLA ROJAS PINEDA
EL TIEMPO. Bogotá 19 de junio de 2014
º-º-º-º-º-º-º-º-º-º-º-º-º-º-º-º-º-º-º-º-º

En Puerto Nariño (Amazonas), donde no llega la prensa, maestro se convirtió en proveedor de lectura.

“El pesebre natural de Colombia” llaman los colonos e indígenas a Puerto Nariño, Amazonas, un municipio ubicado a solo 87 kilómetros de Leticia por vía fluvial, en el extremo suroccidental del trapecio amazónico.
Se dice que en el casco urbano residen aproximadamente 2.000 personas y en las comunidades circunvecinas (yaguas, ticunas, cocamas), otros 4.000, es decir que la población total está por el orden de los 6.000 habitantes.

Sus viviendas, de madera y pintadas de varios colores, parecen salidas de un cuento de hadas; además, cada una tiene en frente un pequeño jardín de plantas ornamentales que crecen al lado de las especies características de la selva.

Sus calles estrechas, conformadas por senderos peatonales, no se diseñaron para la circulación de vehículos o motocicletas. Incluso está prohibido este tipo de transporte: en este pueblo todos van de un lado a otro caminando, sin importar las distancias.

En Puerto Nariño está el hogar de Julio Ernesto Sangama*, un antioqueño que llegó hace cinco años como maestro de español y quien nunca, como dice, regresará a su tierra: su hogar ahora es la selva.

Este es el casco urbano de Puerto Nariño (Amazonas), donde se estima que viven unas 2.000 personas. La población rural se calcula en unos 4.000 miembros de las comunidades yaguas, ticunas y cocamas.

Él, como todos los días, cuando aún las penumbras acompañan la noche y duermen hasta los gallos de los vecinos, se levanta a las 3 de la madrugada. Luego, en compañía de su cuñado organiza las noticias y los complementos informáticos del único diario al que tiene acceso desde Leticia, EL TIEMPO.

Divide las páginas por temáticas de interés y apunta algunas notas y ‘clasificados’ locales. Después, redacta un pequeño informativo, que incluye un resumen de los principales acontecimientos del país y el mundo; y a las 4 a. m., cuando todo ya está listo, sale a las calles a disponer el contenido en siete puntos específicos: carteles de madera muy bien decorados que llaman la atención no solo de los lugareños, sino de los turistas que arriban hasta aquí para hospedarse y luego adentrarse en la espesa selva.

A donde no llega el diario

Todo empezó cuando fue trasladado a este paraje de la Amazonia colombiana para trabajar como maestro de español en el colegio del pueblo.

Una mañana se dirigió hacia una tienda para comprar, como era su costumbre, un tinto y el periódico del día. Cuál sería su sorpresa al preguntarle por el diario a Neftalí, el señor que atendía en la tienda: este se rio de tal manera que Julio Ernesto pensó que alguna palabra que había pronunciado generaba gracia en esta parte del país.

“Lean pues mijitos” es el comentario que les agrega este profesor de español a las publicaciones.

Enseguida supo que nunca, en la historia del municipio, el periódico había llegado hasta este destino, y mucho menos revistas y otras publicaciones especializadas.

Contrariado y bastante confundido por lo que acababa de descubrir, Julio Ernesto hizo “un estudio previo”, como él lo llama, y en seguida se ‘armó’ de contactos que en Leticia podrían ayudarle a guardar la prensa, así fuera la del día anterior, para poder compartirla con la comunidad.

7 informativos públicos

Posteriormente, en tiempos de elecciones llamó la atención insistentemente de uno de los candidatos a la alcaldía, hasta que le hizo prometer que, si ganaba, instalaría siete puntos informativos en zonas estratégicas del municipio.

Y contó con tal suerte que ese candidato resultó ser el alcalde actual, quien después de recibir por escrito la propuesta de este paisa de 48 años lo ayudó, en un primer momento, a ubicar siete trípodes que sostenían un pequeño tablero.

Así empezaron lo que él denomina los ‘trinos’, cuyo título va, desde ese entonces, acompañado por la frase “a leer, pues, mijitos”.

Más adelante y a causa de las lluvias torrenciales que caracterizan a este departamento, esos pequeños soportes fueron reemplazados por carteleras de madera, sostenidas por cimientos metálicos amarillos, toda una estructura protegida por un techo en palma.

Incluso, en estas se acomodaron animales como jaguares, guacamayas y serpientes talladas que embellecieron ese nuevo ‘tablero’ comunitario.

La iniciativa es de un hombre de 1,70 metros de estatura, bigote bien poblado, como buen antioqueño, y 15 escapularios que cuelgan de su cuello y que lo han protegido de cualquier tipo de “envidias” y de problemas.

De hecho, unos años atrás, en Antioquia, desde una moto le arrojaron un casco que cayó en uno de sus ‘benditos de madera’, sin hacerle otro daño que el de romper el cordón que sostenía las cuentas de la camándula y defendiéndolo de que cayera directamente sobre su pecho.

Gracias a donaciones

Hoy, Julio Ernesto, con decenas de proyectos para desarrollar, según dice, cuenta con una impresora y un computador que le obsequió el rector del colegio para el que labora.

Estas dos herramientas le han permitido sacar mayor cantidad de ‘trinos’ y también redactar el informativo que con ayuda de su cuñado reparte casa por casa en la zona urbana de Puerto Nariño.

También está organizando la emisora para el centro educativo, con el objetivo de que los “muchachos venzan la timidez y se expresen mejor en público”, cuenta.

“¿Los equipos? Todos han sido donados por personas de Leticia, después de insistir e insistir e insistir”.

Adicionalmente, dice, con el material histórico que tiene en casa, el periódico de varios años, va a donarlo al colegio para hacer una hemeroteca. “Así, los muchachos van a leer más –explica–. Hay lecturas que nunca pasan de moda; las colecciono y después de varios meses aún guardan datos interesantes, como el especial de Semana Santa o el que elaboraron por el fallecimiento del escritor Gabriel García Márquez”.

Con ayuda del rector, lideró el proyecto para formar la emisora escolar Gabriel García Márquez.

‘Pavor a la soledad’

Él no está solo, tiene un hijo de un año de edad y está casado con una mujer indígena que lo apoya con los ‘trinos’ cuando él tiene viajes a Leticia; además de un cuñado que le colabora en todas sus ideas. “Cuando llegué a Puerto Nariño, lo primero que hice fue conseguir esposa porque le tengo pavor a la soledad”.

Es consciente de que está en un universo de creencias y sabiduría ancestral indígena, de lo cual está orgulloso por tenerlo ya en su familia, pero resalta: “Soy un periodista empírico y soy profesor al mismo tiempo; estoy seguro de que leer es el futuro de este pueblo, y yo me empeño en insistir. Para eso soy bueno”.
* Nombre cambiado por petición del profesor.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: