Mucho más que dar clases

Javier Betteto, maestro rural mendocino/ Revista Monitor N° 1 Ministerio de Educación – Argentina

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Tiene 36 años y buena parte de su experiencia docente la hizo en una zona de pobreza extrema, donde tan importante como enseñar era ayudar a sobrevivir. “Los domingos sentía angustia por lo que me iba a encontrar al día siguiente en la escuela”, dice. La pequeña historia de un gran luchador.

 

Se llama Javier Betteto, pero para la mayoría de sus alumnos es “El maestro Pedro”. Tiene 36 años y vive junto a su mujer y su hija en una casa prefabricada en El Borbollón, Las Heras, a 20 kilómetros de la Ciudad de Mendoza. Ahí, en un paisaje dominado por la aridez, los Betteto conviven con cuatro perros, un caballo y varios animales de campo.
Javier es joven pero acredita doce años dedicados a la docencia en diferentes escuelas. Inició sus estudios en el Colegio Normal cuando -dice- “era nacional todavía”, en busca de una rápida salida económica y luego de tres años se encontró como profesor de enseñanza primaria. En el Normal conoció a Gabriela, su mujer, que también es maestra.

 

Una vez docente, Javier trabajó durante años hasta que se asentó en la Escuela Casimiro Recuero, enclavada en medio de una comunidad cuyo principal sustento es lo que se recoge de un enorme basural cercano, donde van a parar los desperdicios de miles de mendocinos. En La Recuero, como la llaman, estuvo siete años. Allí sus alumnos lo bautizaron “El maestro Pedro”.

 

Su primera experiencia como docente le dejó sabiduría pero también frustración. “Ahí la realidad es más que dura”, reflexiona Javier. “Es una escuela donde no te ves proyectado como maestro a partir de los resultados en el aula. Es muy bajo el rendimiento de los chicos por la falta de alimentación. Es pobreza estructural. En esa zona tenés abuelos de 35 o 40 años porque los embarazos son a los 11”. El dato es tan conmovedor que Javier se preocupa en aclarar que esos casos “No están vistos como abusos por la comunidad, pasan a ser algo común”. En medio de la charla, su esposa Gabriela, actualmente docente en esa escuela, aporta un dato que intenta explicar más el contexto. “Las alumnas están preocupadas porque terminan la primaria y ya se tienen que casar o tener hijos, porque después son muy grandes”.
Javier libró más de mil batallas para mejorar las condiciones en las que los alumnos recibían clases en esa escuela marginal. Esfuerzos que incluyeron la creación de nuevos grados, viajes en bicicleta o a caballo para reclutar alumnos en sus casas y hasta un corte de ruta -del que participó toda la comunidad- para impedir que instalaran una planta de residuos. Después de todas esas peleas, Javier decidió dejar La Recuero. Sobre todo cuando la situación comenzó a influir negativamente en su familia. “El domingo a la noche sentía angustia porque al otro día tenía que ir a la escuela. Y el jueves ya no me soportaba ni yo”, confiesa.

La imposibilidad de modificar siquiera en algo la triste realidad de aquellos niños empezó a dejar huellas en su salud. “Pedí el traslado porque había llegado un momento en que ya me sentía mal por los fracasos pedagógicos”. Para Javier, un éxito pedagógico hubiera significado que sus alumnos pudieran insertarse en las escuelas de la ciudad, seguir estudiando y permanecer dentro del sistema educativo. Si bien algunos lo lograban, la gran mayoría volvía al basural. A la vida en medio de la miseria y la exclusión.

 

Luego de la experiencia en la Escuela Recuero, consiguió el traslado a otra escuela rural. “Se llama Javier Martínez de Rosas, por un militar. La escuela es de 1958 y le pusieron ese nombre después de la Revolución Libertadora”, cuenta Javier, quien tiene debilidad por la historia argentina. Reconoce que ha llegado a la escuela ideal: aquella donde los alumnos asisten buscando sumar conocimiento y no solo una porción de comida; aquella que es respetada y protegida por la comunidad. Una escuela donde el 9 de julio se vive de manera especial, con padres que concurren de punta en blanco y donde se entona el himno desde el corazón. Allí lo llaman Profesor Betteto.

 

La escuela es de jornada completa y está ubicada en El Pastal, al norte de Mendoza y a cuatro kilómetros de la casa de Javier. Le dicen “La escuela del temblor” porque está justo sobre una falla geológica muy importante que en el año 1977, como consecuencia de un temblor, provocó la rotura del camino que ingresa a esa localidad. “La calle se partió al medio”, recuerdan los más viejos de la zona.
Javier da clases de Matemáticas y Ciencias Sociales en 6º y 7º grado.
En la escuela del Temblor se siente como en la gloria, porque si bien es muy precaria “los niños y las niñas tienen desde computación, teatro y folclore hasta un comedor escolar. Y una variedad de profesores que trabajan con cursos de catorce chicos. Tiene una cantidad de materias increíble. Eso es como un paraíso”, dice y se apasiona porque “se conversa el contenido y la actividad”. Los alumnos vienen de familias rurales. “Allí no hay Planes Trabajar. Son muy dignos porque todo es esfuerzo. Jamás nadie rechaza la comida. Nadie tira pan, nadie tira la fruta. El que no come la fruta, no la recibe. No tienen vicios”, cuenta orgulloso el Profesor Betteto. También se adapta a la cultura de sus alumnos y permite que con un grabador chiquito escuchen “cumbia como les gusta, aunque por ahí les hago meter otra cosita”, sonríe conciliador. “Por todo eso esta escuela es una utopía”, dice, y se le iluminan los ojos.
Javier y Gabriela están casados desde hace 13 años. En la convivencia, la escuela y “los chicos” están siempre presentes. “Hemos pasado todas las etapas: de conocernos en el Normal, de recibirnos, hacer las prácticas, ser suplentes y titularizarnos después de muchos años; hemos crecido con trabajo”, dicen a coro. También invade la casa su hija Valentina, de cinco años. Ella es adoptada y está acostumbrada a la actividad de sus padres maestros. Asiste a una escuela paga, como consecuencia del paso que tuvo Javier por la escuela privada.

 

“Conocí la otra realidad”, afirma Javier. Y como símbolo de esa etapa profesional cuenta una situación que le tocó vivir con un padre que era arquitecto, durante una reunión. “Te ponía el reloj enfrente y te decía ‘tengo veinte minutos’. Ahí la relación es distinta, vos sos empleado de él”, comenta sin nostalgia. Lo bueno es que durante ese período recibió como nunca invitaciones a cursos y otras actividades. “Todavía tengo libros porque a esa escuela van las editoriales a ofrecer material. Te decían que si recomendabas alguno, te podías quedar con un ejemplar de regalo”, agrega. Javier usa ahora los materiales que recibió, para las clases con sus alumnos de la escuelita rural.

“Me quedo con la escuela rural, por los niños. Es espectacular porque al trabajar con catorce o diecisiete chicos no hay un alumno mío que no haya pasado a la pizarra ese día, a quien no le haya corregido la tarea y con quien no haya visto la actividad mano a mano”, remarca.

 

El tema de Valentina y su escuela privada aparece en la charla varias veces. No deja de ser una contradicción, con la que conviven los Betteto. Pero pronto se convencen, al reflexionar sobre el paso que tuvo su hija en la Escuela Recuero. Allí la diferencia de realidades sociales con sus compañeritos provocó una merma en su rendimiento. “Parece una contradicción, pero nosotros hemos elegido una educación privada para nuestra hija. Hacemos el viaje hasta la ciudad todos los días porque a Valentina la evalúan nueve profesores en distintas áreas”, argumentan sabiendo lo que eso significa.

 

Javier vive con orgullo ser un docente estatal. No cambia por nada desayunar, comer y trabajar con sus alumnos. Pintar su aula y arreglar el baño de la escuela, sin especular con que eso sea incluido en el cuaderno de actuaciones. “Es una forma de vida”, sostiene. Algún día le gustaría dirigir una escuela, pero se sentiría realizado si sus alumnos y alumnas recordaran cuando “El maestro Pedro” les enseñaba la historia a través de sus anécdotas.Y más aún si eso los ayudara a ser ciudadanos libres y conscientes de su realidad.

 

Rodrigo Sepúlveda

(Corresponsal en Mendoza)

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