¿Qué hay que saber hoy del ensayo?

Por Marina Cortés y Beatriz Masine *

Revista El Monitor N° 28 Buenos Aires, Argentina.

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“El ensayo no es solamente la articulación

de un pensamiento, sino la

articulación de un pensamiento como

punta de lanza de una existencia empeñada”.

Vilem Flusser

La imagen de un hombre moderno encerrado en un castillo medieval leyendo y, al mismo tiempo, creando una nueva forma de explorar el pensamiento a través de meditaciones sobre un tema sin la intención ni de exhaustividad ni de sistematización filosófica nos remite al pensador francés Michel de Montaigne, creador del ensayo moderno. La historia de la cultura le reconoce la paternidad del género no porque no se hayan escrito ensayos antes de 1781 – los diálogos de Platón, las confesiones de San Agustín, las cartas de Pablo, entre otros escritos, pueden ser leídos como ensayos– sino porque esta modalidad discursiva en la que una primera persona sostiene la exploración de los temas que le preocupan y los recorre sin arribar a ninguna certeza, pone en cuestión saberes y creencias heredadas, hace anotaciones y comentarios en los márgenes sobre lo que lee para luego transformarlos en materia de sus escritos, nace con Montaigne.

 

Este antecedente fundacional modela el género. El crítico literario y ensayista argentino Jaime Rest acuñó una metáfora elocuente para delimitar el espacio que en una imaginaria biblioteca literaria ocuparía el género: “Un cuarto en el recoveco”. Topos del margen para un género que se originó en los márgenes de las páginas y que desde allí eligió diferenciarse de la búsqueda de la certeza y del rigor científico perseguido en los tratados.

 

Afortunadamente, es difícil atrapar este género en una definición, ya que la variedad de formas y asuntos y la libertad de estilo son sus marcas constitutivas. De cualquier modo, podría decirse que se trata de un género en el que predominan las ideas, y que su propósito es lograr la adhesión del lector o del auditorio a una tesis que se sostiene de manera fundamentada. Sobre la base de esta caracterización, al ensayo se lo inscribe en el campo de la argumentación.

 

Pero lo singular de este género es que por la preocupación estética y el particular trabajo con el lenguaje forma parte, al mismo tiempo, del discurso literario; la fascinación que ejerce sobre el lector se debe no solo a lo que dice sino a cómo lo dice (“el contenido de la forma” del que habla Adorno).

 

En nuestro país, la tradición ensayística, que nos retrotrae al nacimiento de la literatura nacional con El matadero y Facundo, ha tenido tanta o mayor relevancia que la literatura de imaginación. Rest lo atribuye a que “nuestra historia con frecuencia ha sido polémica, y el ensayo constituyó uno de los vehículos –casi podría decirse una de las armas– más eficaces para dirimir controversias”. Huelga decir que sigue siendo uno de los géneros más frecuentados por escritores y lectores.

 

El ensayo en el aula

Trabajar este género en la escuela secundaria implica una serie de consideraciones. La idea de un sujeto involucrado en su palabra y en los temas que elige explorar implica de por sí cierta complejidad que el o la docente seguramente tendrá en cuenta, pero al mismo tiempo ofrece la oportunidad de comprometer la palabra de los chicos desde sus propios intereses.

 

Para trabajarlo, más que poner el acento en descripciones de las características del género y en las estrategias argumentativas, es necesario estimular la inventio, esto es ayudarlos a encontrar qué decir y cómo decirlo; acompañar a los alumnos en la exploración de los temas que para ellos funcionan como el “punctum” barthesiano. Es decir, aquellos que los punzan, los interpelan por motivos diversos, les producen el desafiante interés de explorarlos porque se relacionan con algo que los inquieta, con la presión de lo indecible que quiere ser dicho [Barthes]1.

 

Esta etapa de la inventio previa a la escritura se ve favorecida cuando el docente abre espacio para que alumnas y alumnos tomen la palabra, acicateando y moderando los debates acerca de esos temas y problemas, a fin de que vayan libremente construyendo –con idas y vueltas, dudas y certezas– sus puntos de vista y sus modos de sostenerlos, fundamentarlos frente a sus compañeros y docente.

 

Poner en juego la dupla lectura-escritura es una forma de trabajo irrenunciable, ya que la generación de ideas proviene en gran parte de las experiencias de lectura que se transiten, de las conversaciones en un cuerpo a cuerpo con los alumnos para analizar juntos la potencialidad de los temas; para escuchar sus esfuerzos en la búsqueda de su propia voz, sus desasosiegos frente a las orientaciones del docente que le pide que regrese sobre lo escrito y encuentre otros modos de decir; y finalmente la emoción que les produce saber que han logrado resolver el desafío de la consigna. Este modo de trabajar los ayuda a localizar los recursos más aptos para lo que quieren expresar en tanto el ensayo, por definición, obliga a pensar y explorar un estilo, a encontrar un tono desde el que enunciar.

 

En definitiva, se trata de un género que debería estar muy presente en las aulas, pues propicia experiencias de pensamiento a través de las cuales los chicos ponen en duda lo que “dan por sentado”, desarticulan los estereotipos y clichés, toman distancia del mundo y del lenguaje, combinan lo dado de manera nueva, desarrollando de este modo su pensamiento crítico.

 

* Integrantes del Equipo Curricular del Área de Lengua, Ministerio de Educación de la Nación.

1 Barthes, Roland. Variaciones sobre la escritura. Buenos Aires, Paidós, 2003.

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