“La escuela en una encrucijada”

Por Antonio Capriotti

El Ciudadano Web & gente

Junio 2015

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Educación: Un especialista analiza el impacto de la cultura narco en la comunidad escolar. Para el psicólogo social Horacio Tabares, lo que predomina en el conjunto social se expresa en las instituciones escolares. “Prevalece el consumo de alcohol, que es una de las sustancias psicoactivas legales”, explicó el especialista.

Horacio Tabares es psicólogo y psicólogo social y viene trabajando sobre adicciones, violencia y escuela desde los años 80, en el territorio. Desde esa época, e instalado en Empalme Graneros, trabaja formando operadores sociales y recibiendo reclamos de docentes que, desbordados, le demandan ayuda. Tabares sostiene que la violencia en las instituciones escolares, “no es, nada más y nada menos, que la transcripción de lo que pasa en los contextos sociales conflictivos”.

Los datos incontrastables lo proveen los docentes que “sienten” el impacto del consumo de sustancias psicoactivas acompañado con incrementos de la violencia en las instituciones escolares. “Es un reflejo de la violencia social”, sostiene Tabares y agrega: “Lo que predomina en el conjunto de la sociedad se expresa en las instituciones escolares. Prevalece el consumo de alcohol que es una de las sustancias psicoactivas legales. Los docentes reportan que al comienzo de la semana se perciben indicadores claros de consumos desbordados sobre todo de alcohol. También marihuana y, en menor medida, psicofármacos”.

Para Tabares, las sustancias incentivan los niveles de violencia que aparecen en las instituciones escolares. Si bien siempre existieron algunos tipos de violencias, las de ahora van tomando un cariz más dramático y siniestro.

“Nuestras hipótesis encuentran su raíz en las «culturas narco»”, sostiene Tabares. “Si tomamos un ejemplo nos puede ayudar: el bullyng como conducta de agresión hacia otros, es conocido desde hace tiempo, pero ahora hay chicos que llevan facas y armas de fuego a las escuelas. El escenario es mucho más siniestro que hace unos pocos años atrás”.

—¿Por qué siniestro?

—Porque la violencia alcanza un alto grado de desproporcionalidad. Y no se respetan las condiciones físicas de un otro cercano, de alguien que representa una figura cuasi familiar. Se daña a un compañero, a un amigo. El agresor es alguien que comparte espacio y tiempo con su víctima, a la que inmoviliza y aterroriza.

Para Tabares, “se ha instalado en nuestra sociedad una cultura narco, agrupamientos narcocriminales que han crecido y se han desarrollado en los grandes centros urbanos del país, en los últimos años y que se están encargando de implantar modalidades feroces de imponerse, donde el terror forma parte de esa cultura, justamente para imponerla. Por eso se encargan de emitir un mensaje que subordine a quienes no conocen sus metodologías e, incluso, un mensaje para adentro de su propia gente. De este modo, logran imponer su hegemonía en los barrios”.

Rosario nos muestra este escenario con macabra insistencia. Hace pocos días un prepúber caía baleado desde el techo de una precaria construcción. Custodiaba un búnker en un barrio de la ciudad, con un arma de fuego y una molotov. Allí, en Rolando, están dramáticamente sintetizados el terror y lo siniestro.

Con la precisión de un profesional y con el dolor de un hombre, Horacio Tabares, ensaya un recorrido por su hipótesis: “En él, en ese chico prepúber, se cristalizan como mensaje lo siniestro y la implantación del terror. Un chico, que es empujado a repetir conductas que se dan en poblaciones que están en estado de guerra. Es como instalar un foco de guerra en medio de una ciudad que permanece indiferente y ni siquiera registra el hecho ni su gravedad. Lo que ocurre con estos hechos, es que no «alcanzan» a hacerse «comprensibles», en el medio donde irrumpen. Esto es justamente lo que nos conmociona y le dan a estos hechos su carácter siniestro”, enfatiza Tabares.

—No resulta difícil entender lo que estos mensajes buscan crear en la gente; lo que se hace difícil de comprender es que haya irrumpido con tanta brutalidad, lo por usted denominado, ‘la cultura narco’.

—Son formas de instalar hegemonías. Modalidades de ciertas características. Últimamente en nuestros grupos de estudio barajamos como hipótesis que estos agrupamientos narco están emparentados con los diferentes tipos de fascismos, por varias razones; en primer lugar, porque son expresiones de concentración de grupos corporativos que manejan un gran poder económico y un alto poder de fuego. Por la metodología con la que imponen una cultura, buscando subordinación para ejercer su hegemonía; y, a su vez, aparecen, frente a una población que va quedando indefensa, a la que le ofrecen prebendas, mostrando su costado populista. Grupos con comportamientos paternalistas y con perfil de pseudo protectores.

—¿Cómo se vuelcan esta cultura y sus comportamientos a la dinámica escolar?

—Uno de los objetivos atacados apunta a la erosión del vínculo pedagógico encargado de lograr el aprendizaje escolar; el otro es la alteración de la salud mental de los actores sociales vinculados al hecho pedagógico, es decir docentes, alumnos y padres. Y el otro es la modificación de la vida cotidiana escolar, la que, por efecto de los actos violentos hace que la institución escolar se vea forzada a «acorazarse»: enrejados, candados, medidas precautorias de la comunidad educativa para evitar que la violencias desde afuera se filtren para adentro. Una institución que debería estar abierta a la comunidad se «cierra» para autodefenderse, cuando en realidad debería ser lo contrario: trabajar para que aumente el caudal de comunicación entre escuela y comunidad.

Propuestas

Cuando se le piden propuestas para disminuir el índice de violencias en las instituciones escolares, Tabares se muestra cauto, aunque firme: “Hablamos de propuestas”, dice, “sólo pensando en aquello que es posible hoy. Por empezar si la sociedad no disminuye sus niveles de violencia, va a ser muy difícil disminuirlos en las instituciones escolares.

Luego, es preciso e impostergable el control sobre tráfico de drogas y de sustancias psicoactivas. Mientras tanto es necesario controlar los niveles de consumo. Hay algo que nosotros hemos aprendido. que es posible, pese a los contextos, generar climas institucionales que favorezcan la instalación, la circulación y la aprehensión de una cultura de la tolerancia y de respeto. Estos climas institucionales son laboriosas construcciones que tienen que realizarse a partir de encuentros, en primer lugar entre los docentes, pero también entre alumnos. Reflotar e incentivar a los consejos en los que los mismos alumnos establezcan normas de funcionamiento consensuadas con la propia comunidad docente. Trabajar e interrogar las relaciones refractarias. Entendemos por relaciones refractarias aquellos vínculos que son inconducentes como para generar un clima de trabajo y participación y de comprensión mutua entre docente y alumno, todo lo cual tiene que ver con propuestas pedagógicas”.

—Ustedes hablan de adolescentes preventores y de madres preventoras, ¿nos puede explicitar?

—Es un trabajo focalizado en formar a adolescentes preventores que no es otra cosa que incentivar el protagonismo de los adolescentes y de sus familiares para que se capaciten y puedan actuar ayudando a sus propios compañeros y vecinos del barrio en la tarea de prevenir el consumo de sustancias. Los que mejores pueden transmitir una cultura preventiva son los integrantes de una población involucrada en el problema. Este dispositivo busca generar un grupo de adolescentes, madres y padres que estén involucrados en llevar esta propuesta a la comunidad educativa y barrial. Hemos experimentado este sistema con cierto éxito en algunos lugares.

—¿Contempla, además, la implementación de mecanismos intrainstitucionales?

—Sí, de hecho, ya hay algunos que funcionan: cooperadoras, asociaciones de padres, centros de estudiantes. Además los docentes pueden, y algunos lo hacen, transformarse en referentes institucionales.

—¿Reciben muchas consultas de docentes?

—Justamente, son los docentes quienes tienen la necesidad y nos demandan capacitación, contención y ayuda para enfrentar diariamente estos temas vinculados a la violencia y al consumo de sustancias psicoactivas. La escuela en la encrucijada. Entre drogas y violencias; es un libro que escribí, presentado este año, con el objetivo de hacerlo llegar a la comunidad que necesita herramientas para enfrentar el desafío cotidiano de bajar los niveles de violencia social e institucional. Por otro lado, toda actividad de capacitación es ya y de por sí una actividad preventora”.

 

 

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