EL LASTRE ESTRUCTURAL EN EDUCACIÓN Y LA ANALOGÍA DEL ICEBERG

José Blas García Pérez// INED 21

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¿Podremos cambiar la educación si sólo nos quedamos en innovaciones metodológicas? ¿Son necesarias, además, innovaciones (cambios) estructurales en la organización de los centros?

La innovación no va al ritmo deseado – comentamos a menudo los docentes comprometidos con el cambio. La maquinaria es muy lenta, sí,  y hay que acelerarla. La experiencia de vivir el día a día en la realidad de los centros educativos desde distintas ópticas me hace reflexionar sobre cuáles son los factores paralizantes del proceso. Y es que, quizás, las iniciativas para el cambio se están focalizando sólo en algunos aspectos, que sin ser menores, no llegan a actuar sobre otros elementos del problema.

Utilizando la analogía del iceberg, podemos asegurar que todavía  la parte sumergida es tan potente que lastra la evolución al ritmo deseado.

La punta del iceberg

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La introducción de la tecnología en la enseñanza ha inducido a una enorme e imparable revolución metodológica. La tecnología educativa está siendo  punta de lanza y  parte visible de un cambio que la evolución social está pidiendo a gritos, a poco que la escuches. ¿Queremos escucharla?

La tecnología ha sido la culpable del inicio del espíritu innovador… Sí, muchos docentes necesitábamos una excusa, un revulsivo y las TIC´s nos lo han proporcionado. La enseñanza debe agradecer a la tecnología muchos de los cambios metodológicos  que están produciéndose (y los que están por llegar) en la escuela: La escuela abierta y conectada con el exterior, la escuela informacional donde el profesorado no es el guardián de los contenidos, la escuela interactiva, donde los aprendizajes se construyen en relaciones colaborativas y cooperativas por los propios aprendientes. En contrapartida, la tecnología ha encontrado en la educación un espacio de difusión, crecimiento y, esencialmente, popularidad (democratización) que no ha encontrado en otros ámbitos. Entre ambas, tecnología y educación, han generado una espiral cooperativa y retroalimenticia que ninguna  de ellas podía imaginar: TIC y Aprendizaje como un par de simbiontes en interacción estrecha y persistente.

La formación del profesorado se ha convertido en otra manifestación de la innovación educativa. Grupos de docentes de todos los ámbitos, sabedores que no hay cambios sin reflexión compartida de los implicados, están comprometidos con la creatividad docente de una forma decidida y valiente.

La formación inicial de los docentes ha entrado en proceso de cambio y mejora. Cada día me cruzo con grandes profesionales de la enseñanza universitaria que están apostando por dar un salto sustancial en la formación de base de los docentes. Cada día la Universidad bebe más de la realidad escolar y la escuela mejora a través de los flujos de trabajo compartido con la Universidad.

Pero eso no es todo, la popularidad de los MOOC, de jornadas y encuentros informales de docentes en torno a intereses educativos comunes, de trabajo colaborativo a través de redes profesionales, de formación permanente.., hacen de la formación otra punta de tiro visible del interés por la innovación de los profesionales de la educación.

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La parte sumergida

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Sin embargo, y pese a que hay un gran movimiento hacia el cambio, éste no avanza al ritmo que la sociedad lo exige y muchos docentes deseamos. ¿Cuál es el motivo? Una estructura arcaica que está ejerciendo de lastre que ralentiza cualquier posibilidad de cambio. Necesitamos cambios organizativos: Des-organizar para después Re-organizar la educación. ¿Nos atrevemos?

A pesar que estamos viviendo en un tiempo de reordenación de los sistemas sociales,  políticos y educativos, que nos dirigimos inexorablemente hacia disrupciones que cambiarán la direccionalidad de los mecanismos de las relaciones de la sociedad, la manera de hacer política y los  modos  de aprendizaje y construcción del conocimiento; a pesar que todo indica que ahora es el momento de reinventar políticas educativas, de articular proyectos educativos creativos y eficientes,…  no encuentro muchas evidencias en el horizonte político y educativo en este sentido.

Crear políticas educativas eficientes es una necesidad, una exigencia hacia nuestros gobernantes. Los docentes queremos reinventar la educación y necesitamos que nos dejen, que nos den posibilidades: dar posibilidades implica otorgar  autonomía, tener confianza en los ciudadanos y que éstos respondan con responsabilidad.

Leyes, decretos, órdenes, reglamentos… todo nos suena a rancio,  “viejuno” y obsoleto para mover la rueda social del siglo XXI. Sabemos que los marcos de referencia conjuntos son imprescindibles, pero la normativa puede hacerse con los interesados o de espaldas a ellos. Son vías que unen dos estaciones aunque el sentido del viaje es diferente: uno es construcción colectiva, el otro es imposición. En pleno siglo XXI es preciso legislar con los interesados, con los ciudadanos. No son buenas, (no estamos dispuestos a) las democracias figuradas

En educación estamos de vuelta de la renovación de leyes educativas que traen más de lo mismo. Hemos de encontrar estaciones intermedias entre el camino que debe unir al que legisla y el que aplica. La innovación y la creatividad educativa sólo vendrán de la mano de marcos legislativos que permitan una autonomía real a las instituciones educativas.  Autonomía entendida desde las raíces más profundas de la democracia, no desde el neoliberalismo económico y empresarial. La educación encierra un tesoro (enunció Delors), pero un tesoro que no sale a bolsa ni participa en el terreno de juego  empresarial. Ofrecer autonomía favorece el afloramiento de liderazgos escondidos o taponados por la imposición de gestores institucionales. Necesitamos proyectos locales, comunitarios,  de centro… abiertos a la comunidad,  ajustados a las necesidades de los participantes y flexibles para pode ser adatados a las situaciones cambiantes que se producen cada día, no normativas encorsetadas, que determinan necesidades alejadas de la realidad de cada comunidad y objetivos que no se comparten por quienes los desarrollan: legislaciones flexibles que respondan a las necesidades de cada contexto. El derecho a decidir existe, no es una falacia. Cuando se trata de decidir sobre elementos comunes la decisión corresponde a todos los implicados.

Crear proyectos implicará diseñar  nuevos sistemas organizativos  en la estructura de los centros, cuyo hilo conductor sea el beneficio del alumnado y no tanto en criterios laborales y de derechos “de antigüedad”; donde la comunicación (interna y externa) y la cultura evaluativa se erija en fuente de procesos de mejora permanente en tres movimientos imprescindibles: desde dentro,  hacia dentro y hacia fuera;  donde las relaciones estén basadas en estructuras horizontales, de coordinación, de colaboración y liderazgo, rompiendo con la departamentalización y creado un trabajo por comisiones que aporten realidad y fortaleza al/a los  proyecto/s propios que se desarrollen. En definitiva, un modelo de cambio que afecte a la cultura escolar establecida desde hace decenios como modelo estandarizado de organización escolar.

Partimos de la seguridad de que Otra Cultura Escolar Si Es Posible. Los agentes del cambio somos los docentes. Desde siempre hemos sido nómadas del aprendizaje: innovar nos hace progresar.

Lo hemos dicho  y oído muchas veces: Nuestro sistema educativo se quedó anclado a finales del siglo XIX. Pero no sólo en el currículo y la metodología, también en el modo de organizar los centros educativos, anclados en los modelos industriales excelentemente representados por “la fábrica” del maestro Francesco Tonucci.

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Si echamos un vistazo rápido, observaremos que las referencias de ordenación académica vienen marcados por reglamentos, al más puro estilo militarista, más propio del sentido instructivo de la educación de hace decenios que de los momentos que vivimos: También es tiempo de la disrupción estructural de la escuela. ¿Lo intentamos?

 

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