Jóvenes: un tema que insiste

Inés Dussel // Myriam Southwell

REVISTA El Monitor.  Nº 28.

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La cuestión de la juventud es un tema que insiste en las sociedades humanas. Muchas veces en forma de descontento y otras de celebración, la juventud convoca varios asuntos importantes para las sociedades: el vínculo con los nuevos y con lo nuevo, la mortalidad, las temporalidades heterogéneas, el poder entre las generaciones.

 

No es casualidad entonces, que casi todos los grandes filósofos y escritores se hayan referido a ella. Por ejemplo, Aristóteles se quejaba de los jóvenes de su tiempo porque solo hacían caso a “la voz de sus pasiones” y por eso no podía confiárseles la política ni las lecciones importantes.1 Parece que la referencia despectiva a “esta juventud de ahora”, como bien lo señaló María Zambrano en un hermoso texto en 1964, viene de lejos.2 Las escuelas están llenas de frases que remedan la expresión “Esta juventud de ahora”.

 

Solemos escuchar que “son abúlicos, desinteresados, pasatistas, irrespetuosos” o menos participativos y con menos inquietudes de aquello que los adultos creemos recordar que fuimos en nuestro tránsito juvenil. Pero también está el reverso: hay quien cree que tiene que borrar toda distancia y confundirse con los jóvenes, imitar su lenguaje o sus gustos, no porque sean los propios sino porque se considera que es la única manera de entenderlos y educarlos.

 

Aunque en este segundo caso haya una intención más hospitalaria con lo nuevo, hay que decir que en las dos actitudes, los jóvenes –en su singularidad y en su distancia generacional– quedan desdibujados; y también habría que decir que es la posición adulta la que aparece más desdibujada en su posibilidad de abrir diálogos entre temporalidades y entre generaciones diferentes.

 

La educación se produce siempre en la brecha del tiempo, y convertir esa brecha en un abismo insalvable es tan problemático como hacer de cuenta que no existe. La transmisión se produce –consciente o inconscientemente– desde la densidad del presente, interrogando a la vez el pasado y el futuro, y proponiendo identidades generales y particulares. El problema de la transmisión se vincula con el problema de las formas de filiación generacionales.

 

Como sabemos, a la escuela no le toca una tarea fácil ya que uno de los aspectos que se ha visto conmovido en los últimos años es la relación entre presente y futuro. Este aparece más incierto y más abierto de lo que aparecía antes; el horizonte del progreso, la estabilidad laboral y la movilidad social no están garantizados, como lo muestra la historia reciente argentina de crisis y caídas. Ello genera una tensión entre distintas experiencias del tiempo, que ha hecho estallar ese tiempo lineal del progreso que estaba en la base del proyecto de la educación moderna.

 

Hay otro elemento que complica aún más el panorama, y que tiene que ver con cierta carga negativa adscripta al futuro. Nos animamos a decir que los jóvenes hoy condensan las preocupaciones adultas en torno a los cambios sociales y escolares. Los jóvenes más problemáticos

son los recién llegados a las instituciones educativas, los más pobres, los que tienen menos internalizadas las formas de “ser alumno” o que tienen pautas de crianza menos familiares para quienes ya estamos en las escuelas desde hace varias generaciones. Esos recién llegados cargan más frustraciones y resentimientos por la exclusión y la marginación que padecen; digamos que no es fácil crecer en un mundo que estimula un consumo sin límite y a la par distribuye muy desigualmente la posibilidad material de acceder a él. Por otra parte, los jóvenes –no solo los pobres– también condensan los miedos adultos acerca de lo nuevo: las nuevas tecnologías, los  cambios en los vínculos sociales, las redefiniciones de la sexualidad, el borramiento de límites entre lo prohibido y lo permitido.

 

Los adultos estamos viendo cómo cambia el mundo y muchas veces no tenemos pautas ni parámetros para actuar frente a nuevas transgresiones o cuestionamientos de los jóvenes.

¿Qué hacer, entonces? Proponemos pensar a la juventud en relación a la tarea central de la escuela, la transmisión de la cultura en la brecha entre las generaciones, y pensar esa tarea en este tiempo que nos toca. Hay un texto de un filósofo alemán, Walter Benjamin, que nos gusta especialmente para pensar este problema. Él escribió en 1913 que la escuela es la institución encargada de conservar para la humanidad el patrimonio de lo logrado por ella ofreciéndolo continuamente a las nuevas generaciones. Hay una tarea humana general en la preservación de una cierta herencia cultural, que por otra parte, y como no podría ser de otra manera si se trata de

algo que nos concierne a todos, siempre  está en disputa.

 

Si la escuela “lega” cierta herencia y vínculo con el pasado de la humanidad, Benjamin destaca que la juventud le ofrece a la escuela el futuro. Tener confianza en la juventud es permitirle educarse, tomarse en serio, y también renovar las esperanzas sobre el futuro con nuevos diseños que los adultos ya no somos capaces de imaginar. Eso no niega nuestro lugar de adultos; al revés, lo coloca en un plano de una responsabilidad mayor a la que estamos acostumbrados, porque nuestra función no es solamente enseñar matemáticas, lengua o ciencias, sino es hacerlo preguntándonos qué de eso que estamos enseñando lo ayudará a crecer mejor en este mundo; que es complejo, injusto y violento pero también capaz de crear lazos fuertes de solidaridad, causas justas, vínculos de amor entre los humanos y actos de belleza. Subrayamos la dualidad porque creemos que muchas veces  nos quedamos solamente en el señalamiento del polo pesimista, y negamos la posibilidad de que algo nuevo, algo mejor, suceda por y para los jóvenes.

 

María Zambrano, en el texto que citamos al comienzo, recomienda “seguir o empezar a hablar con los jóvenes, y borrar de nuestro vocabulario” la frase “esta juventud de ahora”. Tal vez una opción para volver a pensar en los vínculos entre las generaciones que se ponen en juego en la escuela

será restituir lo contingente y disruptivo de las distintas temporalidades que entran en diálogo en la escuela, y pensar en un nuevo “nosotros” escolar. Habría que dar una forma distinta a la comunidad, surgida de una experiencia común de compartir aprendizajes de no poca intensidad y, por lo tanto, no exenta de conflictos.4 En ese espacio, cobra sentido una escuela donde los adultos, además de transmitir una experiencia, de construir un relato acerca de la ciudadanía y la participación en el mundo, la brinden como “bitácora” que no invalida otras formas de actuar, sentir y crear que aportarán los jóvenes. No hay que imaginarla armoniosa, cual final feliz de película de Hollywood; pero tampoco hay que condenarse a escenarios donde prima la frustración y la confrontación. Como dice Zambrano, seguir o empezar a hablar con los jóvenes es buena idea, y habrá que hacerlo con menos prejuicio e impugnación; y con más reconocimiento del valor y del lugar de cada uno en ese diálogo.

 

1 Aristóteles, Ética a Nicómano, citada en Skliar, C.,“La crisis de la conversación de alteridad” (2008), disponible en:www.grupalfa. com.br/arquivos/Congresso_trabalhosII/palestras/Skliar.pdf.

2 María Zambrano,“Esta juventud de ahora” (1964), en: Filosofía y Educación (Manuscritos), Málaga, Editorial Ágora, 2007, pág. 95.

3 “La reforma escolar: un movimiento cultural”[“Die Schulreform, eine Kulturbewegung”, 1912], en: Benjamin,W., La metafísica de la juventud. Barcelona, Paidós, 1993.

4 La necesidad de “intensidad” de la experiencia escolar aparece por su opuesto, la experiencia cotidiana de muchos jóvenes de escuelas donde “no pasa nada” y donde termina constituyéndose una “escolaridad de baja intensidad”, como la define Gabriel Kessler [cf. Kessler, G. Sociología del delito amateur. Buenos Aires, Paidós, 2004].

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