LA INDIVIDUALIZACIÓN DE LA ENSEÑANZA

Ignacio Andrío Lejarza

Educador, orientador y formador dedicado al coaching educativo

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El otro día tuve el privilegio de asistir a una conferencia de Javier Tourón sobre la individualización del proceso enseñanza-aprendizaje con motivo del acto inaugural en un colegio.

Dos ideas sencillas pero potentes, captaron de modo especial mi atención. La primera, la metáfora del tamaño de los zapatos. Tan simple como explicar que dos niños de 5 años no tienen por qué tener el mismo tamaño de pie, con lo cual la talla de calzado que usan es distinta y a nadie se le ocurre ponerle a todos los niños de 5 años el mismo calzado  sencillamente por tener la misma edad.

Esto que semeja tan obvio, lo pasamos por alto en el mundo educativo, especialmente en las edades más tempranas, donde agrupamos por criterio de edad, dando por su puesto, que a misma edad, mismo desarrollo y por tanto mismas necesidades, cuando a todas luces es una barbaridad como calzar a todos los niños un 25 por estandarización. Si yo mismo me doy cuenta que mis mellizos tienen necesidades educativas diferentes habiendo nacido el mismo día y recibido la misma influencia (Mis mellizos y las I.M.) ¿cómo no va a percatarse  el maestro/a de la desemejanza entre los nacidos en enero y los de diciembre en una clase de infantil? Pero esta es la perversión del sistema.

¿A qué se debe que se mantenga un criterio de agrupación y por tanto de trabajo en grupo tan absurdo?  Sin duda a la asimilación de un discurso que confunde igualdad con equidad.  Y esta sería la segunda idea importante que llamó mi atención.

Retomando el símil de los zapatos, igualdad sería el derecho de todos los niños de 3 años a llevar zapatos. Pero no a calzar todos el número 25, porque probablemente sólo a algunos de ellos les ajustaría esta medida. Algunos necesitarían una talla mayor y otros una menor. La equidad correspondería a conseguir que, en base al derecho a llevar zapatos, cada cual tuviera un par de su talla.

No se trata por tanto de ser iguales. Precisamente lo que distingue a la especie humana es la diferencia, la maravilla de que no haya dos rostros iguales, dos personalidades iguales, dos procesos iguales. La bendición de ser cada uno de nosotros único e irrepetible. Y el reto desafiante de descubrir la propia vocación y poder llegar a ser yo mismo.

Mis dos hijos acaban de iniciar su escolarización en infantil y están juntos en la misma clase. ¿Qué espero de este curso? Que Diego alcance el máximo de su rendimiento desde las posibilidades que le dan sus capacidades poniendo el mejor de sus esfuerzos que le permiten sus 3 años de edad. Y que Rodrigo alcance lo mismo. Y por tanto que los resultados sean totalmente diferentes, porque tienen diferentes capacidades, muy distintas. Pero que cada uno dé lo mejor de sí mismo y alcance su mejor talla de desarrollo posible. Si al final de curso lo que tengo son dos niños exactamente iguales, me preocuparía mucho. Habría sido un fracaso educativo.

No tengamos por tanto miedo a la diferencia. Temamos que cada niño, cada joven o cada adulto no pueda aportar su singularidad a esta historia de la humanidad. Temamos a perder el talento personal y a una estandarización que iguala a todos por debajo, tomando los mínimos como criterio, cuando la grandeza humana está en que todos podemos ser igual de grandes, igual de desarrollados en nuestro ser, es decir, todos en el máximo posible de cada uno.

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