Los horarios y los niños: ¿nos apoyamos en la confianza o nos apoyamos en las normas?

Antonio Esquivias. Coach emocional. Especialista Universitario en Orientación Psicológica Centrada en la Persona (UPCo
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Querría poner por escrito una observación y una reflexión que llevo tiempo haciendo y que me parece muy significativa.

La observación se refiere a los horarios de los niños. He visto y he vivido en ella sin darme cuenta de su trascendencia, que en la cultura española se cuidan mucho los horarios de los niños que vienen en lo cotidiano marcados por el horario del sueño y el horario de comidas. Estas son, a groso modo, desayuno, comida (de 13.00 a 14.00), merienda, que cae sobre las 17.00, cena sobre las 20.30 y entonces a la cama a dormir entre 9.30 a 10.00. Habría que añadir la siesta después de comer.

El horario es muy rígido durante el periodo lectivo de los colegios y se flexibiliza algo en verano o en vacaciones en general. Lo que veo es que los padres tienen fuertemente imbuido este sentido del horario y lo cuidan sobre todo temiendo el desajuste del niño cuando el horario no se cumple. Es decir el horario es seguido tanto por colegios como por familias.

Y en mi opinión también es común el temor a que el niño se desorganiza por sí mismo si no tiene normas firmes, el temor a que el niño es muy vago y otras diversas justificaciones de la rigidez que todas tienen en común, que es un temor (un miedo como emoción básica) y también una desconfianza en el niño por sí mismo: por sí mismo se desorganiza si no tiene las normas bien asentadas.

En los colegios se tiene la misma idea de horario y de ello se habla con los padres: que pongan horarios a los niños.

Yo recuerdo haber tenido una discusión con una profesora de mi hija pequeña, mientras esta acudía a la escuela infantil, porque le dije que estaba muy bien para el colegio, que no solo lo aprobaba sino que lo defendía como útil para mi hija, pero que el fin de semana no le iba a poner horarios.

En mi visión de ese modo se daba cuenta de que hay un tiempo para todo, un tiempo para trabajar y un tiempo para estar en casa o mejor vivir la propia vida personal, y que ambos tiempos no tienen que ser iguales. Que ella (la profe) organiza el tiempo de la escuela y yo el de la casa de la niña. A la profesora no le gustó nada esta postura mía y trató de todas las maneras que en el fin de semana le pusiese horarios a la niña, y por lo tanto también normas.

En otras culturas no hay horarios de los niños, sino que se actúa según el niño lo necesita y lo pide, es decir, si tiene sueño duerme, y si tiene hambre se le da de comer (siguiendo los 2 mismos ejes que organizan el horario, que se corresponden con dos necesidades básicas: comer y dormir), si no tiene hambre desde luego no se le da comer porque haya llegado la “hora de comer” y si no tiene sueño no se le acuesta (y desde luego mucho menos solo y diciéndole que “tiene que” dormir).

A mí me ha costado el ajuste cuando he estado en contacto con culturas diferentes a las mías y no entendía que llegara la hora de la cena y nadie se movilizase para prepararla, porque yo creo que ya estoy fuertemente condicionado como el perro de Pavlov, llega la hora prevista en mi aprendizaje para comer y empiezo a segregar jugos gástricos.

En este segundo sistema de organización lo que manda es, por decirlo así, el reloj biológico de los niños: no hay que preocuparse porque el niño tendrá hambre y sueño ya que su propia organización como ser vivo le organizará: por ejemplo dormimos mejor por la noche que no hay luz, porque esta genera oxitocina vía nervio óptico y nos resulta más difícil dormir con luz. Es decir llevándolo a un extremo hay una organización racional que se ha decidido que es la mejor: el horario prefijado y un conjunto de normas “racionales” que parte de una desconfianza en lo natural, y hay una organización natural que se fía de los relojes biológicos.

Ambas son organizaciones, de base distinta, pero organizaciones, digo esto porque a los que están habituados a vivir en la organización racional suelen ver la organización natural como un cierto caos y lo miran con prevención. En el fondo lo que hay son costumbres o culturas diversas y el hombre tiene una gran capacidad de adaptarse a la cultura en la que vive y no criticarla, de modo que se convierte en el modo de vivir.

La escuela en mi opinión, se encuentra dentro de las organizaciones racionales, algo que se nota en muchos elementos, por ejemplo, la organización de las clases por períodos de 1 hora con un único recreo en medio. Esto obliga a los niños a estar sentados en el mismo sitio durante horas, algo desde luego nada natural, lo natural es moverse ya que estamos hechos para el movimiento y los niños más. Estas normas son por tanto muy difíciles para los niños, también les obliga a mantener la atención como un esfuerzo, no por interés. Lógicamente la atención de los niños se convierte en un problema, con todo lo que eso significa.

Desde luego muchos movimientos pedagógicos y detrás de ellos muchas escuelas han flexibilizado este esquema rígido que es el que yo viví y era inmensamente mayoritario en mi época de acudir al colegio, y hoy, por ejemplo, las clases de infantil tienen mucha más movilidad y son muy flexibles. Sin embargo creo que se puede seguir diciendo que la escuela pertenece al sistema racional organizativo del que procede históricamente, aún con todas las flexibilizaciones que aparecen aquí y allá. La profesora que me pedía que continuara el horario el fin de semana es un buen ejemplo de esa mentalidad.

Y la palabra clave en mi opinión es mentalidad y cultura. Podemos cambiar toda una organización y que esta siga respondiendo a la misma mentalidad. El punto que a mí me preocupa es: ¿la escuela ha cambiado la mentalidad de verdad y se ha ajustado de un modo natural a sus alumnos, a sus ritmos biológicos y emocionales, de aprendizaje, de interés y curiosidad, de atención o sigue siendo una máquina organizativa racional que todo lo sistematiza? Y la pregunta más importante, yendo al fondo de lo expuesto: ¿la escuela será capaz de confiar en la capacidad de aprender de los niños y apoyar su sistema más en la confianza que en normas impuestas racionalmente?

Yo se que he planteado dos extremos, y que la realidad siempre es más matizada y está compuesta por una parte de confianza y otra de normas, y que las normas no son eliminables en una comunidad de convivencia humana, pero, aún con eso, mi pregunta sigue vigente y pienso que es algo que toda organización educativa, toda escuela, debe plantearse: ¿nos apoyamos en la confianza o nos apoyamos en las normas?

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