La escuela y la construcción de un orden democrático: algunas reflexiones iniciales

Inés Dussel / Revista Monitor N° 2 Ministerio de Educación – Argentina

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La convivencia en la escuela es motivo de muchas preocupaciones y angustias. Dramáticamente, en Carmen de Patagones más que en otros casos de violencia escolar, la emergencia de situaciones de desborde pone de manifiesto que no estamos bien equipados para lidiar con “lo que nos toca”.
Quizás el primer elemento a repensar sea qué es “lo que nos toca”, de qué se trata esta situación en la que vivimos, y qué desafíos nos impone a los educadores. Como señala Alfredo Furlán más adelante en este dossier, hay que estar atentos a cómo se construye el problema de la violencia escolar y social, y qué respuestas rápidas y efectistas se nos quieren vender. También Gabriel Kessler alerta en el mismo sentido, revisando cómo se entrecruzan la escuela y los circuitos delictivos, y qué dicen los jóvenes que hoy conviven en ambos mundos.

 

Hay que reconocer que ciertos desafíos nos exceden largamente, y hacen a tareas sociales que debe encarar la sociedad en su conjunto. Dice Beatriz Sarlo que “donde se ha roto la expectativa de un tiempo futuro, donde ya nadie se siente acreedor ni titular de derechos, los cuerpos se rebelan en la violencia”[1]. La violencia emerge cuando no hay una perspectiva de mejora en el horizonte. No es casual que en todos los países el delito baje cuando aumenta el empleo, y viceversa; la falta de promesas de mejora social y de beneficios de vivir bajo el imperio de la ley favorecen que los sectores más vulnerables -no solo los más pobres- se vuelquen hacia el delito.

 

También podríamos señalar, en el marco de esos desafíos que nos exceden, las dificultades y deudas que tiene la justicia en la Argentina. No solo por la experiencia reciente de un estado terrorista que arrasó todos los derechos, sino también por la corrupción extendida en instituciones democráticas que deberían garantizar el cuidado y el bienestar de los ciudadanos. La psicoanalista Silvia Bleichmar afirma atinadamente que la corrupción de la justicia “se va infiltrando a través del cuerpo social en su conjunto, y si hoy los niños de todos los sectores sociales roban en la escuela es porque sus padres no les han dicho durante años ‘eso me mata de vergüenza’, sino que les han propuesto el enunciado más pragmático que se ha escuchado a lo largo del país: ‘mirá que te pueden agarrar’, enunciado que constituye la versión más cotidiana de la frase espetada por una ministra a otro funcionario: ‘firmá que es excarcelable´”.[2]

En ese contexto, ¿quién se anima a proclamar la ley? ¿Quién se anima a afirmar que hay normas que debemos respetar en la escuela, sin considerar que en otros contextos se violan en forma cotidiana? ¿Quién se anima a marcar fronteras taxativas entre el bien y el mal, las buenas y las malas conductas, cuando afuera de la escuela esas fronteras se desdibujan todo el tiempo; cuando hay hambres, urgencias y dolores difíciles de tolerar? ¿Tenemos en claro todavía lo que es justo? ¿Podemos pensar en nociones de justicia que hagan lugar a estos dilemas actuales?

 

Estas preguntas no son solo argentinas; se las hacen educadores de muchos países -ricos y pobres- que atraviesan los mismos cambios de época, la crisis de la autoridad adulta, las transformaciones en la moral social y el deterioro de las instituciones políticas y de justicia. Y si se las hacen tantos, es porque no tienen respuestas fáciles. Algunos hablan del “crepúsculo del deber”como problema contemporáneo; otros se preguntan cómo se hace para gobernar a individuos que perdieron el sentido de la vergüenza, algo que puede parecer trivial pero no lo es; otros más se interrogan acerca de cómo enseñar reglas morales a niños acostumbrados a negociar y cuestionar todo. Frente a esta situación, aparecen los fantasmas de los gobiernos autoritarios y de los genocidios del siglo XX, y -por suerte- se enciende la luz de alerta ante las amenazas totalitarias de resolver el problema con la represión.
En este contexto de cambios y desafíos, de angustias y de desbordes, creemos que es necesario empezar a plantearnos respuestas desde la escuela que apunten a formas de convivencia democráticas. Aunque muchas cosas nos excedan, sí nos compete como educadores la formación política y ética de las nuevas generaciones. desde la escuela; y es nuestra responsabilidad asumirla. En el contexto actual, es importante que esa formación no sea desplazada por la de prevención del delito o el miedo ante la inseguridad. Como dice Myriam Southwell, más adelante la escuela sigue siendo un espacio donde aprendemos a relacionarnos con otros, a pensar con otros, y ese es un valor fundamental para la convivencia democrática. Aprender a valorar la vida, propia y ajena, sigue siendo la mejor enseñanza que puede dar un establecimiento educativo. Y ello implica también otra relación con la norma y con la ley, porque son ellas las que finalmente garantizan que puedan convivir personas con razones, intereses, motivaciones y pasiones diferentes en una misma comunidad. Que esas leyes deberán ser más justas, y que las instituciones que las resguardan deberán ser mejores garantes, nadie lo duda. Pero que ellas son necesarias para organizar nuestra vida en sociedad, tampoco debería ponerse en cuestión.
En este dossier, proponemos algunas orientaciones para avanzar en la construcción de un orden democrático en las escuelas. De hecho, muchas escuelas ya lo hacen. También convocamos a quienes desarrollan políticas educativas que buscan promover esta línea de acción. Estas notas quieren ser una invitación a dialogar sobre estos desafíos, apoyándonos en lo que existe, buscando consolidarlo y mejorarlo. Porque queremos que la escuela ayude a formar ciudadanos que quieran una sociedad donde la justicia sea un bien público, donde todos tengan iguales derechos, donde haya promesas de futuro para todos, donde la norma tenga una legitimidad bien ganada, y donde podamos convivir, escucharnos, y aprender unos de otros.

[1] Sarlo, B., 2001, Tiempo presente, Buenos Aires, Siglo XXI, p. 18

[2] Bleichmar, S., 2002, Dolor País, Buenos Aires, p. 80-81

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