SEMILLA DE PALABRAS PARA LA CONSERVACIÓN DE LAS TRADICIONES ORALES INDÍGENAS

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Una anécdota para empezar: una amiga —doctora en filología y de origen totonaco— durante el Censo de Población y Vivienda de 2010, esperó vestida con su traje tradicional al funcionario que iría a censarla. La Constitución Política de México ordena que los miembros de los pueblos indígenas, con independencia del lugar en el que vivan, deben tener derecho a recibir los servicios del Estado en su lengua materna. Obviamente grande fue la sorpresa del censor cuando mi amiga contestó a todas sus preguntas en totonaco. Como él no lo hablaba y no tenía la obligación de hacerlo, se retiró pidiendo disculpas y prometiendo que más tarde iría un censor especializado que tomaría sus datos en su lengua. Jamás sucedió.

FOMENTAR EL USO DE UNA LENGUA INDÍGENA NO ES UNA LABOR SENCILLA, SOBRE TODO PORQUE SU UTILIDAD PRAGMÁTICA ES REDUCIDA.

Eso que llamamos Occidente —dicen los historiadores de la cultura— está compuesto, al menos en sus sedimentos, por dos tradiciones sustentadas en libros. Por un lado, la tradición grecolatina está sustentada en la épica de Homero: La Ilíada y La Odisea. Por el otro, la tradición judeo-cristiana lo está en el Antiguo y el Nuevo Testamento. Una de las diferencias fundamentales entre las dos tradiciones occidentales y las indígenas mexicanas es que éstas no están sustentadas en soportes escritos, sino orales.

Las tradiciones orales, a diferencia de las escritas, son más susceptibles de cambiar con el correr de los procesos históricos y, consecuentemente, establecen relaciones de saber/poder diferentes.

Las tradiciones escritas, como las que constituyen el sedimento de la cultura occidental, establecen relaciones de saber/poder que podrían denominarse verticales, mientras que las orales establecen relaciones de saber/poder que podrían llamarse horizontales.

La diferencia entre éstas estriba en el tipo de marcadores de interpretación que ambos tipos de relaciones proponen. Un marcador de interpretación puede entenderse como un punto de apoyo en la cadena significante que sirve como guía a lo largo del trabajo interpretativo, una boya, por decirlo de algún modo.

Una relación vertical de saber/poder propone marcadores de interpretación basados en la autoridad que ostenta el cuerpo de conceptos que da lectura a los textos; por ejemplo, el psicoanálisis jungiano con el que Joseph Campbell dio lectura a La Odisea en su conocida obra El héroe de las mil caras.

Una relación horizontal de saber/poder propone marcadores de interpretación basados en la experiencia que goza el cuerpo social que da lectura a los textos.

LA EDUCACIÓN, LA JUSTICIA Y LA SALUD NO SON SERVICIOS A LOS QUE LOS INDÍGENAS TENGAN VERDADERO ACCESO EN SU LENGUA MATERNA

En este contexto, las nociones de lectura y texto no se relacionan con el trabajo de un lector sobre un soporte escrito, sino con el encuentro de un sujeto interpretante con toda producción cultural susceptible de ser interpretada. Por lo tanto puede decirse, sin temor a la sinestesia o al oxímoron, que un oidor puede hacer una “lectura” de un “texto” oral.

Una aclaración antes de continuar: se ha propagado el hábito intelectual de creer que lo vertical tiene un valor menor que lo horizontal, ya que se asocia lo primero con lo autoritario o jerárquico, y lo segundo con lo colaborativo y la paridad. Se ha dicho que una relación vertical de saber/poder está basada en la autoridad de un cuerpo de conceptos, que ésta no es arbitraria, sino producto de la racionalidad y tan legítimo o impertinente como cualquier otro.

En el otro extremo de la moneda, no todo lo que se asocia con lo horizontal está exento de autoritarismos o arbitrariedades. Por ejemplo, en alguna tradición indígena se cuenta que un signo de que el fin del mundo se aproxima es la inversión de las costumbres “normales”: que los gallos canten de noche, que las mujeres gobiernen los pueblos, que los lobos le aúllen al Sol, que los hombres se casen entre sí. Este saber —asociado a una tradición que tiende a las relaciones horizontales— resulta tan retrógrado a la luz del progresismo occidental y los derechos humanos como cualquier otro saber asociado a tradiciones que tienden a relaciones verticales.

Sería un error afirmar, como se ha pretendido más de una vez, que todas las tradiciones indígenas están compuestas por sedimentos culturales comunes. Esta afirmación reposa en una peligrosa fantasía: que todos los pueblos indígenas compartieron un pasado, anterior a la Conquista, de armonía política, económica e ideológica. No obstante su absurdo, esta fantasía se ha recuperado numerosas veces por los Estados con el objetivo de reducir la multiplicidad de los problemas indígenas a una sola cuestión: la cuestión indígena.

Pero la cuestión indígena se resiste a reducir sus componentes. El desposeimiento de tierras, la marginación social, la dispersión geográfica y la exclusión en el ejercicio de derechos fundamentales como la educación, la justicia o la salud, entre otros, no pueden ser atendidos desde el enfoque reduccionista que proponen los marcadores interpretativos propios de una relación vertical de saber/poder.

En otras palabras, la interpretación de una tradición oral demanda una lectura no propuesta desde la autoridad, un cuerpo de conceptos ajenos al texto sobre el que se trabaja (la distancia entre Jung y Homero no es insalvable, ya que el hilo que los ata es el mismo que se tensa entre Freud y Sófocles), sino desde marcadores propuestos desde el propio texto.

Para los hacedores de las políticas educativas, el problema estriba en que esos marcadores no son morales, ya que la asociación de valores de comportamiento determinados a las culturas indígenas es consecuencia de la perpetuación de la fantasía sobre los sedimentos culturales comunes. Así pues, se ha hablado, por decir algo, del “ecologismo” indígena para insinuar que todos los pueblos indígenas gozaban de una relación armónica con la Madre Tierra. Dicho sea de paso, no sólo los Estados han reabsorbido esta fantasía con propósitos reduccionistas; los sincretistas new age la han abrazado con el objeto de compatibilizarla con acercamientos superficiales a otras tradiciones religiosas del mundo.

Los marcadores de interpretación propuestos por las relaciones horizontales de saber/poder establecidos por las tradiciones orales son predominantemente simbólicos. El símbolo no posee un contenido moral, o al menos no unívocamente, posee contenidos ambiguos o, en otros términos, polisémicos. En este sentido, puede decirse que la polisemia es la condición de todos los marcadores de interpretación propuestos por toda relación horizontal de saber/poder ya que su lectura está basada, como se ha dicho, en la experiencia del cuerpo social, susceptible de cambiar a lo largo de los procesos históricos. En la lógica de determinado contexto, el símbolo puede revestirse de moralidad, pero no necesariamente.

A esta conclusión puede llegarse observando lo que sí tienen en común las diferentes tradiciones indígenas mexicanas. Si bien es cierto que no poseen sedimentos culturales comunes, los marcadores-símbolos propuestos desde sus propios textos son espacios de significación similares. En términos de analogía, las propiedades polisémicas de los símbolos son como habitaciones vacías que se llenan de los sentidos propios de los sedimentos culturales distintos.

De entrada, entre estos marcadores-símbolos pueden considerarse el maíz, la tierra, el agua, la casa y los lugares/tiempos sagrados. Dado el fenómeno polisémico al que se ha hecho referencia, el maíz, por ejemplo, puede considerarse, desde el punto de vista de una tradición, la materia de la que está hecho el hombre, desde otra, una deidad en sí misma y, desde una más, ambas cosas al mismo tiempo, o bien algo enteramente diferente.

TODOS LOS MEXICANOS DEBEN BENEFICIARSE DE LOS ALCANCES DE LOS CONTENIDOS DE LAS TRADICIONES INDÍGENAS

Fomentar el uso de una lengua indígena no es una labor sencilla, sobre todo porque, muy lamentablemente y contra lo expresado en las leyes mexicanas, su utilidad pragmática es reducida. Según lo hasta aquí expuesto, la educación, la justicia y la salud no son servicios a los que los indígenas tengan verdadero acceso en su lengua materna, o al menos de forma suficiente. Para ellos, el español esla lengua franca que les permite relacionarse con los grupos sociales allende sus localidades de origen, así como con la mayoría de las instituciones públicas y privadas.

Además de la comunicación con los miembros de su comunidad, el uso de una lengua indígena sólo garantiza la continuidad de la cosmovisión expresada en esa lengua. La mala noticia es que tal cosa tiene que bastarles a los indígenas para desear fomentar el uso de su lengua. La buena es que casi siempre con esto basta; no necesariamente bajo el precepto heideggeriano de que “perdida una lengua se pierde una visión del mundo”, sino bajo la idea de que todos los mexicanos deben beneficiarse de los alcances de los contenidos de las tradiciones indígenas.
En este sentido la Dirección General de Educación Indígena (DGEI) de la Secretaría de Educación Pública (SEP) creó la colección de materiales educativos de lectura dirigidos a niños y jóvenes Semilla de palabras. Los profesionales de la atención educativa a la diversidad lingüística y cultural se dieron a la tarea de identificar en la tradición oral de numerosos pueblos los marcadores-símbolos mencionados y los recursos formales bajo los cuales éstos aparecen.

A través de la colaboración con diversos miembros de las comunidades, tales como madres y padres de familia, rezanderos, danzantes, ancianos, cronistas, agricultores, artesanos y ganaderos, entre otros, fue posible recopilar numerosos refranes, versos, recetas de cocina, adivinanzas, coplas, consejos y otras formaciones de la tradición oral cuyo contenido está relacionado de algún modo con estos marcadores-símbolos. Algunos tienen un sentido pragmático y se relacionan con la vida cotidiana. Otros poseen un sentido ritual y se relacionan con las creencias y los mitos.

Así, por ejemplo, se recopilaron consejos sobre el tipo de jarrón que mantiene más fresca el agua en época de calor, versos sobre los cuidados que deben tenerse para que los encharcamientos no se conviertan en focos de infección en tiempo de lluvias, con algunas adivinanzas se enseña qué frutas o legumbres es bueno comer cuando se padece alguna enfermedad y también se explica, de manera muy elemental —apenas unos versos—, cómo se celebran, en el seno de una comunidad, las fiestas patronales, las “peticiones de mano” o las bodas.

Otro ejemplo: en Semilla de palabras conviven las indicaciones sobre la importancia para algunas comunidades de que el rezandero pida permiso a la tierra antes de que los agricultores comiencen a abrir los surcos para la siembra, así como el modo en el que deben bendecirse los granos de maíz. Otros pueblos, en contraste, no celebran estos ritos; en cambio, ofrecen ceremonias diferentes para cada momento del crecimiento de la milpa e, incluso, tienen nombres distintos para llamar al maíz en sus diferentes etapas de desarrollo.

Estos contenidos, pertenecientes a tradiciones diferentes, están relacionados con el mismo marcador-símbolo: el agua, la tierra, la comunidad, el maíz, los lugares/tiempos sagrados. Fomentar la escritura y la lectura en lengua indígena en este proyecto editorial no tiene por objetivo trasplantar el soporte material de las tradiciones de los pueblos de lo oral a lo escrito. Todo lo contrario, tiene la finalidad de, desde la escritura y la lectura, promover la continuidad de la tradición oral a través de su propio soporte material. La conservación de la tradición oral ofrece a los pueblos la oportunidad de no vaciar de sentido estos marcadores-símbolos ante la poca y muy lamentable utilidad pragmática del uso de la lengua materna.

Estos esfuerzos no podrán concretarse si las condiciones de inequidad no se revierten. Comparativamente es poco lo que estos ejercicios de escritura y lectura pueden hacer si no se materializa el mandato constitucional que obliga a las instituciones del Estado a ofrecer educación, salud y justicia a los indígenas en su lengua materna. Exactamente a la inversa de lo que sucedió en la anécdota con la que di comienzo a este artículo.

Mientras tanto, la DGEI sigue trazando estrategias pertinentes para preservar las tradiciones orales de los pueblos indígenas, como la que guía el proyecto editorial Semilla de palabras, bajo el doble enfoque de contextualización y diversificación.
Hasta hoy estos libros están organizados por lenguas y regiones. Queda aún pendiente el ejercicio editorial de cruzar los contenidos en volúmenes comparativos organizados por marcadores-símbolos que permitan enfrentar las diferentes tradiciones y que sus jóvenes lectores se pregunten: “¿Cómo entienden al maíz, a la tierra, al agua, su comunidad, o sus lugares/tiempos sagrados los niños indígenas de otros pueblos?”

Más aún, debería de considerarse incluir en estos volúmenes comparativos el cómo de otras tradiciones culturales, ajenas al mundo indígena. En esta lógica los niños indígenas podrán desarrollar una comprensión, desde los marcadores-símbolos locales, del mundo complejo que les rodea, preparándose para ejercer una ciudadanía más plena, democrática y responsable.

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