Derechos del niño, letra muerta para Rolando

El Capital Rosario, Junio 2015

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El nene de 12 años que llegó a Rosario escapando de la pobreza y encontró la muerte custodiando un búnker.

El titular del periódico volvió a estremecernos: “Mataron a tiros a un chico de 12 años que custodiaba un búnker”.

El absurdo de una vida pequeñita torpemente tronchada nos subleva. Rolando recién comenzaba a caminar las sufridas callecitas de la humilde barriada de Ludueña, en senderos amasados por el barro de la miseria y la esperanza de un futuro mejor. Dejo allí su cuerpito menudo cegado por la bala asesina de otro pibe, que tal vez como él, se había embarcado en una apuesta macabra de defender con su cuero los oscuros intereses vinculados a la droga.

Pienso que en la corta vida de Rolando cristaliza parte del drama que sufre la otra Argentina. Aquella que no fue favorecida por “la mano invisible del mercado”, que no habita en los suntuosos edificios donde para solaz de pocos se goza del infinito de su “río marrón”. No, Rolando como muchos de nuestros hermanos, llegó escapando a la indigencia de un Chaco gerenciado por torvos capataces, y anidó en dolientes geografías, habitadas por gentes que como él soñaban con algo más promisorio para su existencia.

Trama siniestra. A este pibe, como a tantos otros, no lo esperaba el afecto de su maestra de escuela, el plato caliente de la mesa familiar y el picadito en el potrero de la esquina. El, como tantos otros, se topó con ese perverso maridaje que establece el comerciante local, con el policía corrupto y con el político más corrupto aún.

Es en el desanude de esta trama siniestra donde empezamos a encontrar razones para entender el destino de pibes como Rolando que llegan al mundo con sus límites marcados a flor de piel.

Porque estos hermanos, pobres de toda pobreza, huyen de su terruño, expulsados por los dueños de la tierra, para recalar en otro infierno. Es verdad, como acotará alguien, que los consumos de drogas (legales e ilegales) no son patrimonio de las zonas más desamparadas del ejido urbano. También en los colosos de vidrio y acero circulan sustancias de todo tipo. Pero allí, donde crecen los Rolandos, los consumos son más sórdidos, más letales. Como decía un vecino de Ludueña: “Tengo 25 años y soy falopero (drogadicto). Esto es Ludueña papá. Siempre hay alguien que te la vende. Mientras que otra doña acotaba: hay mucha indignación porque nosotros esto lo vivimos a diario. Muchas veces vemos cómo a los pibitos los molían a palos para que vendieran” (1).

Los derechos del niño han sido letra muerta para Rolando.

La muerte evitable de un pibe de 12 años nos subleva, pero si el hecho es consecuencia de una ejecución narco, donde ese niño era esclavo de otro comerciante, nuestra indignación no tiene límites. Es cierto, a este chiquito lo liquidó la pistola insensata de otro (quizás igual a él), pero quienes cargaron las balas habitan otros escenarios, en los que se mueve el dinero fuerte y a donde no llega el dolor amargo de la pobreza.

Derechos. Sin embargo otro interrogante que nos lacera: ¿Dónde están los funcionarios del Estado cuando esto ocurre? A estos señores desmemoriados, hábiles para maquillar situaciones conflictivas, me permito transcribirles un par de artículos de la Convención Internacional por los Derechos de la Niñez, convertida en la Ley Nacional 23.849:

“Art. 32.- Los Estados Partes reconocen el derecho del niño a estar protegido contra la explotación económica y contra el desempeño de cualquier trabajo que pueda ser peligrosos, o que sean nocivos para su salud o para su desarrollo físico, mental, espiritual, moral o social” “Art.33.- Los Estados Partes adoptarán todas las medidas apropiadas, incluidas medidas legislativas, administrativas, sociales y educacionales para proteger a los niños contra el uso ilícito de los estupefacientes y sustancias psicotrópicas?..” (2). El texto es de una claridad absoluta, pero parecería ignorada por algunos, dado que afirma los derechos de los niños contra la explotación y los protege de los consumos de sustancias, remarcando esta responsabilidad en el Estado.

Así es que muchos pibes como Rolando, que son parte de ese doliente universo de los “nadies” que con tanta precisión pintara Galeano, son excluidos de la categoría de niños, quedando invisibilizados por el sistema que solo advierte su presencia cuando son nota en las rojas crónicas policiales.

Deuda social. De chicos como él hemos escrito: “Así es que este pibe ingresa a un sistema perverso donde por imperio de las circunstancias se configura como víctima/victimario. Está armado, él que tendría que estar jugando con otros pibes, juega sí su vida en una guerra extraña, que le es ajena… puede desde allí matar, eliminar, imponer las marcas del terror. Pero él, como el otro, su antagonista, circunstancial enemigo, es prisionero de una malla siniestra, cuyos hilos son movidos desde otros lugares. Intuye quizás, que su vida tiene un precario horizonte e intenta vivir esa fugacidad con premura…” (3).

Para que nunca más tengamos que llorar a otro Rolando.

Por cierto que no son cárceles, ni policías prepotentes, ni leyes duras quienes van a impedir repeticiones de estas escenas siniestras. Hay que resolver la deuda social que condena a miles de hermanos a existir en condiciones inhumanas. Trabajo estable, vivienda confortable y atención de su salud. Necesitamos más y mejores escuelas nutricias, donde docentes dignificados transmitan/construyan colectivamente una cultura del respeto, de la tolerancia y del esfuerzo compartido. Estrategias de reducción de la oferta (que apunte al corazón de los carteles narco), de reducción de la demanda y de atención clínico terapéutica. Pero fundamentalmente apelar al protagonismo de la gente para reinstalar una ética solidaria necesaria para la construcción de una patria donde vivamos con dignidad.

(1) Graciarena, Leo, “El peor final para un pibe en Ludueña”, La Capital, pag.38 14/6/15

(2) Convención Internacional sobre los Derechos del Niño. Asamblea General de la ONU 20/11/89

(3) Tabares, H. “La escuela en la encrucijada: entre drogas y violencias”, Ediciones Del Revés. Rosario. 2015

 

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