Eduardo Galeano: enseñar con imágenes El legado que deja a la educación el valorado escritor uruguayo fallecido el lunes pasado

Por Natalia Fattore / Profesora de pedagogía (UNR)

La Capital. Rosario, 18 de abril de 2015

 

Cuando escuché la noticia de la muerte de Eduardo Galeano, una serie de “imágenes” se me hicieron presentes; el Café brasilero en la ciudad vieja en Montevideo, la vasija que el alfarero viejo ofrece al alfarero joven en esa ceremonia de iniciación que nos narra en Las palabras andantes, el horizonte alejándose en la tan remanida frase de las utopías.

Pienso que Eduardo Galeano deja como legado al campo de la educación una obra que nos ofrece la posibilidad de pensar con imágenes. La literatura y el cine tienen esa enorme virtud.

Volví rápidamente a consultar un hermoso texto del historiador argentino Javier Trímboli (1). Allí este autor recupera una frase del historiador alemán Ernst Jûnger: “Quien piensa con conceptos y no con imágenes se comporta con la lengua tan cruelmente como quien solo ve categorías sociales y no seres humanos”.

Desde allí, Trímboli nos invita a pensar los materiales estéticos, las imágenes que habitan la literatura no como meras ilustraciones del pensamiento tramados en categorías o conceptos, no como simples “recursos” que facilitan la transmisión, –uso que suele dárseles en el campo de la educación-, sino como la posibilidad misma del pensamiento y la transmisión.

Me atrevo a decir entonces que Galeano no se limita a legarnos a los educadores la crónica de nuestros tiempos, a “ilustrarnos” los procesos de una América Latina desigual e injusta. La obra de Galeano es una superficie que recoge, a través de imágenes “trazos densos de la experiencia humana acorralada por la historia”. Y es allí justamente donde es posible reconocer su valor pedagógico, en aquellos aspectos del orden de lo sensible que producen efectos de conocimiento. Imágenes sobre conceptos, la singularidad de los hombres antes que categorías sociales, nos recuerda Trímboli.

El mundo “se da a ver y a sentir”, dice una historiadora de la cultura. ¿Que nos “da a ver y a sentir” la narrativa de Galeano? Historias singulares de cuerpos que padecen opresiones, de dictadores impiadosos, de hombres y mujeres que sufren el exilio, de pueblos expropiados de sus tradiciones, de balas que impactan diariamente sobre los pobres.

Pero también y al mismo tiempo, Galeano ofrece potentes imágenes de mujeres y hombres entrañables, que resisten y sueñan, y conservan la memoria. Algo del orden de lo político la literatura permite tramitar, elaborar, ofreciéndolo al pensamiento.

Galeano enseña con imágenes, señala –dejar señas, marcas, es una tarea pedagógica por excelencia-, y nos “da a ver”.

Me decido y selecciono tres imágenes. Sin darme cuenta, cierta referencia a la mirada, a la visión, aparece en ellas.

Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.
Viajaron al sur.

Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.

Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura. Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:

¡Ayúdame a mirar!

La función del arte/ 1. En: El libro de los abrazos
Era el medio siglo de la muerte de César Vallejo, y hubo celebraciones. En España, Julio Vélez organizó conferencias, seminarios, ediciones y una exposición que ofrecía imágenes del poeta, su tierra, su tiempo y su gente.

Pero en esos días Julio Vélez conoció a José Manuel Castañón; y entonces todo homenaje le resultó enano.

José Manuel Castañón había sido capitán en la guerra española. Peleando por Franco había perdido una mano y había ganado algunas medallas.

Una noche, poco después de la guerra, el capitán descubrió, por casualidad, un libro prohibido. Se asomó, leyó un verso, leyó dos versos, y ya no pudo desprenderse. El capitán Castañón, héroe del ejército vencedor, pasó toda la noche en vela, atrapado, leyendo y releyendo a César Vallejo, poeta de los vencidos. Y al amanecer de esa noche, renunció al ejército y se negó a cobrar ni una peseta más del gobierno de Franco.

Después, lo metieron preso; y se fue al exilio.

(La función del lector II, en: El libro de los abrazos)

Las estadísticas dicen que son muchos los pobres del mundo, pero los pobres del mundo son muchos más que los muchos que parece que son.

La joven investigadora Catalina Álvarez Insúa ha señalado un criterio útil para corregir los cálculos:

–Pobres son los que tienen la puerta cerrada–dijo.

Cuando formuló su definición, ella tenía tres años de edad. La mejor edad para asomarse al mundo, y ver.

(La pobreza, en: Bocas del tiempo)

Buenas historias. Un adulto interpelado por un niño que pide herramientas para entender el mundo que se le ofrece, una niña a la que ese mismo mundo le es negado, una experiencia de lectura que transforma, que convierte al lector en otra cosa de lo que es. ¿No se trata acaso de tres imágenes pedagógicas?

Por último no quisiera dejar de nombrar al Galeano contador de buenas historias y en este sentido al legado de su voz. Nos queda también entonces un gran narrador que –parafraseando a Walter Benjamin-, nunca nos dejará pobres de experiencias.

(1) “Entre imágenes y conceptos”, En: Frigerio, Graciela y Diker, Gabriela (2007) Educar: sobre impresiones estéticas. Del Estante: Bs. As.

 

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