COACHING PARA LA INNOVACIÓN EDUCATIVA

Ignacio Andrío Lejarza // Educador, orientador y formador dedicado al coaching educativo.

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NOTA: Una reflexión que puede servir para muchos de nuestros países que pasan por la enésima reforma educativa sin mostar resultados (Del editor).

En España estamos asistiendo a dos reformas educativas simultaneas a falta de una. Por un lado está la LOMCE y por otra, una corriente o movimiento denominado genéricamente como “innovación educativa”  que avanza progresivamente desde la base del sistema educativo.

La LOMCE se encuentra con el eterno problema de cualquier reforma impuesta desde arriba: las resistencias al cambio y la desconfianza en que dicha transformación produzca alguna mejora en los resultados. Se suma en esta ocasión la amenaza de ser una ley de corto recorrido dado que ya está avisado que un posible cambio de gobierno daría marcha atrás con lo que se hubiera iniciado, lo que provoca que quienes tienen que implementar la reforma vayan con el freno pisado.

Por su parte, un grupo cada vez creciente de profesores están llevando a cabo reformas pedagógicas y metodológicas dentro de un marco no demasiado flexible, pero que permite iniciativas interesantes. En esta línea muchos colegios están apostando por la implantación del modelo de Inteligencias Múltiples, el aprendizaje por proyectos o el método cooperativo.

Aquellos colegios que llevan más tiempo en este cambio innovador y que lo han implementado de manera estratégica, sin más presiones que el propio interés de ofrecer a los alumnos la mejor educación posible para el siglo XXI, están consiguiendo resultados espectaculares, convirtiéndose en abanderados de este movimiento.

En el lado institucional evidenciamos que las diferentes reformas educativas que ha tenido este país no han supuesto ninguna mejora sino todo lo contrario, a la vista de los resultados de abandono y fracaso escolar. No hay que alarmarse. Es lo que se puede esperar de una ley hecha en los despachos y no a pie de aula y sin consenso político. Se obedece a los mandatos ministeriales pero, obviamente, falta la pasión que hace que cualquier proyecto triunfe.

Del otro lado, en los “docentes de base” innovadores diría que no falta pasión. No obstante, la pasión no es suficiente para que una reforma, sea pequeña o grande, tenga consistencia y produzca buenos resultados. Es imprescindible la claridad de objetivos, la toma de conciencia de la realidad y la planificación estratégica.

Veo colegios subiéndose al carro de la innovación educativa desde el nerviosismo de directores/as por no quedarse atrás o no estar a la moda de lo que han iniciado sus competidores. Equipos directivos que después de un curso de 8 horas sobre pedagogías emergentes retornan a sus centros como si de Moisés bajando del Sinaí se tratara, con el rostro iluminado y espoleando a sus profesores a iniciar cuanto antes estos métodos sin evaluar sus recursos, preparación y consecuencias. En definitiva, la casa por el tejado, pero eso sí, que en la página web aparezca que estamos ya en la vanguardia de la innovación.

El mismo nerviosismo que se observaba hace unos años con los sellos de calidad en los centros. Todo el mundo buscando la acreditación para ser un centro de calidad, que demostró con el tiempo que era una calidad sobre el papel para ser avalados ante los padres, pero que no siempre buscaba la verdadera calidad, la de la formación de los alumnos, dado que los resultados de los centros “de alta calidad” están siendo semejantes a los tiempos anteriores al sello. ¡ Y cuantos profesores se quemaron de tanto rellenar informes!

Es imprescindible para acometer cualquier cambio, saber cuál es el cambio que se quiere conseguir y entonces planear la estrategia adecuada, no hacerlo a lo loco.  Y para ello disponemos de herramientas eficaces, algunas de ellas forman parte de esta misma innovación educativa. El coaching educativo o el design thinking son modos de trabajo diseñados precisamente para obtener este tipo de resultados, ya que nos enseñan a planear estrategias y a hacerlo de modo creativo. Y sobre todo, sin prisa, midiendo estratégicamente los tiempos para que se alcance bien el resultado y disfrutando del proceso.

La reforma educativa que necesitan nuestros hijos tiene que ser un proyecto que nos apasione porque creamos en él. Por eso no resultará si viene impuesta de arriba o si se hace de manera atropellada. Es preciso que se planifique como se planifica una larga marcha, por etapas y en función de las fuerzas, para que el camino sea parte también de la meta.

 

 

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