Carmen de Patagones: desafíos y tareas para los educadores

Alfredo Furlán[1]*// Revista El Monitor N° 2 Ministerio de Educación – Argentina.

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Dado que todavía no hay información confiable y suficiente, no puedo analizar lo que sucedió en la “masacre” de la escuela secundaria Malvinas Argentinas, de Carmen de Patagones. Pero sí pude observar el comportamiento de las diversas agencias y personas implicadas durante ese lapso, y me parece que ese es un punto fundamental para manejar nuestra capacidad de respuesta frente a estas situaciones.

 

Antes que nada, hay que señalar que el hecho sigue presente. Si bien desde que regresé a México me entero de la marcha del caso solamente a través de las páginas web de los periódicos nacionales, las últimas noticias se vinculan a este hecho. El 10 de noviembre, por ejemplo, Clarín relató el estado de la demanda que presentaron los padres de algunas de las víctimas, en contra de las psicopedagogas que integran el gabinete del colegio. Como se ve, el caso dista mucho de haberse cerrado. Era esperable también que se abriese una dimensión estrictamente jurídica, la que seguirá su curso y complejizará la discusión sobre las medidas que se pueden adoptar para restringir la posibilidad de que en el futuro se repitan episodios como ese. Además de las secuelas específicas, está claro que marcó un hito y se transformó, para la prensa, en el principal punto de referencia de la penetración de la violencia en el ámbito escolar. Ejemplo de esto son las notas de los últimos días. Casi todos los periódicos que reviso informan acerca de otro acontecimiento. Clarín encabezó la noticia de la siguiente manera: “Por accidente, un alumno se pegó un tiro dentro del colegio. Llevaba escondido un revólver calibre 22 y se le disparó en el aula. El tiro le dio en el abdomen, lo operaron y está fuera de peligro. Tiene 16 años, es hijo de un ex policía y dicen que era maltratado”. Más adelante la nota liga la noticia al caso de Carmen de Patagones: “No es el primer caso de disparos en una escuela, pues el 29 de septiembre, en Carmen de Patagones, un alumno de 15 años disparó contra sus compañeros de aula.” Página/12 presenta el nuevo episodio de este modo: “Otro disparo en el aula que reaviva la polémica”. En la síntesis repite parte de la información de Clarín con el agregado de “Apedrean el auto de la directora”. Del mismo modo que sucedió en el caso de Carmen de Patagones, las notas coinciden en algunos datos y difieren en otros. Tampoco podría analizar el nuevo episodio, pues las fuentes periodísticas sesgan sus notas de acuerdo con diversos enfoques, compromisos políticos o simple inventiva.

 

Creo que el caso, en sus repercusiones y efectos posteriores, nos hace reflexionar sobre algunos puntos importantes de la escuela, los medios y la sociedad, y acerca de eso quisiera extenderme en esta nota.

 

En primer lugar, hay que reflexionar sobre la apropiación mediática del acontecimiento.

Fue impresionante el tratamiento convulsivo que dieron a la “noticia” los canales de televisión desde la mañana del 28 de septiembre y que sostuvieron durante los siguientes tres o cuatro días. La búsqueda de detalles truculentos que, transformados en primicias, juegan un papel importante en la lucha por el rating (búsqueda que suscitó una amplia producción de informaciones contradictorias) fue acompañada por un belicoso discurso antiescolar, cuya insistencia básica era la acusación de que el personal de las escuelas no cumple con sus responsabilidades. La inmediata respuesta oficial fue la declaración de tres días de duelo nacional, y en particular las autoridades educativas nacionales distribuyeron un documento que debía leerse en todas las escuelas del país y servir de base para que la comunidad escolar reflexionara sobre lo sucedido. Fue sin duda un intento de estimular a los actores del sistema educativo a apropiarse de la deliberación y contrapesar el manejo mediático y la dirección que conferían a la noticia. La disputa por la apropiación de la noticia constituye un rasgo permanente de la situación de crisis del mundo actual, dado el poder de los medios; en particular, la televisión.

Algo que creo sería muy importante indagar es por qué se produjo un impacto de tal magnitud en un público acostumbrado a seguir “en vivo” los sucesos más espeluznantes. Valdría la pena verificar si el hecho de que aconteciera en una escuela le agregó un plus de interés, o si es habitual que pase lo mismo frente a sucesos trágicos, independientemente del lugar en donde ocurran. Si se estima que existe ese plus, sería interesante averiguar su origen. Tal vez nos ayude a comprender qué significa hoy la escuela para los distintos sectores que constituyen la opinión pública, dado que los medios -entre otros factores- promueven en forma permanente una actitud de recelo frente a la institución escolar.

 

La segunda línea de reflexión es sobre la producción mediática de las líneas de interpretación del acontecimiento. La televisión no solo construye descriptivamente el caso, sino que, a través de la invitación a expertos, trata de dominar también la generación de las líneas de interpretación. Compite en este plano con los periódicos y otro tipo de agencias, entre ellas -como vimos antes- las propias oficinas gubernamentales. La necesidad de editorializar es parte del negocio de los medios, que tratan de conquistar a sectores de diverso nivel de capital cultural escolar. Un ejemplo fue el de instalar ante políticos, expertos y educadores, inquietudes tales como “los padres se preguntan en este momento si mañana deben enviar a sus hijos a la escuela con tranquilidad. ¿Qué medidas se pueden tomar ya, para hacer más seguras las escuelas?”. Una de las respuestas que los propios conductores dieron como ejemplo de medidas a las que se refieren, es colocar equipos detectores de metales en todos los accesos al edificio escolar. El interés mercantil de la poderosísima industria de seguridad marca de esta forma su presencia.

Vale decir, que los profesionales no podrán emitir juicios razonados, sino solo responder con enunciados cortos, por lo tanto necesariamente simplificadores de los saberes genéricos de cada profesión. Esto es lo que percibirá el gran público. Es decir, que la opinión experta es usada como parte del espectáculo, con las distorsiones necesarias para que este se sostenga. Aquí se abre un frente de trabajo crucial en esta época: defender el valor de la palabra y el valor de los saberes que sostienen a las profesiones. En la última entrevista que dio el filósofo francés Jacques Derrida antes de su muerte, convocaba a los intelectuales a una firme lucha en contra de la banalización de la palabra que promueve fundamentalmente la televisión, como condición indispensable de la lucha por reencauzar el curso de la historia y evitar las catástrofes a las que conduce el actual modelo hegemónico.

 

En esa dirección, hay que tener cuidado con la fascinación que produce participar en el espacio mediático, y construir una ética profesional a la altura de los tiempos, que incluya entre sus principios la necesidad de sumarse a esta lucha por el sentido de la educación y de la política en estas condiciones. Es imprescindible que los educadores conozcamos y comprendamos el fenómeno mediático, porque es casi la única, o por lo menos la principal vía de acceso a la “realidad” con que cuenta la mayoría de la población en esta época. Los planes de estudio de las carreras de Ciencias de la Educación y los de formación de profesores, prácticamente no incluyen esta cuestión. También llama la atención el contraste entre la predisposición individual de muchos colegas y la ausencia de reacciones de las instituciones encargadas de la formación de los agentes del campo pedagógico. Hay que abrirlas a lo que sucede en el mundo real, y recuperarlas como espacio de diálogo y de constitución de colectivos más lúcidos y activos que los que existen hoy.

 

En tercer lugar, creo que es útil reflexionar sobre las acciones encaradas por los organismos del gobierno escolar. La elaboración del documento para guiar la jornada de reflexión que se invitó a que realizara cada establecimiento, trató de disputarles a los medios de comunicación la orientación de las interpretaciones, en un marco conceptual que reafirmó el valor de las instituciones educativas. Los funcionarios del Ministerio de Educación de la Nación y de la Provincia de Buenos Aires mostraron mayor templanza frente a la presión mediática. Resultó evidente que están más preparados, tal vez a partir de la acumulación de experiencias, para lidiar con el Nuevo Gran Inquisidor, que es el rol que asumen los comunicadores más exitosos.

 

Más allá de reconocer y saludar esos síntomas positivos que testimonian los pasos que se han dado, el episodio acaecido en Carmen de Patagones también pone en evidencia la insuficiencia de la plataforma en construcción mencionada. Hay mucho por andar todavía. Los programas y las diversas medidas que se han planteado en los últimos años en la preparación de los distintos actores de los establecimientos, para hacer frente a las diversas manifestaciones de lo que se denomina de modo genérico violencia escolar, son sin duda saludables pero insuficientes. Desde hace algún tiempo se habla de esta compleja problemática y se están implementando diversos programas. El de mediación en la solución de conflictos es uno de ellos. Ya no se puede suponer sorpresa alguna frente a este tipo de hechos. Pero tampoco se puede suplir lo que durante años se dejó de hacer. Es evidente que no se cuenta con sistemas de investigación capaces de orientar las interpretaciones posibles y de desalentar a las opiniones irresponsables. Es igualmente evidente que resulta imprescindible desarrollarlos.

 

Para que la investigación sea útil, se requiere de mucho trabajo sistemático de larga duración. Esta es una tarea que involucra a la totalidad del gremio de los educadores. A los funcionarios, hay que pedirles que la apoyen y alienten utilizando sus productos aunque sean al comienzo muy precarios. La apertura del Observatorio de Violencia en las Escuelas es una señal positiva, pero también se requiere una auténtica promoción de la diversidad de enfoques por parte de los investigadores y del compromiso de los actores en el tratamiento del tema y en el diseño de las estrategias que sean necesarias. En contra del marketing de la industria de la seguridad, que propone fórmulas únicas de confrontar este tipo de fenómenos, y de los medios que alinean las noticias, hay que defender la singularidad de las circunstancias y de las posibles soluciones a nivel de cada establecimiento.

 

Quisiera concluir resaltando lo que está en juego en este hecho y sus repercusiones posteriores. Se trata nada menos que de no perder a la última institución pública que permanece compenetrada con la trama social. Es imprescindible que nuestros pueblos no pierdan en forma definitiva las posibilidades que ofrece contar todavía con esta última institución pública de presencia cercana. Perderla significará que las identidades, la cultura, la vida cotidiana y la regulación política de nuestros pueblos se determine totalmente desde empresas e intereses privados, y de modo fundamental desde el poder imperial que gobierna el planeta. Más allá de las múltiples contradicciones del quehacer escolar, el que sea todavía un lugar en donde se trata de formar intencionalmente seres humanos mejores, preserva todavía la posibilidad de que pueda promoverse el pensamiento crítico, o simplemente diferente del pensamiento único que impone el imperio. La escuela debe ser, en primer lugar, un espacio de encuentro, de diálogo, de acción compartida, de crítica, en donde se promueven experiencias de libertad. Instaurar en la escuela sistemas de vigilancia y una pedagogía de la desconfianza que supone que todos somos culpables hasta que no demostremos lo contrario (que es lo que promueve el modelo de prevención de la violencia conocido como “tolerancia cero”), implica dar por perdida la batalla por conservar la escuela como espacio educativo, en el sentido que lo señalamos más arriba.

 

[1] * Pedagogo argentino, profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México, especialista en disciplina y violencia escolar.

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