El docente como espejo de sus alumnos

Salvador Rodríguez Ojaos

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Es fascinante constatar que las dos estructuras cerebrales que son las principales responsables del recuerdo a largo plazo (la amígdala y el hipocampo) están situadas en el área emocional del cerebro.” David A. Sousa: Neurociencia educativa.

Ya he comentado en otras entradas de este blog (Educación emocional: sentir para aprender y Educar es emocionante, educar es emocionar) que las emociones juegan un papel fundamental en el aprendizaje. Cada día estoy más convencido de que tan importante es lo que lo que se enseña como la manera de enseñarlo.

Esta afirmación a la que muchos docentes han llegado como fruto de su propia experiencia diaria, parece quedar también confirmada por la neurociencia. En la última década del siglo XX, un equipo de científicos italianos descubrió que en nuestro cerebro hay neuronas espejo que “nos permiten reconocer la experiencia de los demás y comprender las emociones ajenas, así como empatizar.” (Sousa)

Este descubrimiento me parece de gran importancia para la educación pues en toda relación de enseñanza/aprendizaje son fundamentales la interacción y la identificación (imitación y empatía). Entre otras muchas cosas, un profesor es un espejo. En él se ven reflejados sus alumnos y la imagen que perciben es la que, en buena parte, va a condicionar su éxito o su fracaso escolar y vital. Pero, ¿qué se refleja en ese espejo? ¿Se refleja lo que es realmente el alumno o se refleja la imagen que de él se forma el docente?

Conviene recordar que no todos los espejos son iguales. En función de su forma, el reflejo da una imagen más exacta de la realidad o, por el contrario, una imagen más distorsionada. Un aula no debería ser una especie de Palacio de los espejos de un parque de atracciones donde, según si nos miramos en una espejo cóncavo o convexo, nos vemos más altos y delgados o más pequeños y regordetes de lo que en realidad somos. Por eso es importante que todo docente sea consciente de la imagen que quiere reflejar de cada uno de sus alumnos y alumnas.

Mención especial requieren los alumnos que no se ven reflejados en sus profesores o lo que podríamos denominar Síndrome del alumno invisible. Son aquellos alumnos que quedan excluidos de la realidad del aula ya sea por su conducta o por su comportamiento, es decir, aquellos alumnos que, voluntaria o involuntariamente, quedan al margen de las expectativas docentes. Son alumnos y alumnas que están presentes en la clase pero que no participan activamente lo que les hace invisibles. Es tarea del docente que no haya ningún alumno invisible en su aula.

En mi opinión, en nuestros centros educativos se educa con miedo, porque todavía se cree que la escuela es un lugar de instrucción, de transmisión (pura y dura) de conocimientos “académicos”. Pero la escuela, lo quiera o no, lo pretenda o no, también es un lugar de transmisión de valores. Por eso debemos tener presentes a todos los alumnos, especialmente a aquellos que tienen más dificultades con los contenidos más académicos o curriculares.

Hay un conocido principio pedagógico que dice que las expectativas que tiene un docente de sus alumnos casi siempre se acaban cumpliendo. Por este motivo, ¡mantén altas tus expectativas para con tus alumnos! ¡Todos son capaces de hacer grandes cosas! No lo dudes ni un segundo.

 

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