EL TIEMPO FUERA (DEL AULA): ¿Es útil la distancia como castigo?

Carolina Pérez Ruiz. Maestra Audición y Lenguaje, Especialista en Psicología Positiva  e Inteligencia Emocional

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La estrategia del “tiempo fuera” es utilizada para modificación de conducta, como castigo, con aquellos alumnos que  no presentan un comportamiento adecuado en aula, transgreden las normas, agreden y boicotean, en un momento dado, la actividad o el clima en clase. Consiste en expulsar, durante un corto período de tiempo, al alumno fuera del aula, para que reflexione sobre su comportamiento, que no es aceptado por el grupo y no puede permanecer con el resto de sus compañeros si no respeta las normas establecidas.

Este castigo, tiene una intención positiva, pues se trata de hacer comprender al chico que para formar parte de un grupo es importante el respeto a los componentes del mismo, la buena convivencia y la participación activa. El efecto, sin embargo en muchos casos, es el contrario, y actúa de refuerzo de la conducta no deseada, pues obtiene una atención especial por parte del adulto e iguales, realmente interrumpe más aún la dinámica de aula y, después, no se suele dedicar el tiempo que sería el adecuado para ver el resultado en ese momento de reflexión. Además, a veces, suele ser un tiempo excesivo, en el que el pensamiento ha estado ocupado en multitud de cosas… el lugar donde se expulsa al alumno no es adecuado, ni existe vigilancia… está expuesto a las miradas de otras personas que pasen por allí, a ser juzgado y etiquetado. Por otra parte, parece que este castigo suele enfocarse y ser vivido más como un ataque personal al profesor, que al conjunto del grupo y el resto de compañeros, que ni opinan o deciden sobre esta estrategia.

En el caso de los niños más pequeños, se sustituye el “tiempo fuera” por “La silla de pensar”. En este caso, sí suele estar dentro del aula, en un rincón separado de la actividad del resto de la clase… la finalidad y el modelo es el mismo que el caso de los mayores explicado anteriormente, sólo que al estar dentro, el niño puede observar lo que sucede en el grupo mientras que él no participa y viceversa. En ocasiones esto hace que reciba burlas y reprimendas de los compañeros, además de distracciones constantes que le alejan del objetivo principal que era la reflexión, lo que en edades tempranas no es muy eficaz si no se hace acompañado y guiado por un adulto. No se trabaja la gestión, sino el control, y no se fomenta la mejora de las relaciones, ni el buen clima.

Desde mi punto de vista y experiencia en aula, planteo la pregunta siguiente “¿El tiempo fuera es pedagógico o la manera más rápida de quitar de en medio a un alumno que nos molesta?” “¿Ayuda a mejorar las relaciones y sirve para desarrollar habilidades sociales?” o, por defecto, “¿etiqueta a los niños con dificultades de relación?” . Lo lógico y más eficaz para extinguir conductas no deseadas, en lugar de únicamente inhibirlas momentáneamente, sería convertir el castigo en consecuencia. Y desde este enfoque me gustaría compartir con vosotros algunas ideas prácticas para aplicar frente a situaciones desagradables.

 

  • Participación en el establecimiento de normas: para que las normas sean significativas, comprendidas y más respetadas, es importante que los alumnos participen de su establecimiento, selección… y así sentirlas propias, lo que les ayuda a respetarlas y defenderlas con más interés, pues sienten parte del grupo, voz en el grupo, y dan valor así a la necesidad de una buena convivencia, para el buen funcionamiento del mismo.
  • Redactar las normas en positivo: una de las cosas imprescindibles, es que las normas acordadas queden reflejadas en un documento escrito y estén a la vista de todos. La forma en que se expresan también es determinante para que lleguen de manera adecuada y les motiven a elegir las conductas apropiadas. Cuando utilizamos expresiones prohibitivas o con NO, el mensaje que llega es dirigista, además de que el alumno lo recibe como una orden, se queda con aquel contenido negativo y no con el que debe ser el modelo de actuación (por ejemplo, en lugar de “ no se tiran los papeles al suelo”, usar “los papeles se tiran en la papelera”).
  • Consecuencias por consenso: las normas que se decidan, deben llevar asociadas unas consecuencias pactadas, para que todos conozcan y sepan que es lo que va a suceder después de incumplir una norma. En un modelo educativo en positivo, es preferible usar el concepto “consecuencia” en lugar de “castigo”, pues realmente, la transgresión de una norma conlleva una consecuencia para el entorno, el grupo y para la persona que la lleva a cabo. Generalmente, usamos “castigos” que no tienen nada que ver con la norma violada, por lo que la asociación de norma-consecuencia queda interferida y cuesta más interiorizar el aprendizaje que supone cometer un error, pedir perdón y compensar el fallo.
  • Modelaje, regulación y gestión emocional: una situación conflictiva surge de una mala gestión emocional y falta de habilidades sociales, que nos ayuden a regular nuestro comportamiento. Por ello, es necesario, dedicar un tiempo en aula no sólo a la selección y redacción de las normas o definir consecuencias… sino que también, podemos practicar mediante “role playing”, situaciones de conflicto donde, a modo de ensayo-error, aprendamos a actuar. Ofrecer modelaje durante el conflicto en sí, es complicado y cuesta dar una pauta de actuación cuando tenemos emociones a un nivel 10, nuestro volcán de enfado. Por ello, es muy útil trabajar este tipo de situaciones en aula a modo de juego, donde ensayan desde el papel del transgresor, como también desde el papel de agredido, ya sea de forma personal o afectado por el clima generado en consecuencia al conflicto, o por no respetar espacio y material común, por ejemplo. Una de las herramientas que debemos explotar es la identificación emocional, expresar verbalmente cómo se sienten ambas partes, cuál ha sido el motivo y encontrar el para qué de lo que ha sucedido.
  • El adulto como mediador y guía: definir el conflicto y focalizarlo únicamente hacia una dirección fomenta el victimismo y la dependencia, sin animarles a resolver de forma independiente los problemas y dificultades de la vida cotidiana. Es tan importante actuar de mediador en un conflicto, como saber cuándo mantener distancia y permitir que sean los propios niños los que sean capaces de solucionar esos problemas. Así como dar pautas de actuación para ambas partes, tanto para el que necesita regular conducta y gestionar el enfado, como para el que debe defenderse y saber poner límites.
  • La distancia de seguridad vs tiempo fuera: la expulsión de un espacio común, es vivida como rechazo, genera inseguridad y, la mayor parte de las veces, no ayuda a la gestión si no hay un adulto que acompañe al adulto en la reflexión acerca del conflicto vivido. Sin embargo, la distancia del foco del problema, puede ofrecer la oportunidad de desfogue sin herir a nadie, llegar a la calma sin interrupciones, favorece la escucha a uno mismo y permite dejar un tiempo para equilibrar el termómetro emocional. El modo en el que hacemos uso de esta distancia, el mensaje que lanzamos y la actitud con la que nos dirigimos al alumno durante ese tiempo, va a determinar el aprendizaje en dicha situación.
  • El rincón de la paz: Si como consecuencia, escogemos un lugar en el aula (dentro para que podamos intervenir y acompañar cuando sea necesario), donde el alumno cuando se estresa, y lo identifique pueda, también, acudir libremente y no sólo porque se lo pida el profesor, estaremos fomentando esa identificación emocional y la gestión de la misma, además de autonomía, a modo preventivo. Este tipo de espacios, deben ser vividos como una oportunidad y no como un castigo… un lugar de recogimiento que me ofrece seguridad para regularme, en lugar de un espacio de aislamiento y rechazo. Vivir ese momento de distancia del grupo, como positivo, donde se me permite tomarme un tiempo para relajarme y decidir qué quiero y cómo lo voy a conseguir, sin herir a nadie y siendo respetuoso con el entorno. Para llegar a esto, es necesario un trabajo previo con los alumnos, es el adulto el que debe transmitir de forma coherente este mensaje.

 

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