EL SECRETO DE LA INTERACCIÓN SOCIAL

José Luis Coronado// Licenciado en Filosofía y CEO en INED21.

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Una clave para comprender la dinámica del pensamiento, es relacionar aquello que estamos buscando con lo que, inesperadamente, hemos encontrado. Una idea que nos lleva a precipicios involuntarios: ¿qué es pensar sino una mirada fascinada sobre ese algo que está ahí, pero que no acaba de desvelarse? Hace pocos días en una conversación de cafetería -toda una poética en sí misma, lugares donde trabajo inmerso y ajeno a la vez de lo que me rodea-, escuché esta frase rotunda que es el inicio de este post: “…no quieras comprender nada, es el secreto de la interacción social…”. Me la apropio desde ese instante, y como en un laberinto me sumerjo en esa afirmación. Les propongo una aventura por la psicología, la pedagogía, las neurociencias, la sociología, la teoría de redes, la literatura, y la filosofía como aventura entrelazada en esta pequeña hermenéutica.

Pensar es, siempre, pensar a través de. Escribir es una posibilidad de salir de él, ese laberinto obsesivo. O quizás, como una derrota que necesito, una declaración de impotencia.

El secreto de la interacción social está, entre otros factores, situado en nuestra capacidad de empatía. Algo que inevitablemente nos lleva a otra pregunta: ¿cómo se forma en nuestra condición humana? Aquí toda respuesta se halla en ese bucle (un detalle: no hay dicotomía entre lo natural y lo sociocultural, esa idea proviene de una modernidad dualista ya superada en nuestra época-red), que se retroalimenta de diversas formas. Una figura, la de bucle, tan sugerente para comprender y hallarnos en nuestro presente ubicuo. Steve Pinker argumentaba con evidencia en su obra: “Los ángeles que llevamos dentro. Paidós, 2012″, de la disminución de la violencia en términos históricos, y con ello rebatía muchos lugares comunes sobre el tema. Y apuntaba del poder de la ficción para ponernos en el lugar del otro, algo que ya había sido tematizado por otros autores. Mi admirado Francisco Mora, con esa plasticidad del gran divulgador, afirma que la emoción es la energía que mueve el mundo. Sí, y la empatía es uno de esos conductores maravillosos que utiliza. Y uno de los objetivos de todo verdadero aprendizaje: la empatía como espacio de identificación y reconocimiento del Otro.

Cuando reflexiono sobre ello, acude a mí E. Lévinas y su filosofía del Otro, uno de los intentos más emocionantes de elevar la ética a ontología: “Responsabilidad por Otro, por quien llega primero a través de la desnudez de su rostro. Responsabilidad más allá de lo que puedo haber cometido o no respecto al Otro y de todo lo que hubiese podido o no hubiese podido ser mi acto, como si yo estuviese consagrado al otro hombre antes de estar consagrado a mí mismo.” (Ética como filosofía primera, E. Lévinas).

Y me acuerdo de Vygotsky: la importancia clave de la calidad de la interacción social, entre pares o con un adulto, en su concepto de zona de desarrollo próximo.

Esa interacción sería inviable, sin esa identificación empática que desencadena el mecanismo de aprendizaje. Dos ideas finales: la complejización de nuestro mundo-red implica la necesidad de lo que se ha denominado una civilización empática como nos lo señaló J. Rifkin, un horizonte que es un reto a los sistemas educativos del presente, que deben asumir curricular y metodológicamente la necesidad de introducir la competencia emocional de una forma realista (hay excepciones, y aún en ellas se hace erróneamente muchas veces): la empatía como objetivo de un aprendizaje del s. XXI, dentro de ese conjunto de habilidades que componen la IE (inteligencia emocional). Segunda idea: la amplitud y novedad de las interacciones sociales en nuestra sociedad hiperconectada, conlleva todo un nuevo escenario de mediaciones que está ya siendo analizada, un ejemplo de autores en español que están en esta tarea desde hace tiempo: Carlos Scolari o Hugo Pardo Kuklinski.

El secreto de la interacción social está, entre otros factores, en nuestra comunicación verbal y no verbal. Del clásico de Flora Davis (“La comunicación no verbal, F. Davis, Alianza Editorial, 2004 ), anoté tres impresiones que aún recuerdo. Primera: la amplitud y profundidad de esa trama significativa que es un cuerpo. Y recordaba la afirmación genial de Spinoza: “Y el hecho es que nadie, hasta ahora, ha determinado lo que puede un cuerpo (…)” (Ética, parte III, proposición II, escolio).

Un Spinoza, Descartes, que leí desde la mirada de uno de los mejores conocedores de la modernidad filosófica a nivel mundial, mi maestro Vidal Peña (filósofo, filólogo, discípulo de Gustavo Bueno, otra influencia con la que debatía ese ingenuo joven acerca de la obra de Eugenio Trías). Con él, Vidal Peña, aprendí la unidad compleja de toda cultura histórica, y un ejemplo inolvidable de lo que significa interdisciplinariedad, y su paciencia ante mis preguntas apasionadas que no le permitían relajarse fuera de clase. Segunda: esa universalidad evolutiva de la que no somos conscientes tantas veces, en nuestra comunicación no verbal.

Algo que Paul Ekman nos demostró en la década de los setenta (1972), y que le hizo identificar esas emociones universales que compartimos.

Tercera: aquella lectura la relacionaba con hallazgos de Nietzsche en otro contexto. Lean este bello texto: “El sentido y el espíritu son instrumentos y juguetes, tras ellos aún se encuentra el sí mismo. El sí mismo también busca con los ojos de los sentidos, también escucha con los oídos del espíritu. El sí mismo siempre escucha y busca: compara, somete, conquista, destruye. Domina y también es el dominador del yo. Detrás de tus pensamientos y sentimientos, hermano mío, se encuentra un soberano poderoso, un sabio desconocido — se llama sí mismo. Mora en tu cuerpo, es tu cuerpo. Hay más razón en tu cuerpo que en tu mejor sabiduría. ¿Y quién sabe para qué necesita tu cuerpo precisamente tu mejor sabiduría?” (De los despreciadores del cuerpo, pág 93, 94, Así hablo Zaratustra, F. Nietzsche. Traducción de José Rafael Hernández Arias, Valdemar, Letras Clásicas, 2005) Y que luego Freud supo concretar en su teoría psicoanalítica.

Una observación: siempre me ha resultado sospechosa la confesión del genio vienés, cuando rechaza la fuerza de Nietzsche para no verse tan influido por su obra. El argumento es sencillo: la originalidad, y la sospecha de ser un comentarista del maestro de Sils-María. En ese incipiente tiempo, comienzos del s. XX, donde se está germinando esa tragedia que serán las dos guerras mundiales, George Simmel escribía una sociología y una filosofía de lo micro, que me sigue pareciendo de una finura extraordinaria, de ahí su influencia permanente en todas las corrientes que siguen un análisis interaccionista. Una muestra: “Todo esto conforma la transición a la individualización de los rasgos psíquicos y mentales que la ciudad ocasiona en proporción a su tamaño. Hay toda una serie de causas obvias que fundamentan este proceso. En primer lugar, uno debe enfrentarse a la dificultad de reafirmar la personalidad propia dentro de las dimensiones propias de la vida metropolitana. En donde el aumento cuantitativo en importancia y el gasto de energía alcanzan sus límites, uno aprovecha la diferenciación cualitativa a fin de atraer de alguna manera la atención del círculo social manipulando su sensibilidad para con las diferencias“, (La Metrópolis y la vida mental, G. Simmel, 1903).

Se ve como su mirada ya era capaz de sintetizar esa tensión entre las fuerzas por las que nos intentamos singularizar, y ese nuevo contexto (la metrópolis) donde todo tiende a igualarse con la primacía de lo cuantitativo. Sin duda, la interacción social se transforma en la ciudad, como ya había visto desde otro talante, Baudelaire. Una idea rápida: ¿no es el cambio de las interacciones sociales y su conciencia filosófica, sociológica y literaria, una primera acusación de la industrialización donde todo se homogeneiza? Los sistemas educativos serían, en nuestra sensibilidad contemporánea, las siguientes víctimas.

Como ven, Ken Robinson tiene antecedentes y razones para su crítica de una escuela que mata la creatividad. Un principio del s. XX lleno se sombras amenazantes, donde el tema de las masas, y de su relación con las élites/minorías será tematizado, entre otros, por V. Pareto, Ortega y Gasset. Posteriormente por un autor que, en otra ocasión, le dedicaré un análisis: Elias Canetti, y su obra maestra: “Masa y poder, 1960″.

Les adelanto una impresión: el populismo político que se está desarrollando en Europa, desde diferentes perspectivas ideológicas, puede ser abordado por conceptos y herramientas de esa obra maestra que guarda aún tanto potencial.

El secreto de la interacción social está, entre otros factores, en aquellos criterios que definen lo que es la inteligencia emocional. D. Goleman no fue el primero en señalar la importancia de la inteligencia emocional, aunque sin duda fue el más mediático y el que mejor lo divulgó. En su clásico: “Emotional intelligence, D. Goleman, 1995″, es justo reconociendo todos los antecedentes, haciendo un recorrido histórico con estaciones necesarias.

Quisiera decir algo más, no sólo es un divulgador, sino que matiza muy bien esas influencias, reconociendo ciertas limitaciones.

Quiero citar dos fuentes anteriores: el de Howard Gardner cuando en su obra central: “Frames of mind, 1983″, ya diferencia entre sus inteligencias múltiples, dos inteligencias personales: la interpersonal, y la intrapersonal.

Otra clave imprescindible son los trabajos de Salovey y Mayer donde acuñan esa expresión: emocional intelligence, en su famoso artículo del mismo nombre (“Emotional intelligence” Peter Salovey, John D. Mayer, 1990). Cito la ya histórica definición de ambos: “We define emotional intelligence as the subset of social intelligence that involves the ability to monitor one’s and others’ feelings and emotions, to discriminate among them and to use this information to guide one’s thinking and actions”.

Un detalle: como el propio D. Goleman se da cuenta, el modelo de Salovey reorganiza en una nueva estructura las inteligencias personales de H. Gardner, y las tipologiza en estas competencias: el conocimiento de las propias emociones, la capacidad de controlar las emociones, la capacidad de motivarse uno mismo, el reconocimiento de las emociones ajenas (empatía), y el control de las relaciones (página 31, 32, Inteligencia emocional, D. Goleman, Kairós).

Antes de proseguir, dos cuestiones de las que soy consciente, y que necesitarían mucho más tiempo. Como se ha señalado, hay en verdad varios modelos de este concepto, la inteligencia emocional, omnipresente en la cultura actual (el modelo Mayer, Salovey, y Caruso; el modelo Goleman). Y la segunda, el debate abierto sobre la evidencia débil o fuerte que tiene todo lo anterior.

Sigo escribiendo, y mi mente repite esa expresión: interacción social, y como una invitación espontánea, nuestra geografía social, cognitiva y emocional, la red, acude inmediata. Les dejo con un fragmento de N. Christakis y J. Fowler (Conectados. El sorprendente poder de las redes sociales y cómo nos afectan. Taurus, 2010), desde la teoría de redes, que comparto por su capacidad de sugerencia: “Podemos definir a una comunidad en red como un grupo de personas que están mucho más conectadas entre sí de lo que lo están con otros grupos de personas conectadas en otras partes de la red. Las comunidades se definen por conexiones estructurales y no necesariamente por ningún rasgo particular que pueda conectar a sus miembros entre sí. Dicho muy sencillamente, por tanto, una red social es un conjunto organizado de personas formado por dos tipos de elementos: seres humanos y conexiones entre ellos. Sin embargo, normalmente y a diferencia de lo que sucede en la brigada de cubos, el árbol telefónico y una compañía de soldados, la organización de las redes sociales naturales no viene impuesta desde arriba. Las redes sociales reales y cotidianas evolucionan orgánicamente a partir de la tendencia natural de toda persona a establecer relaciones y a hacer pocos o muchos amigos, a tener una familia grande o pequeña y a trabajar en lugares donde se establecen relaciones anodinas o acogedoras.” (Conectados, pág 26,27, Taurus, 2012).

Por supuesto todas estas variables están interrelacionados, y ese “entre otros factores” quería mostrar la complejidad del proceso biopsicológico y sociocultural que estamos analizando: la interacción social. Vuelvo a esa cafetería, y todo aparece como un diálogo íntimo que tenía pendiente contigo, ese lector de nuestra cultura-red. Sé que no me esperaban, pero, ¿no son las conversaciones fortuitas las mejores puertas de lo imprevisible? Y regreso, y me prometo volver a leer a Paul Auster, ese mago del azar que no me dejaba descansar con su Trilogía de Nueva York. Mi hijo me pregunta como un tirano cariñoso: ¿por qué no te acuestas ya? Léeme algo…Sonrío, hay tiranías que son el sentido de mi vida. Y no puedo dormir, porque de necesidad y de azar estamos hechos, y de la interminable red que formamos con nuestro entorno: la interacción social está ahí, aunque nadie sepa totalmente su secreto.

 

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