Los jóvenes y las memorias

Sandra Raggio. Revista Monitor N° 28

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“Sí me parece importante para saber un poco, o sea

para tener cultura de tu propio país, pero hay veces

que hablan tanto que no te queda nada, porque te

cansan…”. Celina, 17 años, Bragado, provincia de Buenos

Aires.

“[Una maestra de Construcción de Ciudadanía] me

decía que en la época militar hubo una época buena,

pero mis amigos no se quedan con eso porque yo desde

el primer grado que vengo jodiendo así, entonces

ahora me buscan a mí para hablar… Y me creen a mí”.

Juan, 16 años, 25 de Mayo, provincia de Buenos Aires.

Juan y Celina ponen en evidencia lo que muchas veces cuesta tener en cuenta cuando se piensa en la transmisión de las experiencias pasadas a las nuevas generaciones: más que receptores pasivos de una historia –para ellos lejana en el tiempo– pueden convertirse en verdaderos emprendedores de memoria. Con esta premisa, hace nueve años, desde la Comisión por la Memoria de la provincia de Buenos Aires, se lanzaba el programa “Jóvenes y memoria. Recordamos para el futuro”. Desde aquel 2002 hasta hoy han transitado la experiencia más de 15.000 estudiantes secundarios.2 La propuesta consiste en investigar el pasado reciente de la comunidad donde está inserta la escuela durante todo el ciclo lectivo.

 

No se fijan límites temporales precisos, solo se insiste en la escala local y que el tema se inscriba en un amplio eje: “autoritarismo y democracia”. En los primeros tiempos la cuestión de la dictadura, en sus distintas dimensiones, dominaba el espectro de los problemas de investigación elegidos, aunque nunca fue la única. Sin embargo, poco a poco comenzó a darse una mayor diversidad y los problemas actuales fueron ocupando un espacio cada vez más relevante: desde la violencia de las fuerzas de seguridad sobre los jóvenes hasta los problemas socioambientales que padecen en sus comunidades.

 

La difusión es más boca a boca que por las vías institucionales a través del sistema educativo o los medios de comunicación; así, cada año se suman un 50% más de equipos participantes. El último año fueron casi 400 escuelas. Un buen porcentaje de ellas permanecen en el programa durante años, algunas han tenido una asistencia perfecta desde el inicio. Ni docentes ni estudiantes cuentan con todo el espacio y el tiempo institucional en la escuela para desarrollar el proyecto; al contrario, trabajan horas a contraturno e incluso fines de semana y feriados. Aun así el interés no disminuye, todo lo contrario: crece año a año.

 

¿A qué se debe tanto entusiasmo? No voy a intentar dar una respuesta acabada, solo señalar que lo distintivo del programa en las políticas de memoria es la centralidad del protagonismo juvenil. Podría conjeturarse con cierta certeza que este es el principal motivo de que una iniciativa permanezca tantos años sin perder capacidad de convocatoria, sino todo lo contrario. Desde sus comienzos, se propuso promover la incorporación de los jóvenes al proceso de elaboración social de la experiencia histórica reciente, marcada a fuego por la última dictadura militar.

 

No fue solo una propuesta novedosa para enseñar ciencias sociales, sino sobre todo una intervención política para promover un trabajo acerca del pasado que lograra ampliar los marcos de la memoria social, incorporando las preguntas (y las respuestas) de las nuevas generaciones.

 

Como señalamos al principio partíamos del supuesto de toda pedagogía crítica: los alumnos son sujetos activos del acto educativo, no destinatarios pasivos. Y así fue: el programa ha sido apropiado y resignificado por los jóvenes. Hay marcas que lo revelan. Una de ellas es la innovación en las temáticas propuestas. Los estudiantes enlazan el pasado y el presente de modos diversos, encontrando puentes inesperados. Si su punto de partida es la discriminación que pesa sobre ellos por habitar un barrio estigmatizado por la violencia y la pobreza, logran reelaborar su identidad descubriendo su historia de organización y solidaridad silenciada por mucho tiempo. Un arroyo de aguas servidas al que casi ya se acostumbraron, pues así fue desde que nacieron, es redescubierto como un curso de agua casi cristalina hace cuarenta años. Después vino la ausencia del Estado, la acción depredadora del medio ambiente de las empresas privadas, el empobrecimiento de los sectores populares.

 

Las placas recordatorias amuradas en las paredes de la escuela provocan ciertas preguntas que interpelan las marcas de la memoria dejadas por las generaciones anteriores: quiénes son los recordados, quién falta, quién no debería estar2. En los múltiples relatos, una y otra vez, van encontrando los eslabones perdidos de una historia que nunca les fue contada.

 

Otra de las señas de esta participación juvenil es la proliferación de voces. A partir de las palabras de las viejas generaciones, ellos van tejiendo la urdimbre de la historia. Pero las voces que cuentan no son solo aquellas que han ocupado el lugar central en el relato del pasado reciente: los familiares y afectados directos de la represión.

 

Por el contrario, en la escena van emergiendo otros protagonistas, pues las nuevas generaciones necesitan tramitar esa experiencia dando cuenta de las múltiples perspectivas. “Ver las distintas opiniones, tratar de entender también a la otra persona que capaz que lo ve desde otro punto de vista, entonces aceptar también otras…, otras interpretaciones de lo que pasó […] porque me interesa saber por ahí por qué los desaparecían, por qué mucha gente se tuvo que ir del país y ver, no sé, analizar por ahí qué postura también tenían los militares para llegar a todo eso que hicieron”. Paula, Junín, provincia de Buenos Aires.

En la mayoría de las investigaciones, los “vecinos”; es decir, el de “al lado”, es convocado a hablar. En ocasiones cuentan lo que vieron: un operativo de secuestro, un falso enfrentamiento. En otras, cuentan lo que vivieron: experiencias organizativas en la fábrica o el barrio, la represión, la desocupación, el miedo. También sus relatos reponen en palabras lo que pasa hoy: la pobreza, los problemas en el trabajo, en el barrio, en la escuela.

 

Finalmente, los jóvenes no solo reciben lo dado, sino que exhuman, escarban, buscan lo oculto, lo silenciado: descubren. Y en este ir y venir del presente al pasado, se va quebrando la percepción del tiempo como presente continuo y por tanto la naturalización de lo que sucede aquí y ahora. Porque en definitiva lo que nos desafía, en este tipo de iniciativas, es de qué manera el pasado significa en el presente:

 

“Yo creo que para eso sirve tener memoria y conocer el pasado, para poder decidir cosas en el presente, ¿no? Y poder tomar decisiones sabias”. Laura, 17 años, San Martín, provincia. de Buenos Aires.

 

* Historiadora. Docente e investigadora de la facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Coordinadora del Área de Investigación y Enseñanza de la Comisión Provincial por la Memoria.

1 El programa se ha ido extendiendo también a otras provincias: Chaco, Santiago del Estero, Chubut y Entre Ríos.

2 En el ex Colegio Nacional de Morón, por iniciativa de un grupo de alumnos se quitó la placa que recordaba a un antiguo director que hoy es indicado como colaborador de la dictadura. En la Media 20 de San Martín, luego de varios años de investigación acerca de quiénes eran los que figuraban en la placa en conmemoración de los desaparecidos de la escuela, descubrieron que faltaban nombres; entre ellos, el de Norma Arrostito, militante montonera, ex alumna de la escuela, desaparecida de la ESMA. Con esta omisión descubrieron también los silencios que son parte constitutiva de las memorias de la dictadura.

 

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