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La escuela, ese refugio en días de tanto dolor

17 abril 2014

LA CAPITAL. Rosario, 10 de agosto de 2013-08-11

Por Florencia O’Keeffe

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Expertos recomiendan que los chicos expresen en el aula sus temores. Los maestros también necesitan contención. Cómo actuar.

La escuela es un lugar de contención social y afectiva. Esa función protectora no es nueva pero cobra otra dimensión en las tragedias colectivas, y la catástrofe que enluta a Rosario lo es.

El aula es ese espacio cotidiano en el que están los compañeros, los amigos, la seño; ese sitio que atesora los objetos conocidos y queridos y que puede y debe ser un escenario propicio para ponerle palabras a la tristeza, al dolor y al temor. Un terreno fértil para intentar construir respuestas conjuntas que den alivio. “Hay chicos que sufrieron en forma directa la explosión del edificio de calle Salta, que perdieron familiares o amigos o que se quedaron sin techo, pero más allá de estas situaciones particulares tan dolorosas, lo cierto es que todos los niños de la ciudad experimentaron de algún modo lo que pasó porque conocen a alguien vinculado a la tragedia o simplemente porque absorbieron la preocupación y la pena de los adultos en su hogar; por eso, al volver a la escuela tienen que tener lugar para la palabra, para decir lo que sienten, para expresar sus temores”, recomendó María Fernanda Rodríguez, licenciada en psicopedagogía, miembro de la comisión directiva del Colegio de Psicopedagogos de Rosario.

Los distintos profesionales de la educación y la salud que suelen trabajar con las escuelas tendrán en estos días un papel preponderante; y dada la magnitud del acontecimiento es necesario que las instituciones que lo requieran puedan contar además con el apoyo de grupos externos como los que dispuso el Ministerio de Educación de Santa Fe. “Lo conveniente es que el docente esté acompañado por alguien entrenado en situaciones de contención emocional cuando esté frente a sus alumnos en los días inmediatamente posteriores a la tragedia, sobre todo en escuelas en las que se escuchó la explosión, en las que se suspendieron las clases y en las que hay alumnos directamente afectados ya que se pueden desatar situaciones emocionales muy complejas en algunos niños”, agregó la psicopedagoga.

No ocultar y habilitar la palabra es clave. Pero también es necesario volver a la rutina lo antes posible dándoles a los chicos a través de las actividades cotidianas la tranquilidad que necesitan. “No hay que apurarlos pero sí guiarlos para que retomen aquello que les resulta conocido. Eso les da seguridad sobre todo si se trata de chicos pequeños”, destacó.

Felipe, de 9 años, es alumno de una escuela que queda a pocas cuadras del edificio de Salta y Oroño. Estaba en el aula cuando se produjo la explosión, vio, al igual que sus compañeros y maestros cómo se rompían algunos vidrios, cómo las palomas chocaban violentamente contra las ventanas. A pesar del momento vivido quería regresar a su escuela al día siguiente. “Creo que quería corroborar que estaba todo allí, en orden. Necesitaba compartir y rememorar lo sucedido con sus compañeros aunque en casa lo repitió con detalle cada media hora”, comentó Analía, su mamá.

Eso que padeció Felipe fue sufrido también por sus docentes y directivos, de allí que cobre tanta importancia contar con apoyos especializados. “No podemos olvidarnos de esos adultos que tienen que acompañar pero que también están afectados directa o indirectas por este episodio”, enfatizó Rodríguez.

Ayuda y compromiso. Lautaro no escuchó la explosión y su escuela queda a más de 30 cuadras del edificio siniestrado pero les contó a sus papás que el día después de la tragedia “en el cole hablamos como una hora y media de lo que pasó y entre todos pensamos cómo ayudar porque esos nenes se quedaron sin los juguetes y no tienen qué ponerse”. Resignificar lo sucedido, darle un sentido diferente al siniestro es también un desafío que la escuela puede emprender, con buenos resultados. La psicopedagoga alentó la posibilidad de que se busquen entre alumnos y maestros “diversas maneras de colaborar, y eso puede ser, por ejemplo, juntando juguetes para el Día del Niño como están haciendo en algunas escuelas; pero no sólo para las víctimas de la explosión sino también para otros chicos que pueden estar necesitando de esa solidaridad. Es un modo de que los chicos sepan y sientan que esos otros _que son sus pares _no quedaron despojados de todo lo que tenían, algo que los pone muy mal y los colma de impotencia”.

La crisis como oportunidad de aprendizaje de valores y normas es otro de los pilares de la reconstrucción, y es necesario que cada grupo escolar encuentre “sus propios modos y acciones de sentirse especialmente útiles en este momento”, remarcó la psicopedagoga.

Los miedos naturales. Cada chico expresará sus sentimientos de un modo diferente dependiendo de un sinnúmero de factores pero en general el temor aparece. “Es natural que después de un hecho de esta magnitud los niños sientan miedo, que puedan angustiarse y que necesiten hablar mucho de lo que pasó”, comentó Melina Albachiaro, psicóloga que cuenta con experiencia en asistencia a chicos en situaciones de vulnerabilidad, integrante de PsicoRed.

“Si se trata de niños que estuvieron cerca y que escucharon la explosión es esperable que durante un tiempo se sobresalten y tengan ganas de llorar si escuchan un ruido fuerte. Eso es lo habitual y no hay que alarmarse sino darles lugar a la expresión de esos sentimientos”, recomendó. Si la angustia se prolonga y se manifiesta en el aula es importante que los maestros lo informen a sus papás.

Verónica Enseñat, psicóloga, dijo que a los chicos que vivían en el edificio o tienen alguna relación de mucha cercanía con lo sucedido “hay que facilitarles y permitirles el proceso del duelo que no es diferente del que se da ante otras pérdidas pero que en este caso tiene el peso de la tragedia que afecta a muchos”. Mencionó que si bien hay alumnos afectados que tal vez quieren regresar al aula y retomar rápido la rutina como un modo de aferrarse a la vida “otros no querrán retornar a la escuela o al jardín porque sienten desprotección y tristeza de estar lejos de sus padres”. La tarea conjunta de docentes, familias y gabinetes de apoyo psicológico permitirá encontrar los mejores caminos para que cada chico pueda encausar su angustia.

“Las intervenciones profesionales adecuadas facilitarán que no les queden secuelas imborrables o desarrollen un estrés postraumático que pueda afectarlos para toda la vida”, señalaron las psicólogas.

La palabra del adulto es una herramienta que les da seguridad

Las mismas recomendaciones que se hacen para los padres pueden servir para los maestros en el caso de que los chicos pregunten o quieran hablar de la tragedia. También es importante que el docente, que es un referente válido para el niño, pueda preguntarle a su alumno qué le sucede si lo nota decaído o ansioso. “Hay que darles explicaciones pero siempre remarcando que la explosión del edificio fue un hecho muy particular que no necesariamente tiene que repetirse; darles ánimo y tranquilidad a través de la palabra con la intención de que se sientan más seguros “, dijo la psicóloga Silvia Vecchio.

“La posibilidad simbólica de los chicos para procesar esta tragedia, como otras, no es la del adulto, por eso es imprescindible cuidarlos sin que eso signifique negarles lo que sucedió”, agregó. En niños muy sensibles pueden aparecer también síntomas físicos como dolores abdominales o de cabeza, y llanto inconsolable.

 

Cuando la enseñanza en valores y en la prevención cobran real sentido

16 abril 2014

LA CAPITAL, Rosario 10 de agosto de 2013-08-11

Por Marcela Isaías

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La tragedia ocurrida esta semana en Rosario deja una tarea inmediata para la educación, para sus escuelas: ¿qué implica el trabajo con el otro? ¿Cómo se educa en valores sin que estos sean una abstracción? ¿Qué hay que revisar en la enseñanza? Tres especialistas que trabajan en el campo de la educación ofrecen sus análisis: los psicólogos Juan Orts y Horacio Belgich, y el doctor en educación y profesor de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), José Tranier. La coincidencia que señalan pasa por la necesidad de pensar en una educación que vea al otro como un semejante, pero con acciones concretas, formando una suerte de “agentes multiplicadores de prevención”, y con planes de estudio que no pasen por alto los procesos de expansión urbana.

Juan Orts es psicólogo y coordinador de los equipos de salud de Amsafé Provincial. El día de la explosión estaba en su consultorio, ubicado a una cuadra del desastre. “Vi a la gente ayudando, haciendo de todo, hasta cargando cuerpos. Vi a los chicos repartiendo agua, café a los bomberos. Todos valores que se han transmitido en las familias y en las escuelas”, cuenta aún conmovido por lo que le tocó de cerca.

Considera que hoy sería clave promover “una jornada de reflexión en las escuelas, para hablar específicamente de lo que pasó”. Dice que en ese espacio serían buenas puntas de trabajo “estos valores de solidaridad, de lo ético, de comprometerse, de apoyarse en lo positivo; pero también para reflexionar si estas desgracias, accidentes, son realmente eso o si necesitamos hacer una mirada crítica, porque pienso que esto era totalmente evitable”.

Orts entiende que esta reflexión en un espacio particular “se debería hacer hoy y no dentro de tres meses, cuando se enfrió el hecho y el culpable termine siendo sólo el gasista”. “Esa jornada —abunda— debe servir para que la escuela ayude a pensar preventivamente, haciendo hincapié en lo colectivo sobre lo individual”, lo que implica además abordar otras lógicas que atiendan los procesos de expansión y el trabajo con el otro.

  1. José Tranier es profesor de la Facultad de Humanidades y Artes (UNR) y doctor en educación. También cuando ocurrió la explosión estaba trabajando en un colegio privado de la zona. “Se escuchó terriblemente, y generó mucha impotencia”, es lo primero que menciona también impresionado por lo ocurrido.

“Hace poco vi morir a una persona en un gimnasio de un paro cardíaco, donde nadie sabía qué hacer. Sentí la imposibilidad, eso de saber que nunca nos han educado, ni en las instituciones públicas ni en el paso por otros lugares, sobre qué hacer”, cuenta para advertir que este no es un dato menor y de alguna manera adelantar lo que entiende debe ser un cambio de mirada en cómo se trabajan, se enseñan las cuestiones de asistencia social en las aulas.

La invitación de Tranier es a pensar “cómo la escuela amplifica, afirma y asegura políticas de reconocimiento del otro en estas nuevas coyunturas”. Precisa que esa lógica de siglos atrás y de la primera década del siglo XXI “de «asistencia al prójimo» o de «solidaridad», siempre tenían que ver acerca del interrogante ético del sujeto, ante algo «ya acontecido», como por ejemplo juntar ropa ante una inundación o comida ante una catástrofe. Y esto es, desde ya, muy válido”.

Sin embargo, el profesor e investigador de la UNR analiza que “ahora, aquello que se juega, una vez más a partir de los múltiples cambios sociales de este siglo es «animarse» a socializar a los estudiantes en conocimientos que permitan la «intervención plena» (por más mínima que sea), más que de pos asistencia ante los desafortunados sucesos de la vida”.

“Es ahí —sigue— donde la escuela tendría que preguntarse qué hace y cómo procede en la actualidad. Si hasta en las últimas noticias sabemos de «animalitos» que salvan vidas. Qué diferente sería si todos los graduados de escuelas públicas, privadas, universidades e institutos de nivel superior, contaran en su agenda y currícula obligatoria con conocimientos que permitan estar bien orientados en el espacio social, cuando las tragedias ocurran”.

  1. De esa manera, Tranier proyecta la constitución “de una suerte de «agentes multiplicadores» de prevención e intervención, o «agentes primeros de salud» en momentos cruciales, en donde los segundos significan o más muertes o más vidas”. Una formación que califica sustancial en espacios urbanos en constante expansión.

“Estoy a favor de las políticas de asistencia históricas de la escuela, pero me parece que la escuela ya no puede mirar «para siempre» al pasado, sino tener el coraje de escribir la historia del presente y del futuro”.

Tranier pone como ejemplo concreto que se puedan socializar prácticas de reanimación, de rescate. Cita lo que ocurre en Japón, “donde cada chico sabe qué hacer si hay un terremoto. Nosotros vivimos en esa comodidad, en este milagro de la naturaleza que no nos tocan esas catástrofes frecuentes”.

Ofrecer esta mínima capacitación, de qué hacer en estas situaciones de tragedias, de catástrofes, es después de todo “una educación encarnada en la ética y en el cuidado del otro”.

¿Qué significa la formación del ciudadano que cuide al otro? “Así como se contó por los medios que se van a construir 11 torres más en Rosario eso también multiplica once veces más cualquier tipo de peligro. La escuela no puede estar ajena a estos procesos de expansión y por tanto de conciencia educativa. No hablo de planes, sino de conciencia”.

El otro como un semejante

Horacio Belgich es un conocido psicólogo que trabaja en el campo educativo. Reconoce que ante tragedias como la que vive Rosario, el aprendizaje de normas y valores cobran otro sentido, en especial por las “muestras de solidaridad y compromiso” que aparecen aquí.

Entiende que son muchos los debates que se abren a partir de esta idea, pero se instala en su análisis en uno en particular. Invita aquí a preguntar “cómo surge el sujeto ético”.

Adelanta entonces una definición que aparece en circunstancias trágicas como la que afecta a la ciudad: “Es, de alguna manera y si lo podemos definir, aquel que considera al otro como un semejante”.

“Esto le pudo pasar a cualquiera, que estaba viviendo en ese lugar, que pasaba por allí. Entonces me parece interesante poder pensar desde esa perspectiva al sujeto ético, el que considera al otro un semejante. Y entre otras cosas, lo que aparece es mucha solidaridad”.

Un dato que se condice con esta mirada es que al poco tiempo de convocar a la donación de sangre, ya no quedaban cupos. El psicólogo propone no dejar pasar por alto otra perspectiva que podría ser importante: trabajar sobre “la fragilidad de la vida”, preguntarse quién está a salvo, y saber “que tener no da seguridad de seguir siendo”.

Enseguida aparece en escena las reflexiones de la directora de la Escuela Nº 56 cercana a la tragedia. Y que contó para LaCapital que unos minutos antes de la explosión, un grupo de alumnos pasó a metros del lugar. Sobre eso se preguntaba “qué es la seguridad”, porque “algunas barrios están afectados por los robos, otros por las balas, y en este caso por lo inesperado”.

Para Belgich eso invita a contemplar “una concepción no sólo del autocuidado, sino de aprender a cuidar al otro”, Y pensar, además, que esto tiene que ver con otras situaciones que también dañan el género humano, como los hechos de discriminación, de violencias. Entonces, reitera que “hay que trabajar en ver al otro como un semejante”.