Las nuevas militancias, entre la plaza y las redes sociales.

Sergio Balardini*/ Revista El Monitor N° 28 . Buenos Aires Argentina

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¿Qué hay de nuevo en la militancia juvenil? Modos, sensibilidades, temas y herramientas. Nada más y nada menos. Sin embargo, eso no significa que todo lo anterior haya perdido vigencia.

Podemos situar un cambio en la marea, en la feroz crisis de comienzos de siglo (política, institucional y económica; 2001-2002), cuando muchísimos chicos y chicas salieron a la calle y se comprometieron en acciones de participación solidaria, en múltiples iniciativas novedosas, construyendo redes y colectivos informales las más de las veces, pero también desde organizaciones sociales. En ese momento, se produce un quiebre con el modelo de participación minimalista anterior, y vemos surgir preguntas que podían dar cuenta de una incipiente politización. Nos hablaban de sus ganas de participar, del sentido de sus acciones, del valor de la solidaridad, junto con un intenso cuestionamiento de la política partidaria y sus figuras más conocidas.

 

Una extendida sensación de no contar con partidos y figuras políticas confiables. Participación sí, pero no en partidos. Allí aparecía la brecha. Era el tiempo de la consigna “Que se vayan todos”.

 

Estos jóvenes habían atravesado el neoliberalismo de los 90 cuando la política, como herramienta de intervención para la transformación, era señalada como un obstáculo al desarrollo, y se pretendía que el “mercado” desplazara al Estado como organizador social. Al mismo tiempo, en los discursos se constituía la realidad como algo “dado”, inmodificable en su estructura (“Pobres habrá siempre”). En ese marco, la política se redujo en esos años a pura técnica y administración de las cosas: la gestión de los gerentes.

 

En consecuencia, la participación prohijada por el neoliberalismo tenía dos caminos: o la participación gerencial, desde el “saber” de expertos o profesionales, que derivaría en militancias PRO; o bien, una participación “minimalista” (desde las ONG o los mismos partidos políticos) que buscaba cambiar las cosas en espacios acotados, porque los otros espacios se suponían vedados al cambio.

 

En consecuencia, la salida de la crisis nos deposita en 2003, con muchos y muchas jóvenes participando en diferentes formatos, dispositivos y ámbitos; y abriendo un amplio arco de nuevas temáticas, que no hallaban cauce hasta entonces. Al mismo tiempo, las encuestas nos indicaban su intención de apoyar, y eventualmente movilizarse, por diferentes causas, como la educación

pública, la defensa del trabajo, los derechos humanos, derechos de minorías, etcétera; pero la participación en partidos o agrupaciones políticas continuaba con bajos índices.

Y allí comienza un nuevo capítulo, hasta hoy abierto. Sucede que el nuevo gobierno provee un marco político –que rompe con el anterior– en el que, poco a poco, se recupera la dimensión de la política como lucha de intereses y herramienta de transformación de la sociedad.

 

Sus disputas con las corporaciones, los militares de la dictadura, la Iglesia conservadora, los organismos internacionales de crédito, los medios de comunicación concentrados, tienen el efecto de ampliar la frontera de lo que se aceptaba como “posible” y genera, en consecuencia, una agenda con fuertes debates, sumamente atrayente, en especial para muchas y muchos jóvenes ávidos de ideas de justicia y solidaridad quienes, desencantados de la política (muchos de ellos participantes en organizaciones sociales o proyectos culturales), comienzan a ver con simpatía el proceso iniciado.

 

Claro está, también se habilitan preguntas y se despierta el interés en otros que no necesariamente acuerdan con las acciones de gobierno o el modo en que son llevadas a cabo. En cualquier caso, por un lado, que la política vuelva a concebirse como un espacio desde el cual la realidad puede transformarse; y,  por otro lado, la identificación con oponentes de grupos o sectores que detentan poderosos intereses es un magma que inyecta nueva energía a la política.

 

Una concepción, además, que entronca con los tiempos en que la política era entendida como lucha (sin asimilarse a ellos), lo cual puede darle el plus de una genealogía en tiempos como los actuales, “sin historia”, de sobrecarga de presente.

 

En consecuencia, se advierte una “nueva politización” de los jóvenes (y “re-politización” de la sociedad), que se dio lenta y gradualmente, hasta mediados de la década; y luego se pronunció más, y alcanzó su cenit en este 2010. Una mayor cantidad de jóvenes se interesan por la política, o por “temas políticos”, se hacen preguntas, expresan su indignación, se movilizan; y una parte de ellos se acercan a los partidos, sin que esto signifique la masividad de otras épocas (con sus contextos, productores de sentido, tan diferentes).

 

Muchísimos jóvenes (de clase media y sectores populares) expresan una voluntad de participar, de acompañar, sin llegar a la militancia tradicional.

 

Y en este punto –hay que advertir– estos jóvenes, los de hoy, además de diversos y diferentes, son varones y mujeres con vidas complejas y múltiples situaciones y responsabilidades, que han vivido en familias más democráticas que las de sus padres (quienes, en muchos casos, decidieron romper con ellas o sus códigos), que aprendieron a negociar tempranamente y en su seno; para quienes las tecnologías digitales representan no una mera herramienta, sino la creación de nuevos campos de experiencia y despliegues vitales, sitios en los que residen y donde no son objetos de uso.

 

Estos jóvenes representan un desafío para la reproducción de los partidos políticos y, en ese sentido, para la democracia misma. En su diversidad, es difícil imaginar acuerdos generacionales univalentes, proyectos “monocausales” como los que pudo sostener alguna generación anterior, tanto como el modelo vertical de “bajada de línea” clásico, en un mundo de relaciones mucho más horizontal y democrático y en el que las redes tensionan y desafían permanentemente los modos organizacionales tradicionales, y la circulación y distribución del poder que de ello deriva.

 

Por eso mismo pensamos que las viejas formas de inclusión partidaria podrían encuadrar solo a una parte de ellos. Sin embargo, los partidos y sus juventudes orgánicas tienen en el presente una gran posibilidad de sumar o articular participación de diverso tipo; pero para eso necesitan de líderes convocantes, estrategia política atractiva, trabajar temas de interés variados (género, diversidad sexual, minorías, cultura libre y colaborativa, reducción de daños, comercio justo, medio ambiente, consumo responsable, entre otros; además de los clásicos como educación, empleo, salud y cultura) y dispositivos de participación novedosos, abiertos, escalables, modulares, temporales, tecnológicos, que permitan incluir y articular voluntades de variado modo.

 

Con nuevas estéticas, de las que los festejos del Bicentenario hicieron muy buen eco. Y aprovechando el vínculo generacional con las nuevas tecnologías y sus artefactos siendo que, en general, los jóvenes viven con ellas, atravesando barreras sociales, como sucede especialmente con el celular.

 

Estamos frente a una nueva sensibilidad tecnosocial, que organiza buena parte

de la vida. Ahí encontramos a sus blogs como espacios programáticos y de debate, su participación en redes como Facebook, que combinan recursos que van desde la misma capacidad de interacción, pasando por las membresías y comunes intereses, hasta el aporte a la construcción de identidades y el uso de Twitter, como plataforma de agitación y movilización. Se habla de cibermilitantes como un nuevo frente de trabajo político, pero también puede pensarse que estamos ante un nuevo campo sociocultural en el que disputar comunicacionalmente la hegemonía del sentido.

 

Hoy, pensando desde un punto de vista generacional, ya no es posible hacer política sin estas tecnologías, si bien no puede afirmarse que se puede hacer política solamente con ellas. En cierto punto, que la política resulte atractiva (en general, y a los jóvenes en particular), seguirá dependiendo más de la política y los políticos, que de las tecnologías de uso.

 

Esta generación, compuesta por jóvenes tan diversos y complejos, no se reconoce en la utopía de destino y sentido final, propia de los años 70, al tiempo que se aleja rauda del minimalismo administrativista de los 90.

 

Hoy, vemos surgir una suerte de “utopías para la vida”, para cambiar y mejorar la vida. No son miradas de largo plazo con final predeterminado, son miradas del presente, del aquí y ahora, de la necesidad, pero también de la urgencia de construir una vida que valga la pena vivirse entre todos. Por eso, las actuales tomas de escuelas comienzan a pedir por educación de calidad, no socialismo, pero tampoco solo estufas y tizas.

 

*Programas de Juventud de la Fundación Friedrich Ebert.

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