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Condición infantil contemporánea: hacia una epistemología de las infancias (II)

4 agosto 2013

La siguiente periodización, como aproximación, da cuenta de la articulación estratégica entre control social y subordinación del niño.

1. Racialización, inferiorización por condición etárea y cataclismo
fisiológico (1920-1936)

Este periodo es complejo dado el interés de la sociedad colombiana por reafirmar los valores conservadores y católicos, los cuales estaban seriamente ligados a la tradición hispánica. Aunque es importante resaltar que es una época en la que se pretende ingresar en la industrialización para fomentar el mercado nacional, las perspectivas sobre la infancia giraron alrededor de sistemas de desigualdad y exclusión, orientados por la racialización, la condición etárea del niño y por lo que algunos psiquiatras y médicos de la época llamaron cataclismo fisiológico.

Al parecer, las condiciones biológicas y genéticas del pueblo colombiano expresaban en sí mismas atavismo y atraso. Médicos prestigiosos de la época, como Jiménez López, consideraban que los niños y niñas eran quienes mejor expresaban este mal, dado que su cuerpo (en términos isiológicos y anatómicos) representaba carencia, deficiencia y cataclismo. Las explicaciones se centraron en tres grandes narrativas: la carencia y el déficit son problemas asociados no solo con la condición etárea del niño sino con sus orígenes raciales y su ubicación geográfica; la existencia del niño es en sí misma una zona de vacío en la que están presentes la vida y la muerte, el bien y el mal, el atavismo y el futuro de la nación; y la manera de resolver el problema implica adelantar un proceso de migración masiva de europeos a Colombia con el fin de mejorar la raza y favorecer un futuro distinto.

2. Lo social, lo criminológico y lo jurídico (1936-1968)

Como es sabido, a partir de 1936 se produjo un giro importante en la política nacional, originado por las políticas macrosociales del gobierno de López Pumarejo (1936-1940), particularmente a través de la conocida campaña de la cultura aldeana, cuyo fin era acercar los referentes del mundo occidental a la población rural del país para elevar el nivel cultural
y productivo de la nación colombiana. Sin embargo, la par, se presentaron nuevas estrategias de control social que involucraron a los niños y niñas, quienes se convirtieron en objeto de la estrategia educalizante y de la ortopedia social, fomentada ya no por la narrativa del atavismo fisiológico sino por la degeneración cultural del pueblo colombiano, particularmente
asociada con la tradición indígena, campesina y negra que se depositaba en el cuerpo y la mente del niño.

Esta nueva estrategia tuvo en el sociólogo al agente fundamental, pues fue quien diagnosticó el atraso de los colombianos y los males que impedían su civilización y progreso. A la par con el interés nacional por la modernización, estos nuevos expertos de lo social plantearon, en este caso, a través de la voz de Jorge Bejarano, que la salida al problema no estribaba en la migración de europeos a Colombia con el fin de mejorar la raza sino en implementar una estrategia educalizadora y de ortopedia social, capaz de lograr el cambio cultural que requería el pueblo colombiano en el camino hacia su superación.

No obstante, la preocupación por intervenir a los niños anormales no cesó. Las teorías de Alfred Binet (1985) sobre la intervención a los niños anormales y los planteamientos de Lombroso (2003) sobre la criminología, rápidamente tuvieron seguidores, quienes introdujeron relaciones casi directamente proporcionales entre anormalidad y futura criminalidad. Por esta razón, las instituciones (hospicios, casas de protección y centros de reclusión de menores) ampliaron su radio de acción en varias ciudades del país. Así mismo, la imputabilidad de las faltas infantiles y juveniles tuvo en el derecho un objeto de estudio de gran sofisticación. Los juzgados de menores y la composición de un sistema de penalidad especializado se constituyeron en los dispositivos estratégicos que mejor orientarían la construcción social y subjetiva de la infancia, en este caso relacionada con la irregularidad y la propensión al delito de estos sujetos.

3. Protección al estilo familiar e intervención psicosocial (1968-1989)

Las retóricas sobre la irregularidad e imputabilidad de las faltas del niño contrastaron con la preocupación de la comunidad internacional frente a prácticas como el abandono y el maltrato infantil. El problema ya no solo radicaba en el niño sino en la familia y la sociedad. El menor irregular, llamado así dada la necesidad de darle una intervención distinta a la del
delincuente mayor de edad, convirtió al niño anormal –gamín, ladrón, vagabundo1 – en objeto preferido del derecho.

Este empezó a ser estudiado por la jurisdicción de menores y por el derecho de familia, dispositivos en los cuales surgieron también los tratamientos
asistenciales implementados a través de una intervención psicosocial al estilo familiar. De otra parte, la franja de los niños considerados normales fueron incorporados a teorías educativas y sobre el aprendizaje, especialmente ligadas a los referentes de la tecnología educativa, la psicología educativa y la psicología estructural ontogenética2 , comprendidos como los principales medios de saber-verdad que podrían ofrecer respuestas a la producción de una infancia que debía inscribirse en las fuerzas del Estado nacional y en la lógica de sus instituciones.

Pese a este enorme despliegue, el cual se acompañaba de un respaldo inminente del norte, ya en la década del ochenta empezaron a evidenciarse varias condiciones de debilitamiento del modelo: crisis del Estado de “bienestar” (emulado por varias décadas), una política fiscal fuera de control, la presencia de incrementos inflacionarios desmedidos y la presión
procedente de los exorbitantes intereses originados por las deudas externas en la región. Estas condiciones se volvieron aún más críticas en la medida que los gobiernos de la época, particularmente preocupados por el crecimiento de la insurgencia de corte comunista, expresado en proyectos de izquierda de diversas tendencias, volvían apremiante un impulso a los valores de la familia, el Estado y la iglesia católica. En este contexto nació el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (1968).

Bajo estas circunstancias políticas y económicas surgió cierta preocupación social por los niños pobres, los niños trabajadores, la mortalidad, la desnutrición infantil, e incluso por aquellos menores de edad vinculados a las guerrillas en plena actividad militar. La retórica de los derechos procedente de la comunidad internacional y de organismos multilaterales empezó a producir cierta incomodidad en las estructuras sociales, militares y económicas del orden nacional, cuya participación abierta de menores de
edad era evidente y casi necesaria para su funcionamiento. Al respecto, la Unicef y otros organismos internacionales comprometidos con esta noble causa incursionaron en la doctrina de la protección integral, como forma de ejercer presión a los gobiernos de la región, especialmente en temas asociados con la necesidad de ampliar la cobertura educativa, la generación de campañas a favor de la alimentación y la nutrición, la implementación de programas para reducir los índices de mortalidad infantil, la erradicación del trabajo infantil y la desvinculación de los niños del conflicto armado.

Como se observa, los niños y niñas en Colombia han pasado por un proceso de constitución, inscrito en los referentes del proyecto civilizatorio de Occidente, pero atrapado en las formas coloniales expresadas en el orden social colombiano y las matrices culturales que le son constitutivas. Estas formas coloniales se han instalado en los cuerpos, las formas de pensar y las prácticas. Sobre esta ambigüedad ha surgido también el gobierno de la infancia, entendido como el conjunto de instituciones, dispositivos y agentes que han sido creados para procurar su regulación y autorregulación. Basados en esta exploración, conviene ahora revisar el despliegue de la figura y el cuerpo infantil en el tiempo presente.

4. Tiempo presente: surgimiento de una nueva condición infantil

A partir de 1989 surgió un conjunto de modificaciones sustanciales sobre la vida de los niños y niñas. Entre ellas, se destacan: la presencia de una plataforma jurídico-política que aspiraba a fortalecer la condición de sujeto de derechos planteada por la Convención de los Derechos del Niño (CDN) de 1989; el reconocimiento de diferentes formas de transitar la infancia a partir de la diversidad cultural y el valor de otros sistemas de conocimiento en torno al cuidado de los niños y niñas; y la emergencia de recomposiciones socioculturales y políticas derivadas de la globalización, cuyas dinámicas empezaron a replantear las adscripciones identitarias de los niños y niñas, y el papel de las instituciones en el gobierno de estos.

Existen dos formas posibles de ver este tránsito:
La primera corresponde a un análisis de acontecimientos histórico-culturales que muestran transformaciones estructurales en los contextos local y global, que requieren ser revisados dado que los hechos sociales y el mundo objetivo de las sociedades son interiorizados por los sujetos de múltiples maneras, dando lugar a modos de existencia y de acción. Con
sus particularidades y distancias, este fenómeno ha sido planteado por Norbert Elías (1997) como un proceso de configuración, mientras que Pierre Bourdieu (2007) lo ha analizado mediante el legendario concepto de
habitus3 .

La segunda forma de observar estas mutaciones está relacionada con el relato de las generaciones (Feixa, 2001; Mead, 1977; Piscitelli, 2009) y el surgimiento de un telos distinto que se cristaliza mediante la cultura. En este, los sistemas ideacionales (representaciones, nociones, percepciones, imaginarios) se modifican, a propósito de un advenimiento progresivo de programas culturales que incluyen nuevos repertorios, especialmente de orden narrativo, comunicacional y estético. Dado que los dos marcos explicativos son importantes, se hará una aproximación a ambos. No obstante, lo más importante es que proporcionen elementos para darle contenido a la noción de condición infantil contemporánea.

En relación con el primer aspecto, es importante señalar que recientemente la historiografía ha acuñado el término tiempo presente, cuyo fin es mostrar la necesidad de dilucidar los acontecimientos de las últimas décadas de las sociedades para poder identificar sus relaciones con las condiciones sociales, políticas, económicas y culturales de las coyunturas globales y locales. En este caso, el análisis de las relaciones posibles entre órdenes sociales, matrices culturales y subjetividades es imprescindible.

Varios investigadores, seguidores de esta corriente historiográfica, coinciden en admitir que la historia del tiempo presente corresponde al tiempo de la experiencia vivida. Esto implica hacer una reconstrucción de los acontecimientos a partir de testigos presenciales, pues ellos hacen posible comprender la complejidad de la memoria viva. Para Roncayolo
(2011) esta historia tiene una implicación adicional: se trata de aquellos hechos pertenecientes a la generación a que pertenecemos.

Particularmente, esta historiografía tiene por objeto acontecimientos o fenómenos sociales que constituyen recuerdos de, al menos, una de las tres generaciones que comparten un mismo proceso histórico.

De esta manera, es posible identificar tres grandes mutaciones que dan cuenta de esa composición del tiempo presente que ha ido configurando no solo ciertas dinámicas sociales y el predominio de sistemas de valores particulares, sino especialmente formas de habitar el mundo y prácticas sociales distintas, en este caso, en los niños y niñas. Además del plano fenomenológico de los hechos, estas mutaciones admiten el análisis de sus implicaciones en la construcción ontológica de los sujetos.

a. Mutación política

Comprende el conjunto de expresiones que surgen en el contexto del tránsito del Estado interventor (entendido como la emulación del Estado de bienestar) al Estado neoliberal, implementado en Colombia a partir de la década de 1990. Por la vía del ajuste estructural, la privatización y la apertura económica (actualmente consolidada mediante los TLC) se traslapa la noción de lo público y de los derechos con los servicios y la asistencia. Aquellos que están arriba de la línea de pobreza deben asumir sus derechos como servicios mediante mecanismos de atención que deben ser pagados (por ejemplo, en la salud y la educación), los cuales no proporcionan oportunidades ni capacidades.

Los que están por debajo de la línea de pobreza reciben asistencia. Aunque no se trata del viejo asistencialismo de la década de 1960, se trata de un
conjunto de acciones aún más perverso, pues victimiza y desactiva a los grupos llamados vulnerables4 .

Finalmente, dada la existencia del conflicto social y armado, como producto de disputas no resueltas por la tierra así como el surgimiento de nuevos tratos y contratos entre sectores hegemónicos (legales, ilegales y paralegales), el establecimiento retornó al estado de excepción, en el cual lo excepcional se vuelve permanente, dando lugar al sacrificio de sujetos como expresión de la nuda vida5 . Pese a este difícil escenario, esfuerzos de la sociedad civil, traducidos en movimientos sociales y diversas formas de acción colectiva han logrado incidir en conquistas sociales (en torno a los derechos económicos, sociales y culturales), políticas públicas de carácter diferencial (acciones afirmativas y leyes de cuotas) e iniciativas frente a los desafíos de verdad, justicia y reparación de las víctimas del conflicto interno.

b. Mutación económica

Está constituida por las manifestaciones que han surgido como consecuencia de la implementación de un proyecto económico transnacional con dos efectos: precariza las condiciones de vida de las personas, dada la existencia del desempleo estructural y el incremento del costo de vida en las principales ciudades del país; e incluye a las personas y grupos por la vía del consumo y la mercantilización, lo que implica un estímulo significativo a sectores de servicios relacionados con entretenimiento, industrias culturales y comunicación.

El modelo se consolida mediante la inversión extranjera (especialmente concentrada en el sector minero-energético), el impulso al sector financiero
mediante incentivos que multiplican sus rendimientos (por ejemplo en medidas como el 4 por 1.000 y el pago de servicios financieros por parte de los usuarios) y el desmonte progresivo de la pequeña agricultura a través de proyectos agroindustriales (especialmente relacionados con el cultivo de productos para generar biocombustibles). Además del daño a la naturaleza mediante los efectos que trae la explotación que ha sido respaldada (otorgando licencias) por el Estado colombiano a compañías mineras (por ejemplo, en la explotación aurífera que utiliza mercurio o cianuro) (Leveratto, 2010), está en riesgo la seguridad alimentaria y se observa un
serio endeudamiento en un porcentaje importante de núcleos familiares en el país.

c. Mutación sociocultural
Implica un conjunto de sucesos que han tenido relación especial con los espacios institucionales. El primero tiene que ver con la familia, un espacio que se ha modificado por múltiples razones. El conflicto en sus distintos niveles (armado, social, intrafamiliar) así como las migraciones internas y externas, entre otros factores, han resultado en una recomposición compleja de las familias, nuevas prácticas de crianza y otras formas de socialización de los niños y niñas.

De otra parte, las dinámicas relacionadas con el funcionamiento de las instituciones permiten afirmar que estas ya no protegen ni afilian. En la empresa los trabajadores son provisionales, en las instituciones de la salud se maltrata a los usuarios, en las instituciones oficiales se hacen trámites por obligación. La iglesia, por su parte, afilia y promete protección, pero
sus exigencias son altas (desde el diezmo, pasando por la dedicación solemne a los rituales, hasta el uso de los feligreses para la expansión de la comunidad).

Finalmente, pareciese que la escuela fuera distinta dadas sus intenciones formativas. No obstante, es el escenario en el que generalmente se reproduce la dominación masculina y las diversas formas de discriminación de la sociedad (Bourdieu, 2010). A la par con la proliferación de estrategias de formación ciudadana y democrática (después de la Ley 115 de 1994), se amplían las formas de violencia y se profundizan los mecanismos de regulación y disciplinamiento por la vía de dispositivos normativos como los manuales de convivencia. En suma, la sociedad asiste a un fenómeno de desinstitucionalización en el que la gratificación por el esfuerzo, al estilo de la jaula de hierro, tal como la describía Max Weber (2007), ya no es el relato que aglutina e identifica a los asociados del contrato social.

Uno de los efectos de estas mutaciones está relacionado con los niños y niñas. Su condición contemporánea es distinta por dos razones fundamentales. La primera tiene que ver con el desfondamiento de la escuela como el lugar en el que el niño es acogido y protegido. El referente de formación y regulación, aunque funcione en algunos casos, está deslegitimado y no logra su objetivo, pues así el niño participe de los rituales escolares no siempre cree en lo que allí se hace y se dice. La subjetividad pedagógica que se produce en la escuela, cuya imagen es el galpón (Corea y Lewcovicz, 2004), está siendo reemplazada por nuevas subjetividades. Al parecer, estas nuevas tramas ontológicas están mediadas por otras experiencias, entre ellas, las relacionadas con el mundo de la calle, el mercado, las estéticas del cuerpo y la comunicación.

Estas experiencias están asociadas con la segúnda razón que da cuenta de la noción de condición contemporánea de la infancia: desórdenes en las formas de socialización. La sociología fenomenológica (Berger y Luckman, 2005) señalaba hace algún tiempo que en las sociedades los niños y niñas pasaban inicialmente por la socialización primaria (familia) y luego por la socialización secundaria (escuela, iglesia, instituciones sociales). Con lo presentado hasta el momento en torno a las mutaciones, se puede observar que las formas de socialización se han modificado. Con las nuevas composiciones familiares y las prácticas de crianza, muchas veces los niños y niñas viven su socialización primaria en la calle, la vereda o la guardería. En otras ocasiones, los grupos de pares son quienes se convierten en la familia del niño o la niña.

Tanto la desinstitucionalización como la falta de un relato que articule a los sujetos, hace que las formas de socialización se desarrollen en múltiples
espacios y tiempos, dando lugar a la conformación de nuevas fuentes sociales y culturales para la producción de la subjetividad. Este panorama permite introducir otro de los marcos explicativos para dar cuenta del tránsito de la infancia moderna a la condición contemporánea de la infancia: la noción de generaciones.

Además de los múltiples estudios alusivos a las generaciones (por ejemplo los relativos a los Baby Boomers y las generaciones X, Y y Z), producidos al final del siglo pasado, tempranamente Margaret Mead (1977) se refirió a las generaciones en un intento por abordar los problemas de la identidad y de la subjetividad en contextos situados. Para la antropóloga norteamericana las generaciones posfigurativas son aquellas en las que los adultos les enseñan a los jóvenes, especialmente porque es necesario asegurar la conservación del legado de la humanidad. Las generaciones cofigurativas son aquellas en las que predomina el aprendizaje entre pares. Y las generaciones prefigurativas son las que hacen posible que los más
jóvenes también les puedan enseñar a los mayores.

A propósito de esta conocida incitación registrada por Mead, Carles Feixa (2002) propone analizar las generaciones en sus especificidades temporales y espaciales desde dos perspectivas. La primera está relacionada con el plano de las condiciones sociales, entendidas como el conjunto de derechos y obligaciones que definen la identidad de cada individuo en el seno de una estructura social determinada (presumiblemente asociada con lo étnico, el territorio y la clase social). La segunda está ligada al plano de las imágenes culturales, comprendidas como el conjunto de atributos ideológicos y simbólicos asignados o apropiados por cada individuo y grupo. Mientras que en el primer plano la configuración de la generación depende de la hegemonía de las culturas nacionales y parentales, en el segundo es imprescindible la producción de redes de sentido, el uso y apropiación de
sistemas simbólicos y la composición de mecanismos que aseguren la presencia (estar ahí).

La condición infantil contemporánea, comprendida como un conjunto de modos de ser y existir asociados con los acontecimientos moderno-coloniales del tiempo presente así como las expresiones de nuevas generaciones que tramitan su vinculación con el mundo mediante otros referentes simbólicos y materiales, coincide con la noción infancias contemporáneas. Partiendo que infancias es una categoría analítica que reconoce múltiples formas de transitar la niñez, se puede admitir que esta no solo remite a la producción de marcos explicativos para conocer el estado de los niños y niñas para proceder a su encauzamiento. Se trata de un enunciado que pretende reconocer la urdimbre de experiencias que le dan sentido a la existencia de estos sujetos, en relación con sus relaciones con la sociedad, la política, la economía y la cultura. El planteamiento invita a superar su anclaje naturalizado a la escuela y la familia como únicos escenarios en los que es posible gestionar la vida y construir las subjetividades6.

1. Estas designaciones son cuidadosamente estudiadas por Cecilia Muñoz y Ximena Pachón (1996) en un trabajo pionero en el tema de los niños en Colombia después de la segunda mitad del siglo XX. Bajo categorías como abandono, maltrato e infanticidio, las autoras presentan el panorama de exclusión de los niños bogotanos en este periodo. A pesar de progresos evidenciados en la atención institucional, la educación laica y las campañas de nutrición, el trabajo expone cómo los niños y niñas progresivamente se empezaron a tomar la ciudad a través de sus calles, parques y ofertas de cine.

2. La psicología de Piaget (2011) está situada en una perspectiva ontogenética propia del estructuralismo. Aunque la teoría es prolífica y sus contenidos pasan por la psicología y la epistemología, uno de los aspectos más difundidos de su obra es el esquema de las etapas de desarrollo (senso-motriz, preoperacional, operaciones concretas y operaciones formales). Por lo general, cualquier caracterización de un niño está a menudo asociada con esta estructura general, que es explicativa de la noción universal de desarrollo infantil.

3. Se trata del doble movimiento, expresado tiempo atrás por Sartre. Una particular forma de interiorización de la exterioridad y de exteriorización de la interioridad. Es posible también establecer algunos niveles relacionales, a propósito de este problema, entre el concepto de configuración de Norbert Elías (1997) (concebido como estructura interior de la personalidad, en relación con lo social en el largo plazo), el habitus de Bourdieu (2007) (concebido como disposición) y las interacciones y habituaciones correspondientes a la sociología fenomenológica de Berger y Luckman (2005).

4.La victimización del sujeto es un proceso de desactivación social y política que opera por la vía de una particular integración social, caracterizada por la asistencia y el maniqueísmo. Generalmente, las narrativas de la victimización, auspiciadas por dispositivos jurídico-políticos y retóricas que circulan en la sociedad, introducen mecanismos de dependencia de aquellos que han pasado por episodios de violencia y de vulneración de sus derechos, a través de asistencia social

5. La nuda vida es una expresión propuesta por Giorgio Agamben (2002) relacionada con el estado de excepción y el poder del estado para sostener el control social. La nuda vida es aquella forma de existencia en la que el homo sacer es susceptible de ser sacrificado si es necesario y su victimario no debe ser condenado por tal acto.

6. El paso de la infancia moderna a las infancias contemporáneas trae consigo otras implicaciones. En primer lugar, al plantear el plural como interpelación al vocablo in-fantis(“sin voz”), se disloca la nominación que asocia la imagen del niño con la incapacidad y su falta de participación en la sociedad, la cual dejaba anclados su cuerpo y mente a una objetivación que lo desactivaba de la historicidad y la producción de universos de sentido. Aunque etimológicamente en la palabra infancia existe una intención enunciativa que niega su opción a pensar por sí mismos y participar en el mundo, la categoría infanciasdeconstruye el término moderno y su significado, proponiendo un proceso de resemantización que aboga por un lugar de enunciación distinto.La diversidad que se instala en el plural separata de la concepción esencial y universal del niño y sus respectivos correlatos.