“Hoy, decir la verdad y aplicar la ley parece algo revolucionario”

Horacio Tabares es un reconocido psicólogo social dedicado a trabajar sobre las diferentes violencias que se manifiestan en la sociedad, en particular en el ámbito escolar. Y en especial sobre los efectos de la narcocriminalidad. No sólo ha investigado la problemática, sino que ha desarrollado un prolífico trabajo de campo en los barrios y escuelas, codo a codo con los vecinos y los docentes.

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—¿Qué define esa situación preocupante y conflictiva?

—El peso que lograron en la cultura y en la sociedad el accionar de las agencias narcocriminales, que también atraviesa y tiene sus efectos en las instituciones escolares.

—¿Qué pasa puntualmente en la escuela?

—En primer lugar, hay una erosión del vínculo pedagógico que es el principal soporte de los aprendizajes escolarizados. El segundo efecto, una lesión de la salud mental en los docentes, alumnos y familiares. Y hay una alteración de las situaciones cotidianas de las instituciones escolares. El solo hecho de que por fuerza tengan que estar acorazadas implica una ruptura de aquello tan indispensable como es la relación de la comunidad con la escuela. Esas rupturas y alejamientos son efectos altamente nocivos. Es más, creo que nos quedamos atrasados con las páginas de este libro. Cuando estaba en imprenta una docente comentó que a uno de sus alumnos, un adolescente de 16 años, lo habían llevado a Buenos Aires para una ejecución, de la que él había sido el encargado. Y el chico lo contó en la escuela. El texto y nuestro marco teórico lo vamos construyendo a partir de una práctica social, basada en la observación y en la escucha. Hoy, cuando se habla de estos temas, la verdad es subversiva, porque el poder quiere edulcorar la situación y mira para otro lado. A estas situaciones prefieren taparlas.

—¿Cuál es el efecto cuando pasa eso?

—Cuando hay ocultamiento, aquello que ha sido reprimido retorna en forma más siniestra. Es la dinámica que hemos estudiado en relación a las agencias narcocriminales, lo que ha pasado en México, en Colombia, pasa en Brasil y pasó en Italia. El narcotráfico y las agencias narcocriminales responden al capitalismo de las corporaciones. Y las grandes potencias sobre estos temas han tenido una política hipócrita: han declarado una cosa en los foros internacionales y han hecho otra, fundamentalmente a través de sus agencias de seguridad. Abundan ejemplos. Pero también en esto hay quienes prefieren mirar para otro lado.

—Es común que cuando se aborda el problema detenerse en la cuestión del consumo.

—Hoy hay un paradigma en relación a la seguridad que parecería que la cuestión pasa exclusivamente por incrementar la represión y las fuerzas policiales. Hay políticos que se disputan quién es el primero en traer más gendarmería. Pero está destinado al fracaso. Y además, en definitiva, a donde apunta es a los sectores populares. Se trata entonces de algo más amplio, que aborde lo psicosocial y que las fuerzas de seguridad operen sobre las agencias narcocriminales que efectivamente responden a grandes corporaciones, y que no están ni en Empalme Graneros, ni en Las Flores ni en Santa Lucía.

—¿Cómo impacta la ausencia del Estado en donde crece la violencia?

—Hay que pagar la deuda social, ofrecerles a los pibes horizontes, posibilidades de desarrollarse y estudiar, un laburo digno, vivienda, planes de salud. Generar lugares donde tengan espacios de encuentros saludables, y estén apoyados por los adultos. También hay que hacer un shock de estrategias psicosociales para restituir el tejido social y reparar estas subjetividades que están dañadas. Y para eso el Estado tiene que invertir

—Decir que son problemas “que superan a la escuela” es una constante de los docentes. ¿Es así?

—Totalmente. Hay que ver algunos edificios escolares en qué condiciones están, en qué condiciones van a trabajar los docentes y que necesitan del aporte de equipos de profesionales. En los sitios con alto grado de conflictividad es necesario tener aulas de no más de 15 chicos. A los docentes hay que darles espacio y lugar para que se reúnan, planifiquen, para que las currículas sean operativas y estén de acuerdo con lo que los pibes y el barrio requieren. No descubrimos nada con lo que digo, esto ya lo ha estudiado la pedagogía crítica, Peter McLaren, Henry Giroux y fundamentalmente Paulo Freire. Simplemente vamos a los grandes maestros.

—¿No es cuestión también de aplicar la ley de educación nacional, que habla de la necesidad de sumar otros profesionales al ámbito escolar?

—Hoy, decir la verdad y aplicar la ley parece algo revolucionario. En mi libro cito la Convención Internacional de los Derechos del Niño. Un niño no puede estar en contacto con las drogas, y para eso el Estado tiene que articular estrategias para trabajar con esos niños y prevenir.

—Usted fue convocado por la provincia para trabajar en el Ministerio de Educación ¿Por qué no siguió?

—Fui convocado por la Provincia para elaborar un programa preventivo y surgió Lazos. A principios de 2014 hablé en un programa televisivo de cómo la narcocultura se reproduce hasta en los juegos. Algo que no gustó al Ejecutivo. Me desplazaron a mí y a mi equipo. Por eso sostengo que decir la verdad es revolucionario. Fui a colaborar sabiendo que no era de esa corriente política, pero también que ya no hay más “obediencia debida”. Tiene que haber unidad en la diferencia para abordar un tema donde lo principal es la vida de nuestros chicos. Hay pibes de 15, 16 años que son la variable de ajuste de estas bandas narcocriminales, que yo, a esta altura, creo que hay que denominarlas bandas narcofascistas.

—¿Por qué?

—Por la metodología, los enfoques y por dónde tributan son reproducciones de lo que hemos visto en el fascismo. Estas bandas son otra cara del fascismo. Si no tenemos la inteligencia, el corazón y la decisión para abordar e ir hasta el hueso en esto lo que puede venir es terrible. Por eso este es un grito desesperado de alerta, a gobernantes, a políticos, pero fundamentalmente a la sociedad para que despertemos y pongamos todos los esfuerzos, corazones y nuestra inteligencia para abordar esto. Por otra parte, pareciera que en políticas públicas sobre drogas o trabajamos con este paradigma vigente (de la seguridad) que han gestado los estados monopólicos y que ha fracasado, o lo que se le opone es el paradigma legalizador de reducción de daños. Estamos entrampados en esto. Hay otro paradigma que se asienta en las enseñanzas de grandes sanitaristas argentinos, como Salvador Mazza y Ramón Carrillo, que implica el rescate de la educación, de la salud, de la inteligencia, de la propensión de los grandes valores de la civilidad con la participación de la gente. De la droga se sale cuando hay proyecto.

Trabajo colectivo. “La escuela en la encrucijada. Entre drogas y violencias” (Del Revés Ediciones) se presenta el lunes 20, a las 20, en la sede de Vínculo, Zeballos 2146. El prólogo lo escribió el secretario general de Amsafé Rosario, Gustavo Teres. El libro se conforma a partir de una serie de ensayos sobre los efectos que tienen en las escuelas, los consumos de sustancias y la creciente violencia. De esa experiencia de trabajo colectivo, se nutre cada capítulo. Pero además hace una serie de aportes de cómo es posible enfrentar estas problemáticas. Ideas que también surgen de la práctica, la observación y la escucha. Así pensado, el libro de Horacio Tabares es una herramienta clave para la escuela actual.

 

 

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